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A propósito de Conversaciones con Aurelia de Daniel Torres

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alt(Nota editorial: Presentación de libro de Daniel Torres Conversaciones con Aurelia. San Juan: Isla Negra Editores, 2017. 124 pp., en la celebración de su 10ma edición, en el Teatro Coribantes, San Juan, 3 de junio de 2017).

A diez años de Conversaciones con Aurelia, se abre la puerta del camerino y desfilan ante nosotros los trece actantes de esta pieza literaria, debidamente peinados, maquillados, embutidos en medias panties, vestidos, ataconadas… mujérrimas, fronterizos o machísimos –según sea el caso–… en fin totalmente hechos –real y literariamente–, como en la fina hora. Aunque los actores literales de reparto suman once (17), el duodécimo personaje a quien aludo es la voz narrativa –intradiegética y observadora de esta historia– cuya identidad se camufla tras el “nosotras” (33, 49), y el puesto final lo ocupa el libro –contenedor y medio de la voz y las cartas–, que no sólo cae en mis manos para ser leído, sino que presenta una serie de indicadores destinados a –‘pisapasito y jode duro’– hacerme leer como les viene en gana. Me refiero a paratextos: siete epígrafes (3), el “Prólogo” (7), la dedicatoria (13), las citas (15, 105) y el elenco congelado en una página (17), como en la pantalla televisiva o cinematográfica, temiendo desaparecer. Por lo tanto, converso con Aurelia –la novela–, equilibro mis ganas de leer con las suyas de ser leída, y me uno a los siete críticos del inicio que han quedado marcados en el book club internacional de Daniel Torres.

Abro un bochinche con pretensiones de diálogo porque adquiere un rol crucial a tal punto que Torres lo define: “qué era un buen chisme sino la elaboración progresiva de versiones que cambian según el oyente va modificando y añadiendo a su vez con algo de su propia y genuina cosecha” (101). ¿Necesitan un ejemplo de críticos chismeando? Ahora empiezo…

Conversaciones sobre “Aurelia”

En voz de Jonathan Montalvo, Conversaciones con Aurelia “narra de manera introspectiva las historias de un grupo de travestis y sus clientes en El Pájaro Azul, uno de tantos cabarets ficticios que se encuentran en el área de San Juan” (7). Mas aquí entra la apreciación de Moisés Agosto Rosario, quien emplea conceptos como “mapa”, “clandestinidad” y “placer” (3) para demarcar la novela. Sus términos quedan claramente evidenciables mediante la cartografía citadina de la vida nocturna gay imperante en los 80s y 90s recreada por Torres: calle Vendig, Tía María, Bachelor’s, Boccaccio, Pier 1, Krash y demás antros de perdición y ratoneras de cantazo que trazaban la ruta panorámica del temblor carnal, los grados prueba y el humo hasta sumirse en la oscuridad –para mí, desconocida, por supuesto– de Vibrations (22, 50, 59). El autor completa tales lugares ‘oficiales’ –si pudiera así llamárseles– con los subrepticios cruising spots (108). Fuera de duda, San Juan será una “ciudad sin centro”, pero se impone ante quien lee como el “distrito erógeno” (25) de la Isla del Desencanto (44).

Por su parte, Nicolas Balutet (3) apuntala de la obra su universo ceñido al cabaret y los travestis, que concuerda con las nociones planteadas por Montalvo en torno al espacio privado, el cual le reserva a cada draga el éxito rotundo de su fantasía a la vez que le confiere seguridad, aun cuando a todas las consumen la rivalidad, la envidia y el desamor (8, 10). Aunque, por un lado, se acreditan también las expresiones de Montalvo en torno a que “en el espacio público, fuera del glamour y las luces del cabaret, estos individuos sufren el rechazo de aquellos que ponen en duda su género” (8), por otro lado –contrario a muchas literaturas de temática queer–, Daniel Torres registra con éxito la existencia de espacios públicos en los cuales, para el momento en cuestión, la masa se vuelca en contra de la hegemonía. Ello lo constata la escena en que los pasajeros recriminan la conducta de doña Calixta, la pentecostal: “la gente que esperaba a que la guagua se llenara se puso a comentar…que había mucho loco suelto queriendo vivir la vida de los demás” (73).

En el caso de Ana María Fuster Lavín, cataloga a Torres como “un maestro del homo-erotismo…del escándalo en su justa perspectiva” (3). Aunque –confieso– todavía intento descifrar cómo el hiperbólico escándalo alcanza la perspectiva justa, vinculo las palabras de la crítica a las tensiones entre el desenfreno pasional y el decir medido –en no pocas ocasiones, poético– que enaltecen las escenas. Pueden tomarse como ejemplos la caracterización de doña Calixta (72-74) y la dinámica sexual entre Miguel y Guadín (98-100).

La intervención ya reiterada de doña Calixta también ejemplifica a la Iglesia como máquina de represión, tal como recoge Montalvo en el “Prólogo” (9-10), y valida la conclusión de Mónica Volonteri en lo que respecta a los personajes de Conversaciones con Aurelia como “víctimas de discriminación, inseguridades, represiones” (3). Sin embargo, si bien es cierto que, aunada a la Iglesia, la Clínica también funge cual mecanismo represivo –esta vez, de la ciencia–, no es menos cierto que Torres la utiliza en su novela para, mediante una vuelta de tuerca, destacarla como salvación: el quirófano les provee a Meche (22) y a Nani (69, 75) la oportunidad de acceder a su verdadero yo.

