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El lector de la esquina

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altHoy me he alejado de los libros, de los papeles embarrados de poemas.

José Luis Colón Santiago

Siempre quiero llegar,

Nunca quiero partir.

Alfredo Villanueva-Collado

I

Playa de El Alambique. Agenda: resumir en varios párrafos el correteo de quince días, yendo y viniendo de una punta de la playa a la otra. Ruta mañanera: del condominio Marbella a la Playita y de esta al condominio The Galaxy, tramo este que incluía una parada al final de la orilla para charlar bajo la sombra con “el lector de la esquina,” Iván Santiago Zayas, un personaje con mil historias.

Alguien que sin moverse de donde se sienta a diario —siempre llega temprano en la mañana— se conecta con el resto de Isla Verde, de Puerto Rico y del mundo.

Imantación a la intemperie. Iván lleva más de treinta años instalado en esa geografía, en su silla plegable, a veces bajo sombrilla si llueve o si entra mucho sol, casi siempre con una chaqueta cortavientos puesta y otra colgada de la mochila con ruedas donde lleva el agua, sentado siempre con vista al mar frente al muro con rejas del Condominio Playamar que hace esquina con la Calle Amapola.

Marca indeleble de la zona.

II

Curiosidad. Una búsqueda en el mapa de Google lo capta, desde muy arriba, como un punto impreciso; algo, un bultito de tono rojizo ubicado donde Iván se planta todos los días. Sí, estoy convencido; eso que parece una masa amorfa desde lo alto es definitivamente él. ¿Quién más iba a ser/estar en esa esquina que él ha hecho suya?

Hay días en los que Iván se sienta con una montaña de tres libros y el periódico. ¿Qué libros consume el hombre que se sienta a leer frente a la playa?

altModus operandi. Iván se pasa el día leyendo y conversando con la gente que va y viene, a quienes conoce y trata con la fraternidad que produce el contacto diario.

Presencia. Fuerza de gravedad. Objeto público. En eso consiste su vida y su fuerza. Conoce a todo el mundo y todo el mundo lo conoce a él. Lee y habla; cuenta.

Territorialización. Ontología. Ángulo playero de Isla Verde.

La esquina de Iván está al lado del hotel abandonado y grafiteado desde hace mucho, cuya inauguración Edgardo Rodríguez Juliá anunció en una de sus crónicas playeras, “Para llegar a Isla Verde” (1985). Carcasa de un hotel-restaurante-bar venido a menos localizada al final de la Calle Amapola, en Punta El Medio.

Constancia; el de Iván es el cuento de un lector que se sienta a leer en un espacio público que, con las décadas, se hace parte de su identidad. El es la esquina; esta no se vislumbra, durante sus “horas de oficina,” sin él.

III

Lector de mil historias. Hablador, demasiado hablador; cuentero. Iván me contó la mejor de todas las historias esquineras. El día que, desde su trono, le llamó la atención al grafitero que se puso a pintar el hotel-carcasa de la esquina, a quien le reprochó no respetar la propiedad privada y por eso ser un violador de la ley.

La contestación que recibió del grafitero lo dejó con la boca abierta.

Sin ton sin son, le dijo que, en ese caso, él también, Iván, estaría violando la ley, porque, plantado como ha estado durante décadas ante el muro del condominio Playamar, él también se ha convertido en un grafiti de la zona. Mancha en la pared.

¡Brutal!

IV

Después de declamar versos de Luis Llorens Torres y de Juan Antonio Corretjer, Iván habla sobre los libros que lee, ¡muchos!, a los que adviene en el circuito de lectores en el que está inscrito; una red que cubre las dos puntas de Isla Verde —Punta El Medio y Punta Las Marías— en la que circulan sobre todo novelas en inglés, thrillers como los de David Baldacci, entre otros.

Leer en español, me dijo Iván, requiere más recursos económicos.

En una semana, Iván se puede leer tres thrillers. Además, me dijo que de noche solía ocuparse, con un vinito, de los libros que requerían más atención y cuidado.

Por eso, le regalé el primer tomo (440 páginas) de la novela de Juan López Bauzá, Barataria (2012), la cual empezó a deleitar con calma por las noches, fascinado por las ocurrencias quijotescas de Chiquitín, personaje que, confesó Iván, por militarista y anexionista, se parecía a su papá (razón por la que Iván, de joven, se enlistó en la marina usamericana).

