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El travesti de la esquina

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altEs alto, negro, fornido y su falda sobre unas “leggings” delata su hibridez. Todos los días nos enfrentamos a su rostro y a su petición de limosna. Allí está, en la esquina, mañana tras mañana como si nos cuestionara que es eso de la heteronormatividad, por qué tenemos que vestirnos de una manera u otra, por qué hacer el amor de aquella otra, por qué elegir el azul y no el rosa. No pasa desapercibido ni por su color ni su vestimenta. Negro y travesti: dos estigmas que le convierten en residuo humano, en paria de la tierra.

Su ambigüedad aterra a aquellos que viven aferrados a cánones que han perdido apoyo en las ciencias. Todavía no se han enterado de que los estudios en la antropología nos indican que la sexualidad es una construcción social. Si bien hubo silencio en esta disciplina por muchos años y no era po1íticamente correcto hablar de sexo, el surgimiento del SIDA en los ochenta favoreció las investigaciones en torno a esta en diversas disciplinas. La erotofobia fue perdiendo lugar, cuenta José Antonio Nieto Piñeroba, destacado antropólogo español, al trazar el desarrollo de la antropología sexual. De la interpretación biológica y esencialista hemos pasado a la interpretación socio-antropológica, afirma. Para este investigador, “la sexualidad humana, a diferencia de las ratas de laboratorio, se ensambla y adquiere significación por medio de los lenguajes, símbolos y discursos sociales”.

Nieto concuerda con los planteamientos de la teórica Judith Butler en que la sexualidad no es natural sino un elemento forjado socialmente y que esta no es fija. Silenciada en la antropología por muchos años, su estudio ha vuelto a renacer mediante el impulso que recibiera en la década del noventa gracias a los movimientos feministas y las luchas por los derechos humanos de la comunidad LGBT.

Tampoco saben que la Asociación Americana de Psiquiatría, que entendía las sexualidades alternas como perturbaciones mentales, eliminó la homosexualidad de la lista de enfermedades. A fines de la década del setenta, en teoría, la comunidad LGBT celebraba un nuevo devenir.

En esos mismos años el sabio y adelantado Michel Foucault había estudiado en su Historia de la sexualidad la perversión que implica el hablar del sexo como objeto, entrelazado al poder hegemónico y convertido en una esencia sostenida en las restricciones del silencio reinante sobre las prácticas alternas. La burguesía victoriana encerró la sexualidad creando agudos silencios y discursos asépticos. El francés nos hizo apreciar cómo el sexo era expuesto para controlarlo, para convertirlo en algo fijo.

El discurso del subcomandante mexicano Marcos en el que se solidarizaba con la comunidad de homosexuales, lesbianas y transgéneros, convirtiendo a los zapatistas, en uno de los primeros grupos en apoyar a los homosexuales, ha calado en el imaginario de la izquierda que se negaba a aceptar la fractura de la heteronormatividad como estado represivo, incapaz de aunar a una población cuyas prácticas sexuales alternas escandalizaban a muchos. En una carta fechada en el 1999 y dirigida al movimiento LGBT exponía:

¿De qué tienen que avergonzarse lesbianas, homosexuales, trans-genéricos (sic) y bisexuales?

Nada hay que esconder, Ni la preferencia sexual ni la rabia por la impotencia ante la incomprensión de un gobierno y un sector de la sociedad que piensan que todo lo que no es como ellos es anormal y grotesco.

La parada gay de Puerto Rico amerita otra carta que responda a la multitud que marchó en ella este año y en otras anteriores, en las que a pesar de que no tenían tanto apoyo iban borrando la fijeza y la dureza de vivir solamente como una esencia fija: un hombre que no podía cocinar para sus hijos; una madre impedida de armonizar su vida profesional, cosa de hombres, con la casa; un niño que no podía jugar con muñecas; una niña alejada de la astronomía; hombres y mujeres que no podían admirar la belleza de su propio género; una caricia perdida y detenida, atascados todos en la performatividad que les confiere un estado que exige la pureza de la heterosexualidad como única forma de vida.

¿Acaso amar es un delito?

No les teman a otras multitudes. Bajo los rostros impávidos de muchos late el deseo de ser otros u otras o la absoluta comprensión de que todos y todas somos dignos, herederos de la misma especie, cuerpos orgánicos que forman parte de la Madre Tierra, sin que medie nuestra preferencia sexual.

Las luchas de las comunidades LGBT han logrado insertar la equidad en la oficialidad de la Cuba contemporánea, lo que no hubiéramos podido imaginar durante el quinquenio gris. Este constituye un recuerdo que obstaculiza la parametración, el corte de caña, la exclusión de los círculos artísticos e intelectuales. Las detenciones por “peligrosidad social” eran la orden del día en esos años oscuros en distintas partes del mundo. La fundación del Centro Nacional de Educación Sexual en el 1989 dedicado al estudio de la sexualidad y la integración del tema en el ámbito escolar cambiaría la vida de muchos cubanos. En el 1997 se modificó el código penal de Cuba y se eliminaron las últimas alusiones discriminatorias contra esta población, lo que no implica que desde la sociedad civil se generen otras inconformidades.

En Puerto Rico, lamentablemente, el fundamentalismo criollo, reforzado por el de Estados Unidos, recorre nuestras aulas. ¿Cuántos estudiantes llegarán deprimidos al salón de clases? ¿Cuántos se enfrentarán al acoso de sus pares? ¿Cuántos maestros los excluirán con sus métodos y prácticas?

Los que crecimos como heterosexuales y que también conocemos los rigores de la heteronormatividad, especialmente las mujeres, somos los llamados a amparar a los que asumen otra norma. Las imágenes de la película Moonlight nos demuestran que la ternura se encuentra en cualquier parte, en cualquier tipo de relación.

Con sus tacones lejanos el travesti afroantillano se acercaba a nuestros autos. Hoy no está. No sé si el huracán María lo arrancó de su esquina o si la homofobia lo desvaneció de su espacio. Lo que sí sé es que posiblemente en el futuro el mundo sea andrógino.