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De Lavoe (Rompe Saragüey) a Maelo (El Nazareno): novela, melomanía y religión

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altSoy un espíritu que desea una oportunidad

para poder terminar algo.

Daniel Nina, El Nazareno (2017)

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Rafael Acevedo, Exquisito cadáver (2001)

The Black Christ of Portobelo is said to protect

not only the pious, but also marginalized people,

including drug addicts and thieves.

Rosa Elena Carrasquillo, The People’s Poet (2014)

Mural en el bar La Topa Tolondra, Cali, Colombia

I. Novela

Entre Rompe Saragüey (2016) y El Nazareno (2017), ambas de Daniel Nina, la novela puertorriqueña del nuevo milenio ficcionaliza la biografía de dos protagonistas de la salsa gruesa, respectivamente: Héctor Lavoe e Ismael Rivera.

Literatura: “Cuando me miro en el Paraíso, me reconozco. Soy el que vino a hacer el bien; el que no le tema a la soledad; el que decidió, desde siempre —desde el principio— ser un hombre libre, un hombre soberano” (El Nazareno).

Novelas que se suman a la presencia —¿solar?— de Daniel Santos en la narrativa melómana de la segunda mitad del siglo XX boricua; primero en la novela de Josean Ramos, Vengo a decirle adiós a los muchachos (1993), y después en la “fabulación” de Luis Rafael Sánchez, La importancia de llamarse Daniel Santos (1998).

Sin duda, falta, entre muchas más, una novela sobre la intensidad de haber sido Roberto Roena en la década de 1970. ¿”El escapulario” (1970) del que habló la “sociología tropical” boricua?

Inevitablemente, la irrupción de las novelas salsómanas de Nina hace pensar en el año más importante de la salsología boricua: 1998. Año en el que Frances Aparicio, Listening to Salsa, y Ángel Quintero Rivera, Salsa, sabor y control, inscriben la salsa puertorriqueña en el contexto del libro académico.

Reflujos salsómanos. Desde Cali, Colombia, la novela de Andrés Caicedo, Que viva la música (1977), pone a sonar el universo salsero de Nueva York y Puerto Rico, mismo que, el también colombiano Umberto Valverde hace vibrar desde el tributo a la guarachera cubana Celia Cruz, en su novela Reina rumba (1982).

Como contrapeso a tanta melomanía tropical, la novela de Eduardo Lalo, Simone (2011), se instala como dique. Contención.

Periplo literario. Lavoe y Maelo llegan finalmente a la novela, después de merodear por el cuento, la poesía, la crónica, el drama y el film. De “la voz” (Lavoe) a “el sonero” (Maelo); entre Rompe Saragüey y El Nazareno media, además de la música y la caribeñidad suelta, la religión.

Religión, re-ligare. Puente que conecta Rompe Saragüey —“De repente el Cantante Héctor Lavoe, hizo silencio. Vio que los que estaban a su lado seguían hablando al vacío, consigo mismo, pero sin mirar a la persona a su lado. Ahí fue que comprendió donde se encontraba. Héctor Lavoe había entrado al Reino de los Cielos”— con El Nazareno:

“Mis días en el Paraíso [habla Maelo] habían transcurrido siempre sin preocupación alguna. Estar en el Paraíso no tiene límites ni fronteras; pero tampoco tiene memoria. El recuerdo se pierde acá… La llegada del que reclamaba ser ‘El Cantante’, Héctor Lavoe, me hizo volver a un lugar de mis recuerdos que tenía en el resguardo… El [Lavoe] le cantó al Todopoderoso; pero a mí, el Nazareno me dijo…”

¡Salsa celestial! Textualidades en conexión melómano-espiritual.

Como en Rompe Saragüey, que recrea la biografía de Lavoe a partir de una cronología real y ficcional, en El Nazareno la novela aborda literariamente la vida y la obra de Ismael Rivera, El Sonero Mayor. Según el autor: “La historia [en El Nazareno] es ficción, pese a que algunos hechos sí ocurrieron en la vida real, pero fueron ficcionalizados.”

Dividida en seis partes, un prefacio y un epílogo —¡libresca, demasiado libresca!—, El Nazareno construye una imagen de Maelo a partir de seis espacios, tanto geográficos y biográficos como imaginarios: El Paraíso, Panamá, Cortijo, Santurce, El Silencio, Buenaventura [Colombia].

Como la novela poética que es, “Yo que soy la luz, no logro que me vean,” El Nazareno empieza donde termina Rompe Saragüey (en el cielo): “Yo soy. Yo soy el que está muerto. Yo soy El Nazareno; el que cuidará de sus amigos” (El Nazareno).

