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La importancia de llamarse Rafael Hernández Colón o El estrabismo colonial nuestro de cada día

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altTras el deceso de figuras públicas en países de gobiernos conservadores y/o sojuzgados por otros más poderosos, la actitud del aparato educativo, la prensa y el discurso histórico del canon al enjuiciar la vida y obra de dichas figuras suele estar acompañada por un matiz inexacto y de bordes difuminados según la ideología profesada por el difunto de turno.

Así que, no debe extrañarnos que al desencarnar, al muerto de posturas políticas blandas, conciliadoras o de abierta simpatía con el poder norteño se le dé una lavadita de cara a su historial anti obrero o anti estudiantil, se le condonen sus atropellos a la clase trabajadora y a los menos afortunados en defensa del statu quo (estado del momento actual) y así, hasta decretar duelo nacional con banderas a media asta durante un mes en honor al casi prócer que en vida fue. El perversamente mesiánico perfil es reforzado por la aséptica faena de los empasteladores de la historia y los eufemistas hacedores de panegíricos a la medida, quienes, diría mi sentencioso y peripatético abuelo griego de Carrizales, “están choretos y se reproducen como güimos”. (No puedo evitar que acuda a mi pensamiento el redondo personaje literario de don Procopio, el despedidor de duelos.)

Además, se suele exaltar el retrato íntimo (sobre todo, en el seno familiar) y se engorda su expediente con anécdotas e ingenuos testimonios de los humildes que alguna vez fueron recipientes de algún gesto desprendido y generoso del noble paladín de los desfavorecidos de repente venido a más. No se trata del sencillo acto de vendernos como buena una foto que salió borrosa, sino de una oportunista y descarada manipulación que rebaja, suaviza y esconde aquí; que restaura, resalta y añade allá (similar al taller de filtros, retoques y edición típicos del popular programa informático Photoshop). Su único fin: que no aprendamos las lecciones de la Historia para que sigamos tropezando con la misma piedra y dolorosamente dejemos allí otra vez los cinco pares de garras. Para que sigamos bailando al son de la misma guachafita mientras los poderosos y su insaciable grey de achichincles (ah, esa linda palabreja que tanto le fascina a un conocido colega) saquean las arcas del país. Y así, para cuando sobrevenga otro ominoso cataclismo climático, echarle a éste la culpa por los obscenos despojos y las costillas al desnudo de la envejecida e inservible fórmula político–económica que rige el destino de Puerto Pobre.

No ocurre lo mismo cuando el muerto dedicó incansablemente su vida a la lucha por la libertad y la soberanía nacional. Con éste se valida la otra cara de la moneda: se minimizan y devalúan hasta la invisibilidad las coordenadas de su lucha a contrapelo contra el sistema y/o régimen opresor. A éste se le despacha sin pena ni gloria pues aún tales figuras son tildadas de peligrosos rebeldes sin causa y violentos irrespetuosos de la ley y el orden (de la colonia y el imperio). En pleno siglo XXI, para la inmensa mayoría todavía esas figuras son vistas como villanos perturbadores de la santa “estabilidad” del sistema posibilitador de que la parte agria de la fruta le toque siempre a los de abajo, esos que sostienen la zapata del edificio.

Impregnada en mis neuronas guardo la preclara escena de, siendo yo adolescente y porteador del desaparecido diario El Mundo, y mi padre un muy digno policía, mi madre desplegaba sobre la mesa del comedor --y ante mi todavía asilvestrada candidez-- las hojas de gran formato para mostrarme una foto en la cual, tras un automóvil, varios estudiantes se refugiaban de los policías que blandían sus macizos rotenes durante el intenso proceso huelgario de 1970 en la UPR, al tiempo que, desde sus pobres nociones colonizadas y con dedo flamígero, señalaba a los estudiantes y aseveraba: “¡Ellos son malos!” Un lustro más tarde, las escamas de aquella falsa verdad se desprenderían de mis ojos de recién estrenado estudiante universitario.

Si la memoria no me traiciona, en los años 70 aún no existían en Puerto Rico calles ni edificios nombrados Pedro Albizu Campos. (En cambio, por doquiera sigue abundando en demasía el Muñoz Rivera del progenitor del caudillo.) ¡Anatema! Nadie osaba acometer temerario sacrilegio. Y es que desde nuestra temprana educación, con alevosa sutileza se nos forma ideológicamente para rechazar y despreciar a aquellos que NO escriben la Historia.

También desde joven no dejaba yo de preguntar por qué Betances, Albizu, Blanca Canales o Elías Beauchamp no eran vistos de igual modo que Washington, Jefferson y Hamilton, si en el fondo todos profesaban el mismo ideal libertario para sus respectivas naciones. (En tiempos de la emancipación de las paupérrimas 13 colonias, el imperio inglés tildaba de forajidos salvajes y sanguinarios a los hoy emblemáticos héroes cuyos rostros figuran en monedas y billetes de amplia circulación.) Y es que son los triunfadores quienes hornean el pastel de la Historia Oficial. Y lo hacen para resaltar acomodaticiamente y encumbrar a sus próceres, mártires y las hazañas de éstos. (De haber emergido victoriosa la causa que abrazaban Betances y Albizu, sin duda éstos serían venerados por la opinión pública y hasta relucirían sus rostros en monedas de cambio.) Por ello, celebramos asordinadamente las vidas sacrificadas de Betances, Albizu, Blanca Canales, Lolita Lebrón, Mari Brás y de cualquier otro líder contemporáneo de la izquierda que haya luchado en favor de la libertad de la nación, la justicia y los derechos de los oprimidos.

