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Globalización de deuda, pobreza y miseria

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altLa globalización de la vida política cobra preminencia en estos tiempos, forzándonos a ser "ciudadanos del mundo", aunque sólo sea por tratar de entender el poder que mantiene rehén al maltratado planeta.

El caótico régimen capitalista mundial —dirigido por Estados Unidos— se conforma de arrabales gigantescos, endeudamiento y vigilancia universales, oligopolios transnacionales, poder mediático multiplicado por internet y un militarismo galopante de alta tecnología que desalienta toda ilusión de desafío. También, desde luego, la globalización neoliberal ha creado nuevas camadas de millonarios y billonarios.

La sociedad se polariza entre lo que Samir Amín llamó la Tríada —Estados Unidos, Europa occidental y Japón—, y periferias donde abunda la miseria en Asia, África, América Latina y el Caribe.

La producción industrial reside principalmente en el llamado Tercer Mundo, a base de salarios bajísimos. Los grandes comercios y marcas que dominan nuestro consumo —cuya publicidad determina los precios— son inseparables de esta superexplotación.

Empresas transnacionales subcontratan producción fabril en países pobres, donde el precio de la fuerza de trabajo desciende en hondos abismos de sobrevivencia y desempleo, manteniéndose muy bajo (ver John Smith, Imperialism in the 21st Century, 2016).

En este "feudalismo" global, un hormiguero de empresas y negocios vasallos luchan por sobrevivir. La clase social de más rápido crecimiento es un proletariado informal. En muchas ciudades de países pobres la economía informal —el vendedor ambulante, la barra con mujeres, la producción artesanal de prendas de vestir, la chiripa en la construcción, el trabajo infantil semiesclavo— es la principal.

Mil millones de pobres sobreviven en la invisibilidad insalubre y olvidada que los medios no consideran noticia. Sin derechos ni regulaciones y distante de la razón académica o científica, en la densa maraña de la informalidad sufren sobre todo mujeres y niños (cfr. Mike Davis, Planet of Slums, 2007).

Los más pobres ahora se concentran en zonas urbanas, más que en el campo. Inmensas ciudades sin trabajo serán, según analistas militares, el principal terreno de combate del siglo 21.

Europa oriental y los países que antes conformaron la Unión Soviética se integran, desde los años 90, a la miseria urbana. Ciudades rumanas y búlgaras son las más pobres de Europa. En Rusia ahora millones de desempleados y personas sin casa viven sin servicios básicos o calefacción.

La deuda determina la vida. El capital-dinero succiona —siempre desde el norte— incesantes ganancias provenientes del financiamiento de gobiernos, empresas de bienes y servicios y masas humanas a través del mundo. Se globalizan la ineptitud y la corrupción de los políticos en tanto el gobierno omnímodo de la deuda domina.

La ciencia y el conocimiento se ajustan a la innovación tecnológica que exijan los monopolios y la industria. Atrás quedan los principios de búsqueda de la verdad, intelecto propio, espíritu crítico, investigación al servicio de la sociedad.

Sistemas burocráticos globales articulados al crédito uniformizan la educación y los saberes. El pensamiento se reduce a lo técnico, y a satisfacer protocolos administrativos mediante la informática. Se burocratizan profesoras y científicos, médicos y abogadas, decanas y rectores, políticos y juezas, estudiantes y psicólogos, universidades y periódicos.

Nuevas "clases medias" compiten en el carrerismo del mercado académico y profesional. Su consumo en urbanizaciones cerradas, shopping malls y supermercados y sus salarios privilegiados conforman pequeñas islas en medio del océano de miseria e inseguridad.

La internet, un importantísimo logro científico que ha cambiado la vida y tanto podría ayudar a la humanidad, sirve de vehículo a un mainstream mediático e ideológico. La diversidad innumerable está subordinada a las informaciones y opiniones más poderosas.

Google, Facebook y otros gigantes corporativos acumulan datos sobre las inclinaciones de sus usuarios, y así expanden el poder de sus motores de búsqueda. En parte como un "totalitarismo", el instrumentalismo digital predice, condiciona y modifica la conducta. En secreto, agrupa analíticamente los usuarios y moldea sus predisposiciones (ver Shoshana Zuboff, The Age of Surveillance Capitalism, 2019).