Novela que, imantada a su circularidad poética, termina a su vez donde empieza (en el Paraíso): “Ahora me despido. Ahora me vuelo a ir, es el momento en que mi corazón vuelve a dejar de latir. Porque yo soy, y siempre seré el Sonero Mayor. ¡Ecuajey!” (El Nazareno).

Teleológica, la novela de Maelo nos lleva a lo largo de una biografía inscrita en la “existencialidad” de enmendar una culpa personal —como un Cristo que se levanta después de haber pecado— para cumplir una “misión” político-espiritual, inspirada en una experiencia con el Cristo Negro de Portobelo, Panamá.

Telos que transforma a El Sonero Mayor, “el negrito lindo” de ¡Santurce, Puerto Rico!, en El Nazareno: un Cristo callejero, de mucha esquina, decidido a “unir a los negros del Caribe y América Latina en un proyecto social y político. En nuestra misión de ser libres y soberanos... una espiritualidad tan amplia que no ha habido mortal que pudiera controlar [habla Maelo] mi vida ni mi destino” (El Nazareno).

¿Salsa de la liberación cristiana?

II. Melomanía

Ficcionalización de un músico popular que empieza, joven y pobre, tocando latas vacías, como planteó también, en La memoria rota (1991), Arcadio Díaz Quiñones; y que después, todavía muchachuelo, toca bongós, siempre con su amigo mayor, Rafael Cortijo, hasta que, como sonero, tras un traspié que lo lleva a la cárcel, se levanta y encarna una musicalidad liberadora que lo hace parte de una geografía transcaribeña, como plantea en la dedicatoria El Nazareno:

“A Ismael Rivera, el Sonero Mayor, por su legado y semillas sembradas a lo largo del litoral que inicia en Loíza y atraviesa la Calle Calma (Puerto Rico), La Habana (Cuba), Portobelo (Panamá), Buenaventura (Colombia), Caracas y Barlovento (Venezuela) y la isla de Manhattan (EE.UU.).”

Musicalidad de un sonero/salsero que se enfrenta, ya muerto, desde el Paraíso, a la decisión de enmendar su culpa y “concluir” su “misión” melómano-político-espiritual: “Si me dieran la oportunidad, volvería sobre Portobelo, sobre Santurce, sobre Buenaventura y convocaría a los negros cimarrones a vivir en libertad; a eso los convocaría, a ser soberanos.”

Clave. Política de una espiritualidad melómana: “… entendí el mensaje, ese que con mi voz habría de ofrecer; desde el principio, mi padre me lo dio de la mano: amar a tu patria; pero también me había motivado a cantarles a los negros de mi nación”(El Nazareno).

Maelo; melomanía de una intersubjetividad etnoracial, en trámite boricua con los congos cimarrones de las Américas. Biografía de un sonero que, por su sociabilidad, termina en el cielo, visto en El Nazareno como un espacio ficcional: “Y me miro en el Paraíso y lloro. No me reconozco. Yo, ¿quién soy yo?... Ha pasado un tiempo infinito en el Paraíso, el cual no puedo precisar, y todos seguían ahí mirando al horizonte… Mi ropa seguía diciendo lo que me habían escrito. ‘El Sonero Mayor, Ismael ‘Maelo’ Rivera – yo le canté al Nazareno.’”

III. Religión

Dos novelas melómanas del Caribe hispanocatólico, siempre mezclado con lo africano. En este caso, desde los orishas; que, tanto en Rompe Saragüey —“Gracias Yemayá. Gracias Changó. Gracias Obatalá. Gracias Olofi, que hoy me cuida. Gracias a mis ungüentos de Rompe Saragüey. Pero, sobre todo, a Aguanilé, que me protegió. No estoy muerto. Pude volar. Pude volar”— como en El Nazareno —“por la fuerza de Yemayá compartida, por el camino que nos abrió Elegguá… me invoqué al Dios todopoderoso, y también a Yemayá que me cuidó”—, matizan el cristianismo afrocaribeño de Lavoe y de Maelo.

Del “Todopoderoso” de Lavoe al “Nazareno” de Maelo; novelas que celebran el sincretismo religioso, a la vez que “cerebran” (Luis Rafael Sánchez) la pureza teológica en el Paraíso, donde, desde Rompe Saragüey, prevalece el cristianismo, como dice, en broma y en serio, el personaje algo desmemoriado de Maelo en Rompe Saragüey, quien, por haber muerto antes que Lavoe, lo recibe en el cielo y le aconseja: “Te aclaro [le dice Maelo a Lavoe] que el único que aquí existe y gobierna, es Dios. Nunca lo vemos pero sabemos que sí existe. Aquí no se te ocurra traer otras creencias o dioses…”

Autoparodia neobarroca. En broma y en serio, Rompe Saragüey lo plantea así: “De este lado [el cielo], había centralismo religioso.”

