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Caso Gallego, la injusticia continúa en Panamá

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altEl día 9 de junio se conmemora un aniversario más de la desaparición del sacerdote Héctor Gallego, en Santa Fe de Veraguas. Pese a ser el caso de desaparición forzosa más conocido de la historia panameña, pese a haber sido condenados por el hecho cuatro agentes de la fuerza pública panameña, que cumplieron sus condenas, sigue manteniéndose la inoperancia del Ministerio Público y del Instituto de Medicina Legal en dar correcta identificación a los restos encontrados en el cuartel de Tocumen, en los que se ha denunciado que, a propósito, se confundieron los de Gallego y Heliodoro Portugal.

El encuentro de Héctor Gallego y el movimiento campesino veragüense no fue casualidad. Su llegada a Santa Fe constituyó la confluencia de una creciente lucha de campesinos pobres por la tierra, frente a la voracidad de los terratenientes, situación que se repetía en todo el continente latinoamericano, y que produjo un vuelco en la Iglesia católica de los años 60, con el Concilio Vaticano II, y la “opción preferencial por los pobres” de la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín del año 1968.

Por supuesto, hay dos lecturas de este proceso, una como compromiso real de la Iglesia; otra, como una política inteligente de contrainsurgencia, cuando el continente ardía en conflictos por todos lados. De Antioquia, Colombia, cuya capital es Medellín, procedía Gallego.

Llega a una provincia atravesada por conflictos agrarios, donde el obispo Vásquez Pinto había trazado una estrategia denominada “Plan Veraguas”, que consistía en la creación de un sistema de cooperativas con asistencia social, CEPAS y la Juan XXIII, que mitigaran ese conflicto. En la comunidad de La Mula, en Santa Fe, donde se instaló Héctor, se había producido una ocupación de tierras por parte de campesinos pobres, la cual era confrontada por los terratenientes de la zona, encabezados por la familia Vernaza.

La Iglesia competía con el Partido del Pueblo por la dirección del creciente movimiento campesino, que se había empezado a organizar en Soná a mediados de los años 50, enfrentando a los Martinelli, donde se distinguió Carlos Francisco Changmarín. Este movimiento y los de otros municipios confluyeron en la llamada Federación de Ligas Campesinas, que llegaron a realizar varios congresos nacionales a lo largo de la década.

El resto de la historia es bastante conocida, pero para quienes desean una amena y minuciosa descripción de los sucesos que precedieron y prosiguieron a la desaparición de este sacerdote comprometido con los campesinos pobres, recomiendo la novela El calvario del padre Héctor Gallego, del sociólogo Pablo Asís Navarro Icaza.

La novela contiene todo. Desde los sentimientos de los campesinos sobre el conflicto agrario, hasta el proceso judicial, incluyendo el señalamiento de uno de los condenados, Melbourne Walker, contra Edilberto Del Cid y un equipo de los Macho de Monte, como los reales autores del secuestro. Pablo Navarro ha hecho una exhaustiva labor investigativa que convierte a esta novela en documento valioso a atesorar como parte de la historia nacional.

El libro culmina con una denuncia que ya ha hecho también Alexis Sánchez (La Estrella, 1/3/18): los restos de gallego y Portugal fueron cambiados a propósito para confundir las investigaciones; que los restos de ambos ya fueron identificados en laboratorios extranjeros con las muestras de ADN extraídas de los huesos encontrados en el cuartel de Tocumen de las antiguas Fuerzas de Defensa. La desidia y complicidad de la Procuraduría y del Instituto de Medicina Legal han impedido hasta ahora cumplir con la exhumación de los restos de Portugal y poner orden en la investigación final. Increíble.