Billones de comunicaciones, conversaciones, producciones intelectuales y gráficas son materia prima cotidiana con que el aparato corporativo digital interpreta y codifica individuos y grupos, para dirigirlos a nuevas búsquedas y conexiones. Montada sobre una gran expansión del mercado y de la individualidad y la vida psicológica, los incontables datos digitales están a disposición de la seguridad del estado, íntima aliada de las grandes corporaciones que dominan internet.

Una colosal concentración de inteligencia artifical coexiste con un desconocimiento general sobre los núcleos poderosos de esta ingeniería. La libertad de navegar equivale a ignorancia a ser guiada. Esta nueva religión se supone un progreso máximo e inevitable.

Como las empresas digitales persiguen aumentar los clicks y búsquedas sin importar el contenido o veracidad de las "informaciones", contribuyen a una notable disminución intelectual general y a que la gente razone mediante ideas simples e imágenes. Abundan la desinformación y la indistinción entre noticias, chismes, entretenimiento y conducta impulsiva.

Mientras la velocidad de las transacciones en internet hace posible una acumulación sin precedentes de riqueza financiera y comercial, crea la ilusión de democracia, pues todos pueden conectarse. Múltiples "identidades" publican ahí sus reclamos, aunque no ejerzan presión sobre nadie.

Pero reducir la vida a la conexión acaso genera baja autoestima y sentimiento de impotencia. Como disminuyen los vínculos materiales orgánicos entre dirigentes y dirigidos, cesa también la lucha política e intelectual. Prevalece una indiferencia conectiva y electrónica.

Los clicks mayoritarios coinciden con tendencias sociales e ideologías "prácticas", mientras se empobrecen las conversaciones y espacios públicos, que durante milenios habían sido centrales a la vida social y política. Es idóneo para el estado capitalista.

El actual régimen es una evolución del sistema imperialista que ascendió en el siglo 19, pero no pretende ser guía moral o civilizadora. Obscenamente hace incesante la guerra y destruye la soberanía de las naciones.

La CIA, experta en instalar dictadores y organizar regímenes represivos y mediocres, golpes de estado, asesinato de mandatarios y conflictos de cientos de miles de muertos, se desdobla ahora en un aparato coercitivo internacional que se prepara para los muchos retos que este siglo promete (ver Alfred Rolington, Strategic Intelligence for the 21st Century, 2013).

En países ricos, el auge de partidos racistas y xenofóbicos delata una ansiosa protección de las ganancias y beneficios de que gozan las clases altas y medias gracias a la marginación y salarios misérrimos del resto del mundo. El "racismo" es en realidad desprecio y exclusión de los pobres.

Los sectores ricos temen, con razón, una inminente crisis ecológica global por escasez de recursos naturales, agua potable, materias primas, tierras fértiles, zonas verdes y espacios seguros. Se aprestan a mantener sus privilegios, análogamente a las plantaciones de esclavos donde la pequeña casta blanca vivía temerosa de la mayoría negra circundante.

Sería desde luego una escasez innecesaria, causada por la destructividad de un sistema irracional y violento. El capitalismo, advirtió Karl Marx, destruye —absurdamente— las dos fuentes básicas de riqueza: la naturaleza y el trabajo humano.

Hay que ver si este conjunto de relaciones —políticas, digitales, mediáticas, represivas, militares, financieras— ha producido un sujeto despolitizado, estrechamente técnico, y más reprimido y empobrecido. Por su parte, el régimen global representa una civilización senil obstinada en bloquear el progreso social.

Las mayorías pobres y super-pobres parecen constituir una enorme fuerza revolucionaria en potencia. Pero nada tiene que ocurrir necesariamente, si no hay intervención política creativa y organizada.

Por ahora abundan el chamanismo, los reavivamientos fundamentalistas, las organizaciones criminales y otros modos de escape, más que corrientes políticas anticapitalistas que hagan a las masas pobres pensarse como fuerza social constructiva.

No parece haber salida del sistema global, ni mediante la insurgencia ni por vía electoral. Los partidos de izquierda que avanzan son objeto de difamaciones globalmente instantáneas, trampas electorales y "neutralización" de los líderes, por medios institucionales u ocultos.

No son casuales el achicamiento y desaparición de las corrientes socialistas. El aparato de coerción y mediático trabaja sin cesar para crear un "sentido común" de que ha llegado el fin de la historia y de las fronteras.