¡Tensión nacionalista!

IV

Al otro día de recibir Barataria, Iván llega a su esquina con una poemario en la mano, Ciudadano del aire (2012), obra póstuma de José Luis Colón Santiago (1945-2001), poeta “Conocido como Wiso o Güiso, nace… en Cidra [Puerto Rico], de padres pentecostales. Vive la vida de las calles y las drogas durante su adolescencia tanto en la isla como en Nueva York, nunca termina un grado académico, y se gana la vida como quincallero en el sur del Bronx, falleciendo de una cirrosis…” (Alfredo Villanueva-Collado).

Contemporáneo de Miguel Piñero y Pedro Pietri, José Luis, a diferencia de los nuyoricans, fue de los poetas diaspóricos que escribieron en español: “Esas olas que nunca terminan.”

Al abrir Ciudadano del aire, “El mar me llena, nadando voy en sus pestañas,” parece de rigor subrayar tres puntos.

Primero, que el libro tiene dos dedicatorias. La primera, que la hermana de José Luis, Juanita, le dedica a Iván: “En nombre de mi hermano te dedico este libro con mucho cariño”; y la segunda, de Iván: “Para el que lo lea; si no tiene la sensibilidad en el corazón de percibir la realidad del mensaje, mejor lo devuelva [el poemario]. El mensaje lo envía un pueblo que sufre de una terrible ignorancia. Te amo Puerto Rico para siempre.”

Segundo, que es un poemario avalado por el poeta y crítico literario, también diaspórico, Alfredo Villanueva-Collado, en cuyo prólogo, “José Luis Colon Santiago el ciudadano de la palabra,” cartografía la estética del poeta ciudadano: “También incluye la poética de Wiso la noción del poeta ventrílocuo: una garganta que se presta a ser la voz de los que la tienen pero no la utilizan…”

altaltTercero, que a lo largo del poemario han quedado los comentarios escritos por Iván, el lector de la esquina que había leído El ciudadano del aire antes de regalármelo.

“Yo sobrevivo en el susurro de mis olas de Isla Verde”; “Hemos empezado a pensar con el estómago”; “Una vida: que me acompañe la noche. A ver si llego”; “Las que se casan con Dios porque no hay dios que se case con ellas.”

Pero hay más. Hacia el final del prólogo, este comentario de Villanueva-Collado, “La poética de José Luis incluye una praxis de grupo,” se sale, como quien dice, del poemario, cuando añade lo siguiente: “Como individuo, [José Luis] fue más que generoso con los poetas que lo rodeaban… Fue él quien envió las muestras de poesía y cuento [de sus amigos] a Marcos Reyes Dávila, director de la Revista Exégesis.”

¡Increíble! Hace apenas unos días, el 12 de enero (2019), conmemorando los 180 años del nacimiento del prócer puertorriqueño Eugenio María de Hostos (1839-1903), conocí a Marcos Reyes Dávila en la Casa Dominicana.

V

Cuando nos despedimos, fin de una quincena correteando por la playa de El Alambique, el lector de la esquina sacó su libreta de la mochila con ruedas, escribió en un papel blanco su número de teléfono, su email y quedamos en mantenernos en comunicación.

Me quedé con ganas de regalarle algunos versos de José Luis que él, Iván, me había regalado a mí, sobre todo los más playeros, porque el lector de la esquina es un ser-marino que necesita el mar para respirar (y para leer), pero no lo hice. Versos como estos dos: “Nacer de pronto en medio de las algas” y sobre todo este, “Son océanos que llegan, peces terrestres.”

Y ello porque el Ciudadano del aire, como el lector de la esquina, es también un ser-marino:

El mar me llena, nadando voy en sus pestañas,

Me busca siempre para abrazarme de pulpos.

De cuencas su bolsa de moluscos;

pechos concurrentes en el olvido.

Chispas, corrientes han sido sus tendones.

Evaporaos ceros sus músculos de espumas.

El mar se expande en los cartílagos;

Susurra, le canta a sus hijuelos.

Les dice mitos, les cuenta sus extrañas;

les adorna el recuerdo de corales.