Cristianocéntricas; las novelas salseras de Lavoe y Maelo articulan la carnalidad de la santería caribeña con la centralidad del cristianismo del Caribe hispánico. No obstante, la homogeneidad teocéntrica que impera en el Paraíso de Rompe Saragüey y El Nazareno no es la de la exclusión, sino la de la inclusión que subsume, desde una teodicea literaria, lo africano y sus orishas en la obra de Dios; en cuyo Paraíso, según plantea el narrador en Rompe Saragüey, Lavoe aparece a su vez subsumido en su propio estar ultramundano: “Pese a su buen ánimo, no sabía qué hacer. No tenía noción ahora de cansancio, como tampoco de sueño. Simplemente estaba, vivo, muerto o en espíritu, pero estaba.”

De ahí que, en El Nazareno, la ecuación cristianocéntrica entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo enmarque el sentido de puertorriqueñidad —patria, negritud y religiosidad-espiritualidad— a través de la conexión entre Pedro Albizu Campos (simbólicamente, el Padre), el papá de Maelo, Luis Rivera (simbólicamente, el Hijo), y Maelo (simbólicamente, el Espíritu Santo):

“El Cristo Negro de Portobelo era el recuerdo más significativo de la vida vivida [habla Maelo]; por eso tenía que volver a recurrir a él; pero éste se me cruzaba con la memoria de mi padre [Luis Rivera], mi infancia y el líder nacionalista, Pedro Albizu Campos” (El Nazareno).

En el momento en el que el personaje de Maelo se da cuenta de la conexión entre el Padre (Albizu Campos) y el Hijo (su papá, Luis Rivera, seguidor de Albizu; vástago ideológico del Padre), la claridad del proyecto salvífico que le toca al Espíritu Santo (Maelo) se hace evidente:

“Entonces, cuando comprendí [habla Maelo] el legado de mi padre [Luis Rivera], del líder [Albizu Campos] y del Cristo Negro, fue cuando lo volví a mirar [al Cristo Negro] y me sonreí con él. Acepté el reto de volver [a la vida desde el cielo] para reconstruir lo vivido [expiación]. Acepté ser la luz. Acepté concluir mi misión” (El Nazareno).

Religiosidad literaria; a partir de la intersubjetividad divina que el Espíritu Santo (Maelo) traba con el Hijo (Cristo) del Padre (Dios) en Portobelo, el Paraíso le ofrece la oportunidad a un cimarrón boricua, el Sonero Mayor, de enmendar su vida para materializar su proyecto libertario entre los congos de las Américas: “Solo el Cristo Negro me puede sacar de este confinamiento; solo él me puede ayudar a volver a ser y, sobre todo, a permitirme concluir mi misión. Fue él, el Cristo Negro, el que me la dio, me la quitó y hoy me la puede devolver.”

IV. Conclusió

Como una manera de sacarle chispas a la novela boricua del nuevo milenio, sería interesante comparar y contrastar la novela más literariamente religiosa de la época, La novela de Jesús (2009) de Yván Silén —“¿Eres tú [le preguntan a Jesús] el renacuajo del Dios judío? ¿Eres tú el cerdo de Nazaret?”— con las novelas de la salsa cristiana de Nina: Rompe Saragüey y El Nazareno.

De las alucinaciones del Cristo en La novela de Jesús, “La parte humana de mi locura de ser Dios encarnado, de ser Dios separado de mí, me extenuaba,” a las visiones de “El Todopoderoso” y a la “misión” de “El Nazareno”…

Vuelta al mural del bar la Topa Tolondra de Cali que aparece al principio de este ensayo. Efecto literario: la novela (El Nazareno) se transforma en la realidad pictórica del mural. Ese Cristo Negro en el centro de la mesa se llama ¡Maelo!

Entre el “Jesús de la historia” y el “Cristo de la fe,” de los que habla el estudioso de la religión Reza Aslan, El Nazareno lo apuesta todo por el segundo.

¿Se pone los espejuelos para leer el teólogo de la literatura, Luis Rivera Pagán?

De Rompe Saragüey a El Nazareno, la salsa cristiana noveliza su política cultural:

“Para ser libres, había que pagar aún con el duro precio de nuestra propia libertad. De eso se trata ser soberano. Cuando uno está dispuesto a dar su propia libertad porque todos sean más libres, porque todos puedan gozar de la misma oportunidad en la vida, es que uno está preparado para dirigir” (El Nazareno).

La poesía se mira en la biografía ficcionalizada: “Ah, Sonero Mayor [le dicen a Maelo en Panamá], usted es nuestro Dios. Ahora más que nunca, luego que nos hiciera ese himno de El Nazareno” (El Nazareno).