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Mensajeros de los dioses

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alt«Caminando por el monte

vi acercándose una estrella.

Yerba bruja me ató al pie.

Sentí pesada la lengua.

Debajo de los anones

un arco lanzó su flecha

que era rastro luminoso

de cucubano o luciérnaga.

Seguí andando, seguí andando

sin saber rumbo ni senda.

A un clamor de seboruco

llegué al fin.

Froté la muesca

y aspiré el humo sagrado

que hace la boca profeta.

¡Bateyes del Otuao

para la danza guerrera!

Tú gritaste, ¡Manicato!

Y yo, encima de la puerta,

cuando la noche acababa

colgué mi collar de piedra».

El Dr. Ramón Luis Acevedo, en su análisis acerca del tema indígena en la poesía de Juan Antonio Corretjer expresa: «La presencia indígena es parte del inconsciente colectivo puertorriqueño. No es algo distante, sino vivo y presente». También aduce a que dicha presencia, fundamento sobre el cual se erige y funde nuestra identidad étnica y cultural, nos evoca el primer contacto con la tierra y, por consiguiente, el primer sentimiento de desposesión y rebeldía.

Precisamente, esa sensibilidad hacia lo telúrico es lo que permea en la novela Mensajero de los dioses (2017) del Dr. José E. Muratti-Toro, publicada bajo el sello de la Editorial 360 ͦ. La misma narra las circunstancias por las cuales atraviesa Inriri, un adolescente taíno cuya incursión al mundo de la adultez se verá amenazada por conflagraciones, intrigas y por la incertidumbre de una premonición que palpita agazapada entre el humo de la cojoba y el escepticismo de toda una comunidad.

A pesar de desarrollarse en los albores del descubrimiento de Puerto Rico, esta primera novela juvenil del Dr. Muratti se aleja del romanticismo roussoniano del “buen salvaje” y de los preceptos de ductilidad expuestos por René Marqués en su ensayo El puertorriqueño dócil (1953-1971). De igual forma, se distancia de la imagen de hospitalidad y sumisión acuñada en nuestro imaginario colectivo gracias a la llamada historia oficial para presentarnos una sociedad aguerrida y territorial donde incluso las mujeres exhiben una conducta rebelde y combativa. Además, introduce aspectos sociales afines con la problemática del Puerto Rico contemporáneo, lo que facilita el debate del devenir histórico y hace de esta obra una de gran pertinencia para la juventud puertorriqueña y para el público en general.

A través de sus 15 capítulos, se hace evidente la rigurosidad del método investigativo utilizado por el autor para recrear, de manera minuciosa, aspectos históricos, geográficos, políticos y culturales de la sociedad taína. A pesar de ello, el lector no ha de toparse con una lectura densa, de tono documental o enciclopédico ya que Muratti consigue mimetizar de manera eficaz el asunto didáctico y la gran cantidad de vocablos indígenas, arcaísmos la mayoría de estos, mediante el manejo efectivo del contexto como fuente semántica y el dominio de la retórica. De esta forma garantiza la fácil comprensión del texto y la fluidez narrativa. A la misma vez, va trazando en la psiquis del lector un mapa geográfico y cultural de la patria primigenia y con este, un sentimiento de pertenencia, de autorreconocimiento ante la historia y de justipreciación de la misma, logrando así un contrapunteo armónico entre la historicidad y la ficción.

De otra parte, la jovialidad de los diálogos, así como la vigencia de los temas trabajados, entre los cuales destacan el honor, la violencia, la infidelidad, el compromiso, la compasión, el sacrificio, la lealtad, el sentido de responsabilidad, la vocación, los valores familiares y el cuestionamiento de los valores religiosos, logran impartirles frescura y pertinencia a unos mitos fundacionales ya de por sí rumiados y acrisolados una y otra vez en la pluma de muchos escritores caribeños.

Un dato que resulta interesante resaltar es que el protagonista, cuyo nombre alude al pájaro carpintero que, según la cosmogonía taína, tuvo a su cargo la tarea de crear a las mujeres, vive rodeado de personajes femeninos. De este modo, su bisabuela Guainía, mujer fuerte y arraigada a los valores tradicionales; su madre Anaó, quien vive inmersa en las brumas de la enajenación debido a un trauma emocional; su hermana menor Adaia, imposibilitada de caminar a causa de sus piernas deformes, y Anaí, su enamorada adolescente, de gran madurez y amplio pensamiento crítico, serán quienes, directa o indirectamente, moldeen la personalidad y el carácter del joven. Por otro lado, la única figura paterna que suplirá la ausencia del padre es su tío Nibagua, el behique de la tribu que disiente de su propio nombre por parecerle poco masculino, pero a su vez adoctrina a Inriri acerca de la equidad que debe existir entre ambos sexos. Así se irán amalgamando en nuestro héroe la fuerza del guerrero y la sensibilidad del hombre que no siente amenazada su masculinidad ante la capacidad de las mujeres, dos cualidades fundamentales para la forja del nuevo arquetipo masculino.

