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Junot Díaz y el precio de un beso

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altLeí paralelamente el artículo de Junot Díaz en el New Yorker sobre la violencia sexual que sufrió a los ocho años, cuando fue violado sistemáticamente por una persona cercana a su familia; y luego la denuncia de una escritora sobre el beso forzado que este le dio en una actividad universitaria.

Las dos cosas no se equiparan y si algo me molesta es que sea ahora que esa muchacha gane notoriedad denunciando un beso que pudo utilizar contra Junto hace décadas. Junot no es Bill Cosby ni Polansky. Y un beso forzado es más un aprendizaje forzado, derivado de las películas de Hollywood, por un joven al que el abuso sexual le había creado todo tipo de crisis de identidad (como lo proclama en su artículo) que un crimen. Ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre, decimos por aquí.

Tengo un amigo que me confeso que después de ver como en las películas norteamericanas, el hombre arrastra a la mujer, la atesta contra una pared, le arranca la camiseta y luego la monta sobre sus poderosas piernas o la deposita en una mesa de la cocina para una violentísima relación sexual, lo intento. Lo primero fue la horrorizada reacción de su compañera y lo segundo que termino en el quiropráctico con una lesión en la espalda que le costó meses de tratamiento.

Lamentablemente, ese tratamiento sexual promovido por películas es lo que nuestros jóvenes reciben como educación sexual. El machismo no está solo en el “piropo”, que aquí se interpreta como una licencia para agredir a las mujeres abiertamente en la calle, sino en su defensa por machos disfrazados de académicos que no pueden explicar la diferencia entre el galanteo de la tradición española: “Tienes los ojos más grandes que el sol”, de lo soez y la vulgaridad.

En mi infancia nos tomó muchos años enterarnos de la sistemática violación de casi todos los niños del barrio por un padrote, también del barrio, que iba con ellos al rio a bañarse. No me lo he encontrado de adulto para por lo menos escupirle la cara, y por ahí anda hoy ese tipo casado y con hijos y me imagino que aun practicando su depredación sexual.

Y, ya con familiares cercanos, no me tomo mucho tiempo enterarme del abuso sexual que practicaba un director de una academia militar, con una esposa embarazada, contra el estudiantado. Mi reacción fue exigir su renuncia a riesgo de denunciarlos públicamente ante la reticencia de sus ejecutivos de cancelarlo. En las iglesias, las historias abundan.

¿Qué hacen los violados? Adoptar comportamientos estereotipados de macho hasta que recuperan su humanidad. Me consta que Junot lo intenta.