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Los Cronotopos de mi infancia

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altQuienes me conocen saben que soy de Rincón antes que todo, aunque con firmeza digo que mi segundo pueblo es Aguadilla. Pensar y reflexionar sobre Aguadilla me trae una gama de recuerdos y sentimientos encontrados. Durante más de una década, por razones de trabajo, estuve desconectado de ese lugar, que como decía De Diego, “hasta las piedras cantan”. El pasado año los avatares de la vida (y el trabajo) me trajo de regreso a este lar aguadillano. Caminar por su calles y diversos parajes evoca esas memorias de mis abuelos, historias de la infancia con mis primos y otros recuerdos de mis años universitarios en CORA.

Pero de igual manera ver muchos de los cambios me duelen, laceran mis recuerdos y me invade la melancolía. Hoy, a un año de ese retorno a estas calles, luego de pasar el impacto de los cambios me decido a repensar mis memorias, los cronotopos de mi infancia y las añoranzas del pasado. Hace algunos años un buen amigo y colega alertaba en su libro que Aguadilla le había dado la espalda al mar. Cuando esa publicación vio la luz confieso que me incomodó un poco por diversas razones. ¿Como el amigo historiador tenía la osadía de señalar algo como esto si la historia de este municipio siempre estuvo vinculada al mar?

Desde el 1736, cuando el aguadeño Don Pedro de Arce solicitó a los reyes españoles fundar la ciudad de Aguadilla, por los beneficios económicos y para la defensa de la navegación en esta zona. Luego como bien han destacado varios historiadores, la pesca siempre estuvo presente desde la fundación de Aguadilla en el 1775. La pesca fue fundamental el desarrollo del entorno y el entramado urbano del pueblo. El puerto de Aguadilla le confirió tanto valor e importancia a esta municipalidad que en 1841 se convierte en el Tercer Departamento Militar de la Isla, título que había mantenido el pueblo de Aguada desde 1692. El llamado jardín de los taínos se había convertido en un centro político económico y judicial del área oeste.

Durante mi infancia recuerdo los fines de semana en la playa, los festivales playeros en El Parque Colón. El trencito, los botes de pedales y la casa del árbol, único testigo que permanece en este sector costero. Las procesiones de La Virgen del Carmen por la costa aguadillana y el pescado frito que nunca faltaba en casa de mi abuela. Ya en mis años universitarios en la UPR de Aguadilla, (la eternamente CORA), los paseos a las ruinas del antiguo faro, o los pasadías en el “Crash Boat”.

Pero esa historia y esos recuerdos se desvanecen al observar como el mal llamado progreso a destruido todo el frente marítimo. Todo lo que era una hermosa playa de bañistas ha sido cubierta de piedras por la construcción de un capricho de convertir la zona en un litoral del mediterráneo. A eso le sumamos la destrucción que amenaza la costa de Playuela, destruyendo yacimientos históricos, hábitats de aves y accesos a la playa. Mientras le mienten o le disfrazan la verdad a los vecinos.

Les dicen que "la comunidad podría beneficiarse de la infraestructura de alcantarillados que tendrá el complejo turístico...." Lo que no les dicen es que el servicio de alcantarillado público será obligatorio para todas las residencias cercanas al sistema de alcantarillado y tiene un cargo adicional en las cuentas de la AAA, o sea que es un aumento en la tarifa. Les venden, promesas de trabajos, pero no les dicen que serán trabajos especializados y que es muy probable que sean trabajos para personas no residentes del barrio. Les aseguran que el valor de sus propiedades va aumentar, pero lo que no les dicen con el aumento del valor de su propiedad, incrementa también el pago de contribuciones por el inmueble. Todo esto redunda en un proceso de desplazamiento social paulatino.

Ver toda esa destrucción me hace repensar en como aquel libro del amigo historiador se convierte en profético. Hoy podríamos decir Aguadilla: el pueblo que le está dando la espalda al mar. Muy irónicamente el litoral aguadillano se abre a un espacio visual, mientras le da paso a la destrucción de uno de sus mejores recursos, la playa. Así veo morir los recuerdos, esos cronotopos de mi infancia que aún pululan por mi memoria.