Aunque, como solución a nuestra patética situación fiscal, una simpática senadora con aires de beldad nórdica radicó un insólito proyecto para el rescate de tesoros sumergidos en aguas circundantes al país, todavía a ningún Gobierno boricua se le ocurre gestionar el traslado a suelo patrio de los restos de Lola Rodríguez de Tió, ni los del "Ciudadano de América", Hostos, quienes consagraron sus vidas a la lucha por la independencia de Puerto Rico y/o a la educación de los pueblos. No empece al disparatado desconocimiento de nuestro armazón histórico (y de seguro de la voluntad última del ilustre mayagüezano) por parte de no pocos políticos conservadores, resulta extraño que ninguno de éstos, tan proclives a acometer apasionadas maromas, se haya abalanzado a recurrir a semejante albur para, con el pecho hinchado de patriotería y en virtud de su jojota cría, pescar en río revuelto. Y es que la jaibería tiene límites: no pueden soslayar el espinoso detalle de que ambos ostentan perfiles políticos atravesados.

Un ejemplo adicional de cómo, en su interés de legitimar el orden establecido, los hacedores de la historia oficial invisibilizan a aquéllos que no se ajusten a sus intereses. En San Sebastián de las Vegas del Pepino, el 30 de abril de 2010 se inauguró La Plaza de la Identidad Pepiniana. La misma consta de varios pabellones con hermosas placas de cristal en las que se aprecian grabados los rostros y sucintas biografías de pepinianos ilustres. Inexplicablemente, no se encontraron méritos suficientes para allí incluir a Gerardo Forrest Vélez, quien durante el Siglo XIX procuró iniciar clandestinamente la lucha armada contra el régimen colonial español en Puerto Rico, pero no había condiciones para ello. El revolucionario boricua, farmacéutico de profesión, alcanzó el grado de Comandante en el Ejército Libertador de Cuba y tuvo una destaca participación peleando en la manigua del lado de los cubanos. En fin, otro muerto incómodo.

En ocasión de la partida de Carlos Gallisá no se decretó duelo nacional, ni se ondearon banderas a media asta durante semanas, ni mucho menos se desbordó la prensa en subrayar el legado de su larga gesta insumergible. Ahora, la reciente muerte del "Gallito que no se Juye" ha movido a la prensa a magnificar y exaltar --hasta la náusea-- su ejemplaridad de "gigante del servicio público" (Sila Ma. Calderón olvida oportunamente la aportación voluminosa de "Cuchín" a los numeritos de la deuda nacional por la cual el Congreso nos impuso la Ley Promesa y su perversa Junta de Control Fiscal) y el inmaculado carácter ético del difunto dechado de virtudes casi hasta su beatificación.

No empece a que en 1978 se reunió con Juan Mari Brás y lograron articular un pronunciamiento de consenso anticolonial que, en el caso de Puerto Rico, llevaron ante el Comité de Descolonización de la ONU, al final de su vida Hernández Colón reculó y tornó a su mullida zona de comodidad, asumiendo posturas menos radicales y más conservadoras y colonialistas.

Al momento de su fallecimiento, los duelos decretados por el Estado vienen matizados por las huellas de lucha de los muertos. Luchar por la independencia en Puerto Rico es un acto “antipático” no avalado ni por el Gobierno ni por el sistema educativo de nuestro país. Por tanto, resulta elemental que el Estado declare ilustres y ensalce las vidas y gestas de aquéllos cuyas huellas históricas caminan en favor de la anexión o la colonia. En semejantes duelos, cobran desenfocado protagonismo los medios televisivos (igual la prensa escrita) que dedican con exclusividad maratónicas transmisiones y coleccionables publicaciones para despedir al egregio patriarca de turno. Así que, cuando toque despedir al "Caballo Blanco", no me sorprenderá el glorioso despliegue de fanfarria, pirotecnia, brillos y cascabeles exaltando al rancio benefactor del estado 51.

Ya antes, desde el otro lado de la acera, presencié y toleré semejante espectáculo cuando se les agotó la cuerda en este mundo a energúmenos como Richard "Tricky Dick" Nixon y Ronald Reagan, quienes, por virtud de la prensa mediática, repentinamente cobraron estatura de gigantescos paladines del bien. Por obra y gracia del aparato mediático, zas, les fueron engavetados todo el nefasto historial intervencionista y hasta la bochornosa renuncia a la silla presidencial. Más cercanamente, en agosto pasado, tras el deceso del senador John McCain por causa de un doloroso padecimiento, los medios se ocuparon de, en virtud de su glorificada trayectoria militar, intentar atosigarle al mundo su “indiscutida” ejemplaridad como ser viviente.

Ojo, mucho cuidado, con las “verdades” distorsionadas que constantemente nos quieren vender los poderosos y sutiles medios de comunicación para que vayamos por la vida repitiendo como el papagayo y aplaudiendo cual domesticadas focas de acuario.

He aquí otro triste ejemplo del estrabismo ideológico del colonizado nuestro de cada día.