Como resultado de esto, el feminismo es uno de los temas sobresalientes a través de toda la diégesis. En el ámbito religioso, Nibagua comenta a su familia acerca una mujer que era parte del consejo de behiques por haber sido la única capaz de augurar el último ataque de los caribes. Adyazel, por su parte, es una mujer menuda cuya sabiduría y amplio conocimiento acerca de las propiedades medicinales de las plantas y los procedimientos curativos la hacían más eficaz que cualquiera de los behiques. En el campo político, se presenta el personaje histórico de la cacica Yuisa como una mujer guerrera quien tras la muerte de su esposo, defiende a las jóvenes de su tribu de las actitudes depredadoras del nuevo aspirante a jefe: «Yuisa lo sorprendió con un hacha en una mano y una macana de ausubo en la otra. […] dejó que se le acercara y cuando lo tenía a un brazo de distancia le dio con la macana entre el hombro y el cuello. Cuíbo cayó de rodillas con los ojos exorbitados y la boca abierta. Yuísa entonces levantó el hacha y cuentan que apenas se le oyó decir: «Te vas y no regresas o antes de que caiga el sol enviaré tu cabeza en una estaca a tu yucayeque».

En cuanto a las tareas catalogadas como femeninas, vemos como la bisabuela, a pesar de asumir en varias ocasiones posiciones bastante conservadoras, le va enseñando solapadamente a Inriri tareas que en la sociedad taína eran privativas de la mujer: «Guainía había repetido el proceso muchas veces delante de él para que lo aprendiera sin que nadie pensara que le estaba enseñando a cocinar. Eso era tarea de mujeres e Inriri ya era un hombre». En otra ocasión, la voz narrativa compara la reacción de mujeres y hombres ante las dificultades de la vida para concluir que «[l]as mujeres, descubren temprano que el carácter de los hombres es tan caprichoso como el de los dioses, y su alma tan frágil como la flor de la rosa silvestre, rodeada de espinas, pero quebradiza ante la mano impredecible del destino».

Un personaje femenino que merece especial atención es Samoní, tanto por su coraje y sabiduría como por su origen incierto. Se la describe como una mujer con ojos color cotorra y cabellera más clara que las demás, detalles que podrían ser meramente superficiales mientras que para otros lectores pudieran poner en duda el que Colón y su tripulación fuesen los primeros habitantes del Viejo Mundo en arribar a las costas americanas.

Uno de los rasgos que sobresalen en la prosa de Muratti, y que sin duda es producto de su oficio de poeta, es el lirismo que fluye de manera constante y sutil a través de todo el texto. En «La noche de los cucubanos», por ejemplo, la voz narrativa describe, de manera prolija, la ceremonia de iniciación de las jóvenes taínas:

De entre la oscuridad vieron una marejada de cucubanos acercarse como las estrellas cuando salpican de luz las olas en las noches sin luna. Los jóvenes, mudos, boquiabiertos, se quedaron mirando la marea de luceros acercarse como empujados por un océano negro y silencioso. Ocho cuerpos enfundados en largas melenas negras, como la noche que se las prestaba por un rato, avanzaban lentamente hacia el batey. Confinados dentro de cada melena decenas de cucubanos brillaban suspendidos como luceros encendidos, intranquilos, hechizantes.

No obstante, el autor sabe conjugar muy eficazmente lo poético y lo realista. Ejemplo de ello es la manera en que pinta, de manera sumamente vívida, la ceremonia de la cojoba, tanto así que pueden percibirse leves tintes naturalistas, lo que denota, como dijera al principio, el rigor investigativo y la depuración del detalle:

Nibagua comenzó a sollozar y a temblar. Su estómago se quiso volcar al revés. Arqueaba y solo lograba vomitar un líquido amarillento y espeso que los behiques llamaban la bosta de los espíritus. Sus ojos lagrimeaban. Un sudor frío le empapaba todo el cuerpo que se arqueaba tratando de expulsar lo que no tenía dentro. Estiraba los brazos y manos como tratando de tocar el cielo y caía de rodillas una y otra vez sobre las manos y los pies. Su abdomen se tensaba mientras sentía que esta vez terminaría el deseo de vaciarse por la boca. En su delirio, se veía a sí mismo en una imagen en la que le subían todos los huesos del cuerpo por la garganta y caían en la orilla del río como si fueran los de los hijos de Yaya.