“Un juego de relaciones que va más allá de dicha naturaleza doble, produciendo una clausura total del sujeto”, así define Enrique Giordano (3) la obra que nos ocupa. En definitiva, desde el inicio, al igual que los siete epígrafes –en su juego polifónico de espejos– procuran relumbrar sobre aspectos singulares de la historia, Torres se vale de ellos para reproducir, en la crítica, lo mismo que urde con la lista inicial de personajes. Con los primeros, muestra múltiples facetas de un solo texto de acuerdo con el criticismo, mientras que, con los últimos, revela –entre nombres y epítetos– variadas formas, lados o aristas de cada actante.

En lo que a personajes respecta, Andrea Gibson interpreta que “the story details their desire to become women, as well as men –gay, straight, bisexual– fascinated by their world” (3). Dicho asunto se interseca con el “pánico homosexual” bifurcado en “la manifestación de restricciones heteronormativas” y “la actuación fracasada de la masculinidad hegemónica”, según constata Elena Valdez (3). Quizás, de ahí procede el interés del prologuista al “analizar las ambivalencias del proceso de construcción del género y cómo este…crea un espacio para transgredir la heteronormatividad…y evadir la violencia suscitadas por las máquinas de represión social” (Montalvo 7). Allende su paso y paseo por una jerarquía draga: Aurelia, Meche, Delirio y Nani (46), y otra masculina: Fifí-Ojos Azules-Mr. Smith (que no es pendejo na’) / Miguel-X-kalín-Bebo Salgado, Conversaciones con Aurelia da vida a un conglomerado de seres cuyo tránsito, ineludiblemente, se aboca hacia la decadencia, incluso en los instantes máximos de ilusión progresista. El margen de los márgenes dentro de ambos grupos lo personifican –en el primero– Vicky Carnicera, La Lupe venida a menos, cuya consagración y venganza yacen en sus artes de maquillista, y –en el postrero– Papo el sidoso, quien ni siquiera se valora como digno de mención en el elenco, pero cuya aparición final se presta para consumar la venganza de Fifí hacia Nani (17, 113-114).

“Aurelia” latinoamericana

“[E]n casi toda Latinoamérica…el pedigrí de lo diferente tiene su lugar obligado para presumir”, indica la narradora: palabras con spotlight que ameritan devolvérsele a la novela. En esta obra, se detectan características muy particulares de la literatura queer latinoamericana, entre las que se destacan:

fanatismo farandulero (artistas, canciones, revistas de espectáculo, cadenas televisivas),

alusión a marcas y su respectivo prestigio,

maquillaje y travestismo –“ese difícil arte de la ilusión” (29)–.

El primero y el segundo se presentan, sobre todo, en Manuel Puig, Luis Zapata y Alberto Fuguet, mientras que el tercero –tanto en sus niveles literarios como teóricos– domina los escritos de Severo Sarduy. Ello sin considerar las formas en que explota tales detalles la literatura puertorriqueña.

Asimismo, sin abandonar al Sarduy de “El barroco y el neobarroco”, hay que posar la mirada sobre la intertextualidad –sobre todo, literaria y musical–, barajada aquí, ante quien lee, con desparpajo y sin ambajes. Fuera de los casos evidentes, que pululan a través de la narración completa, se hallan menciones de o referencias a: Sirena Selena, vestida de pena, de Mayra Santos Febres (36), El gringo viejo, de Carlos Fuentes (53), En una ciudad llamada San Juan, de René Marqués (109), “Olas y arenas”, de Sylvia Rexach (83).

Posiblemente, el rasgo que destapa la realidad exacerbada de la vida gay y que Daniel Torres plasma con brillantez, estriba en la crueldad pata, compañera siamesa de los entes marginales, quienes la blanden como única defensa a la menor provocación. Como se indicara, esto se desata de manera obvia en medio de la rivalidad, la envidia y el desamor (Montalvo 8), mas también con la manipulación de Aurelia al procurar que Fifí se enamore de Delirio para, luego, ponerla en brazos de Miguel (32-33) y en el preciso instante en que Delirio reacciona ante la vulnerabilidad de Lucy Fabery, su ídolo, al contemplarla en el hospital: “Te decepcionó del todo verla tan insignificante como cualquiera de tus propias tías en la cocina, con un moño insulso que le recogía el pelo” (28).

Dicha crueldad reside en otros textos latinoamericanos: 41 o el muchacho que soñaba en fantasmas (Paolo Po), El lugar sin límites (José Donoso), El vampiro de la colonia Roma (Luis Zapata), Loco afán (Pedro Lemebel), Salón de belleza (Mario Bellatín), y las piezas puertorriqueñas: No quiero quedarme sola y vacía (Ángel Lozada), Nocturno y otros desamparos (Moisés Agosto Rosario), Dos centímetros de mar (Carlos Vázquez Cruz), Uñas pintadas de azul (Lawrence La Fountain-Stokes), Delirios de pasión y muerte (Max Chárriez), Mundo cruel (Luis Negrón) y Diario de una puta humilde (David Caleb Acevedo), entre otros.

Conclusión

En resumidas cuentas, Conversaciones con Aurelia exige diálogos críticos, literarios y extraliterarios dirigidos a atisbar su complejidad. Reencontrarse con esa voz fuera de tiempo que les habla a los personajes, con las ‘Cartas a Fifí’ –como prefiero denominar la tercera parte del libro– y con Daniel Torres articulando, una década más tarde, las casi exactas palabras de su voz de entonces, deviene en gusto y sorpresa. Súbitamente, uno cae en cuenta de que Aurelia no se despide del Pájaro Azul, sino que recesa hasta que un pasar de página le insufle, de nuevo, vida. Hoy la recibo como lo hice antes, solo que la suelto con mayor nostalgia porque su desgracia, cada vez, me contagia más o se contagia de la mía.