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Carlina de Iris Tocuyo-Llovera

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altCarlina: una historia de amor y superación es la nueva obra literaria de Iris Tocuyo-Llovera. Con Carlina, la autora incursiona en la biografía. El libro de 163 páginas es una publicación de la Editorial La Bodeguita de Iris. La portada, el retrato de una mujer con facciones hermosas curtidas por el dolor y mirada fija en la lontanaza, es una creación de Max Cuenca. Las fotos interiores son de Tocuyo-Llovera y la foto de la contraportada es de Tamara Figueroa.

Carlina es el resultado de las confidencias autobiográfica de Providencia “Provi” Castro Apolinaris según se las contó a su amiga. Es una obra escrita con amor, honrando la amistad, pero captando esa verdad profunda que solo pueden intercambiar almas que logran unificarse a través de la compresión e interpretación de las emociones.

“Otro fracaso… Es una piedra gigantesca que cubre cuerpo y espíritu y siempre está allí. Digo esto porque contar una historia como la de Providencia Castro Apolinar (Provi) es un desafío que no sé por qué casualidad me ha to cado. Cómo vino a mí para que se tatuara con una tinta indeleble que marcará en un antes y un después esta biografía” (pág. 108).

Dueña de un poderosos código verbal, Tocuyo-Llovera nos lleva a través de imágenes poderosas que recrean cuadros mentales permitiendo el sentimiento fluir y apoderarse de nuestro ser. Cazadora de lectores, la autora nos entrampa en la narrativa para obligarnos a leer de una soltada a Carlina. Emplea un vocabulario simple, las palabras son gráciles, pero contundentes.

La autora escribe a doble espacio, lo que facilita la lectura. Carlina cuenta fotografías que nos ubican en el tiempo, nos adentran en la intimidad de Provi y nos permiten conocer a sus amigas y seres queridos.

Carlina es más que una obra biográfica. Recoge en sí las experiencias de miles de mujeres que conviven en la pobreza coqueteando con el abandono, el desamor, la transgresión del alma y la violencia emocional y física que laceran la vida dejando huellas tan profundas que a veces son imposibles de subsanar y nos llevan hasta la muerte.

“Sí, la mataron el amor, la humillación, el desprecio, la soledad, la pobreza”, (pág. 46).

Carlina es el nombre de la madre de Provi. La hija se forma en el dolor de la madre y se nutre del afecto de la tía Dolores.

“La vida de mi madre al lado de mi padre fue de sufrimiento y desprecios”, (pág. 31).

“Sufría por ella y por mí, porque al despreciarla a ella también me despreciaba a mí y eso es imperdonable para una madre”, (pág. 45).

“Mi tía Dolores siempre estaba preocupada por nosotros y más por su hermana, a quién quería mucho y no deseaba verla sufrir ni abochornada, porque a pesar de nuestra pobreza ella siempre anteponía la dignidad”.

La narración se inicia en los días azarosos de la Segunda Guerra Mundial. El hambre era rampante en la Isla. Había hambre física que descalabraba el cuerpo, pero también había apetencia de amor. La historia es un viaje en busca de satisfacer el deseo profundo se sentirse amada, deseada y valorada. Es una búsqueda por respuestas a la violencia machista sin caer en la justificación de las posibles excusas.

“El origen enmarcado en la pobreza y en la lucha diaria de generación en generación ha dado en hogares hombres que consideramos insensibles, deshumanizados y con una actitud incomprensible si nos ubicamos en el contexto histórico que los determina”, (págs. 28-29).

Carlina constituye un grito angustioso contra los males de una sociedad machista que subyuga a sus hembras a los caprichos de un patán engreído, incapaz de amar a otros porque en su inferioridad asume como porte la superioridad. Es el llanto de una hija con profundos deseos de ser aceptada por su progenitor para ser rechazada de cuajo por no tener un pene y dios testículo.

“Él, enigmático y con el desprecio más imperdonable, le dice ques e vaya, que no lo moleste más, que él ahora tiene una nueva vida. Yo, inocente, al verlo corro a abrazarlo, me mira y sin la menor consideración y sin el más mínimo instinto de padre me señala con el dedo a la vez que me ordena: “quédese ahí donde la dejó su mai”, (pág. 43).

“Mi marido me golpeó desde el primer mes de casados… Ninguna mujer debe aceptar maltratos jamás. No hay justificación que valga para aceptar ser denigrada”, (pág. 100).

Es además una condena a la sociedad cómplice que utiliza las hembras para reproducirse, pero las abandona cuando paren o envejecen. Es a su vez un canto a la solidaridad entre las mujeres porque cuando las fuerzas fallan solo resta el hombro de una amiga para apoyarse y una mano para enjugar las lágrimas.

“Es la influencia social que como un talego impide a muchos niños, jóvenes y adultos quebrar el sino de “tú no puedes, eso no es para ti, tú no perteneces a esa clase social, tú vida está aquí en este pequeño círculo”.

“La familia, conmovida por los acontecimeintos del fallecimiento de la madre y las penurias económicas en la casa de la tía Lola, trata de buscar soluciones con el bendito “donde comen dos comen tres”, (pág. 55)

“So Providencia Castro Apolinaris hablara de cuán importantes son para ella sus amigas, tanto las que se van y no vuelven como las que la han acompañado en el transcurso de su vida, tendría que hacer otro libro de cada una de ellas. La amistad para Provi es una palabra sagrada. Las amigas… todo aquel que compartió y comparte, aunque sea un pedacito de su historia”. (pág. 126)

Carlina abunda en temáticas existenciales. Se sumerge en la apatía religiosa que condena al pobre a su pobreza y encadena la vida al ciclo de nacer, morir, penar y languidecer si esperanzas presentes. Toca la muerte desde el desamor, pero también del choque que esta representa para una vida que se inicia.

“Para los desvalidos, los olvidados de Dios, para los que estadísticamente se cuentan solo en natalidad y muerte, no existe primera ni segunda infancia, ni adolescencia, ni madures, ni tercera edad, no fin de siglo. Solo un amasijo de penurias y dolor que nos recuerda los oleos del Greco en toda su magnitud”, (pág. 48).

“Pequeñita, de siete años apenas… no entiendo la magnitud del momento y menos cuando un silencio sepulcral trata de escuchar y presenciar cuál será la reacción de la niña en el último adiós a su madre”, (pág. 49).

En la obra el dolor está presente de muchas formas, pero se acuna mejor en el corazón de la infancia a la que se le niega el jugar con la misma muñeca que recibe por parte de los Reyes Magos año tras año (págs. 34-35) o en la preadolescente que no puede acallar el dolor de su orfandad: “Aquí no hay cabida para decir “olvídalo, ya pasó”, aquí hay dolor en cada palabra que representa un desgarramiento, una profunda herida incurable que sale de sus labios como si rezara para calmar esas imágenes que la acompañan, pero no la detienen y nunca la han detenido”, (pág. 55).

Empero, Carlina no es solo dolor. Es un ejemplo de lucha. Es subsistencia capaz de cambiar paradigmas, romper con estereotipos, erguirse luego de la golpiza y salir victorioso. Es arrancarse del alma el desamor y las experiencias amargas. Es darse la oportunidad de amarse y dejarse amar.

Carlina es desprogramarse para reprogramarse en un ser victorioso, invencible, pero sensible. Es reformatear la vida para moldear una sociedad libre de su estercolada y permitir que lo mejor de cada cual brille en su máxima expresión.

“Los sueños se hacen realidad cuando los anhelas con pasión y no te olvidas nunca cuál es tu norte”, Providencia Castro Apolinaris (Provi), (pág. 168).