Esta obra no solo presenta la evolución de un joven guerrero en medio de la efervescencia histórica que le tocó vivir, sino el proceso de formación de la nueva raza caribeña. En los capítulos XI y XIII «El confín del mar-océano» y «La voluntad del Inventor Infinito», ya se van fraguando y entretejiendo las historias de otros dos jóvenes: Sundiata, un guerrero africano perteneciente a la realeza del imperio Malí quien es transportado a América para ser vendido como esclavo, y Bernat, un catalán bastante díscolo que logra infiltrarse como polisón en la misma goleta en que viaja Colón y a través de quien la voz del autor cuestiona varios aspectos de la historia oficial. De este último resultan sumamente interesantes las conversaciones filosóficas que sostiene con el monje Fray Ramón Pané y el cuestionamiento que le hace al almirante acerca de su nacionalidad:

–Los catalanes no le tenemos miedo a los peligros. Llevamos siglos peleando contra los aragoneses, los valencianos, los castellanos y los moros. Por algo tiene usted a Margarit de jefe de la guardia de a bordo.

–Los catalanes son como todo el mundo. Los hay buenos y los hay malos.

–I vostè, a quines pertany?– El chico hizo la pregunta sin mirarlo de frente, sino con la esquina del ojo, pendiente a la reacción.

Colón volvió a mirarlo, aunque esta vez con una mezcla de sorpresa y molestia.

–¿Nunca te enseñaron que es muy grosero hacer ese tipo de preguntas?

–Para nosotros sería un gran orgullo que fuese uno de los nuestros. Lo de genovés muchos piensan que es un truco de los aragoneses para no reconocernos como capaces de descubrir nuevas tierras.

Esta obra que con gran entusiasmo presentamos ante ustedes se inserta desde hoy en el corpus de novelas indianistas puertorriqueñas entre las cuales destacan Los dos indios (1855), de Ramón Emeterio Betances; La palma del cacique (1852), de Alejandro Tapia y Rivera; La peregrinación de Bayoán (1863) de Eugenio María de Hostos; Isla cerrera (1937) de Manuel Méndez Ballester, y las más recientes de Tina Casanova, El último sonido del caracol (2005) y En busca del cemí dorado (2007). De igual manera pasa a formar parte de la novela de aprendizaje o bildungsroman junto a La resaca (1949), de Enrique A. Laguerre; La víspera del hombre (1959), de René Marqués, Felices días, tío Sergio (1986), de Magali García Ramis; El tiempo airado (2014), de Emilio Díaz Valcárcel, y Presagio (2016), del novel escritor Aníbal Santana Merced, entre otras.

Mensajeros de los dioses y el cuento «La furia de Juracán», el cual narra un episodio aislado pero acorde con la trama de la novela, no pudieron haber llegado en un momento más oportuno. Hoy, cuando la debacle económica y un éxodo masivo sin precedentes amenaza a las nuevas generaciones con un proceso inminente de desarraigo y transculturación, y cuando el curso de historia de Puerto Rico se ha reducido, por no decir invisibilizado, en las aulas del país, hace falta la buena literatura que despierte en nuestra juventud el deseo de hurgar en sus raíces. Como expresara nuestro poeta nacional en el último verso de «Perfil del ser», Puerto Rico es una «patria de pitirre esperanzada». Sin embargo, podríamos complementar esta línea añadiéndole que también es una nación de inriri necesitada. Porque el alma combativa del pitirre no es suficiente para reedificar a un país que se nos cae en pedazos. Para esta gigantesca empresa se requiere también del espíritu laborioso del pájaro carpintero. Coraje y tesón, dos cualidades latentes de nuestra raíz ancestral que es menester despertar en nuestra juventud. Solo así podrá salir de nuestras manos, como bien dijera el ilustre cialeño, esa «nueva patria liberada», «isla selvosa, circundada del proceloso mar» que no es Ítaca, sino «la preciosa tierra borincana!».