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El indigenismo renovado en Mensajeros de los dioses

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altMucha de la nueva literatura boricua se ha centrado en el paradigma de las minorías y los márgenes. Mundo cruel, de Luis Negrón, o Transmutadxs, de Yolanda Arroyo Pizarro han continuado la propuesta estética de grupos como Homoerótica, que buscaba resaltar los discursos lesbigaytrans que las obras de Manuel Ramos Otero y Nemir Matos Cintrón habían puesto sobre el tapete en la década de los setenta. El caso de la novela Mensajero de los dioses (2017), de José E. Muratti Toro, va por otro lado. Se trata de volver sobre los conceptos de raza y mirar hacia el pasado indígena de la isla de Borikén, “descubierta” para el mundo hispánico por el Almirante Cristóbal Colón un 19 de noviembre de 1493, hace exactamente 525 años. La minoría y el margen indígena aquí fue aniquilado en el siglo XVI después del impacto de a Conquista.

Muratti Toro nos hace viajar en el tiempo hacia el momento previo a este acontecimiento y le toma el pulso a personajes que oyen rumores de “canoas gigantes con alas blancas” que pueden ser “mensajeros de los dioses” o “guerreros con piel de caimán y lanzas de fuego”, como piensa para sí Nibagua, uno de los héroes de esta novela indigenista. El tema del indio ha sido tratado poco en los últimos años, pero Isla cerrera (1937), de Manuel Méndez Ballester es una referencia insoslayable. El caso de Muratti Toro se aleja un tanto de la propuesta estética de Meléndez Muñoz para retratarnos una isla idílica e idealizada en la cual viven los taínos, pero sin medrar en ello el problema de las invasiones sostenidas de los indios Caribes en un indigenismo renovado. Muratti Toro domina no sólo el idioma de los restos taínos que pueblan el español de Puerto Rico, sino que por medio de un “Glosario” al final del libro, de tainismos que aparecen en letra cursiva en el discurso narrativo, va hilvanando un texto que parece escrito en taíno y revelado a los lectores en español por medio de la magia de la literatura. En los quince capítulos que componen la novela asistimos a los conflictos de los personajes en la preparación para la guerra, los amores, los usos y costumbres de los primeros pobladores de la Isla de Borikén. La creación de un ambiente y el sostenido recurso narrativo de un narrador omnisciente en tercera persona se toca directamente con el lenguaje de las crónicas de Indias, pero a la inversa, porque los que componen esta historia todavía no han sido tocados por la presencia hispánica y el trauma de la Conquista. Se trata de la visión todavía inédita de los que van a ser vencidos. Sin embargo, no hay una nostalgia trasnochada de un “mundo perdido” sino que acorde con la historia y sus sincronías, el narrador se remite a contarnos cómo habría sido el momento preciso, justo antes del descubrimiento, la conquista, evangelización y la colonización del Caribe. Resalta los mecanismos de comunicación entre las islas, los viajes en canoas de sus habitantes y todo un sistema social complejo que se aglutina para defenderse del enemigo europeo a las puertas.

Uno de los mejores aciertos de Mensajeros de los dioses es su lenguaje altamente poético sin entorpecer el fluir de la narración. Ante el telón de fondo de la Naturaleza borincana, en la tradición de La charca (1894) de Manuel Zeno Gandía, pero sin visos naturalistas, Muratti Toro construye un relato donde se resalta no sólo la belleza natural de la isla, su flora y su fauna, la presencia del mar, y el efecto en sus personajes: “La próxima vez que la tortuga subió a tomar aire, Inriri se posó sobre su caparazón para mirar hacia el horizonte y alcanzar a ver tierra o canoas, aves, cualquier signo de vida. El carey continuó su marcha sobre el mar y el joven siguió parado sobre él, lo que le pareció que fueron muchas lunas. Cayó la noche y el carey continuó avanzando como si fuera una canoa cóncava sobre las olas”. Esta armonía entre el taíno y su entorno va marcando la manera como los habitantes de la isla son parte consubstancial del paisaje en una armonía ecológica que no necesariamente ciega al personaje, pues, está precisamente hurgando el horizonte al principio de la novela para dar crédito a los rumores de unos “mensajeros de los dioses” que han de llegar en un sentido profético.

Muratti Toro nos entrega el inicio de una serie de novelas que han de desarrollar una historia sobre la Conquista y colonización de Puerto Rico, desde la perspectiva de los taínos, en un proyecto narrativo ambicioso. Ya en esta primera entrega tenemos indicios del mundo hispánico que se aproxima en las naves que traen a los conquistadores españoles y portugueses, y la anécdota de un polizón en el barco que despierta “con la bota del marinero sobre su cuello”. Hay una prefiguración del vasallaje que se avecina para los habitantes de Borikén porque los que navegan en esos barcos vienen de la costa del norte de África, de comprar a los que han sido capturados y vendidos por los yaca, “nómadas mercenarios”, cuyos nuevos clientes eran los portugueses. Será interesante ver cómo el narrador ate todos estos cabos en las nuevas entregas de esta historia colonial boricua que necesita ser contada desde la literatura. Recuerda las novelas sobre la conquista de la catalana Mercedes Asensi, su Tierra firme (2007) o Martín ojo de plata (2011), entre otras, donde el personaje femenino priva sobre los otros.

Es, entonces, la publicación de Mensajeros de los dioses, en la nueva Editorial 360 Grados, fundada en 2014, un momento clave para la novela histórica caribeña porque entreabre la puerta de la Historia que a veces nos mantienen herméticamente cerrada para no llegar a comprender cómo el pasado muchas veces dicta los rumbos de un presente que desemboca en el futuro, para volver a mirar y retrotraerse a ese pasado. En este sentido, el libro es alegórico si se lee a la luz de los acontecimientos recientes de una bancarrota y las disposiciones de una Junta de Gobierno que estrangula económicamente la Isla. Esa parece ser la consigna de esta nueva obra de José E. Muratti, oriundo de Hormigueros, autor de cuentos como “La víbora del desierto de Kavir”, que ganara el certamen de El Nuevo Día en 2012, y en forma de libro, La víbora del desierto de Kavir y otros cuentos, obtuviera el segundo premio del Instituto de Literatura Puertorriqueña en 2014.