Salirse del sistema imperialista global exigiría, al menos, estrategias nacionales de soberanía alimentaria, reproducción decente de la fuerza de trabajo, autonomía respecto a créditos e inversiones externas, y control del suelo, recursos naturales y materias primas valiosas en el mercado internacional.

Incluso un proyecto así —no digamos ya si además propusiera el comunismo— se arriesgará a invasión militar o guerra civil monitoreadas desde el norte global. Sufrirá escasez artificial o bloqueo comercial, campañas mediáticas de desinformación, cese de crédito y sabotajes terroristas. Expondrá la nación a que la destruyan. Deberá renunciar a expectativas de consumo y formarse una idea nueva y desconocida de la vida. Muchos desistirán y desearán regresar al redil capitalista-colonial.

Más que en agrupaciones y publicaciones revolucionarias, la lucha de clases se expresa hoy en la tensión entre algunos estados nacionales y el régimen global. La intensa conflictividad del mundo propicia una lógica "estatalista".

Entre los estados que insisten en su independencia destacan la República Popular de China, Vietnam, Laos, Corea del norte y Cuba. Surgieron a partir de la lucha armada y la revolución popular y nacional, y este ejercicio de poder creó una armazón protectora que mantiene el imperialismo a raya. Se adscriben al ideal comunista —una sociedad sin clases—, al menos discursivamente y a muy largo plazo. Defienden sobre todo su suelo y su tierra. Que sean países campesinos sugiere el debate decisivo de la humanidad en torno al agro.

Estos estados han debido admitir el capital y el mercado a niveles que, desde la óptica socialista, antes hubiesen parecido impensables. Sus concesiones al capital reflejan el poder extenso de que goza todavía la civilización global burguesa. Los principios socialistas enarbolados en sus constituciones coexisten con diferencias de clase y jerarquía.

Han expandido con gran elasticidad el concepto que en 1921 aplicó la Rusia soviética, de usar el capital privado para construir la economía nacional. Que este concepto perdure dependerá del balance de las luchas de clases, las cuales incluyen, como señaló Fidel Castro, luchas de ideas.

Al cabo de un siglo, un triunfo espectacular del capitalismo es haber marginado el socialismo, su más acérrimo y decisivo enemigo. Sería interesante si el socialismo resurgiera entre los millennials y las generaciones nuevas, en países pobres y ricos.

Habrá que ver si el proyecto Belt and Road de China altera las relaciones internacionales en décadas venideras, y en consecuencia debilita el sistema imoperialista. Es un proyecto de cooperación comercial y construcción de infraestructura en que participan cerca de setenta países, sobre todo de Asia, Medio Oriente, el Meditarráneo y África. En marzo y abril de 2019 se unieron Italia y diecisiete países árabes.

Si estas y otras naciones desarrollasen sus fuerzas productivas de manera independiente, estarían en mejores condiciones para enfrentar el aparato coercitivo global —diestro en tumbar gobiernos que no se le sometan— y elegir gobiernos con rutas genuinas de desarrollo social.

El Belt and Road propone relaciones de intercambio de beneficio mutuo, a diferencia de las relaciones comerciales en el sistema imperialista, que usualmente van en detrimento de la parte débil y en beneficio de la parte poderosa.

La caída de Estados Unidos, o digamos la extinción de su imperialismo, seguramente tomará aún varias décadas. Por ahora puede preverse su declive como superpotencia hegemónica, si el dólar dejase de ser moneda principal del mercado mundial. Desde el abandono del patrón oro en 1971, el dólar mantiene su centralidad gracias al clientelismo y chantaje a gobiernos, ataduras crediticias y comerciales y amenazas intervencionistas, en que los yanquis son expertos.

Puede esperarse que, antes de perder terreno, Estados Unidos desatará guerras sucesivas, destruirá países, bombardeará poblaciones pobres y desbaratará ciudades que después las compañías americanas reconstruyan como lucrativo negocio.

La "libertad y democracia" estadounidense ha generado un mundo de miseria, sumisión y miedo. Mediante sus "programas de ajuste", el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial obligan a pago de deudas, privatizaciones, nuevos endeudamientos, debilitamiento del gobierno y recortes en salud, educación, fondos de retiro, transporte y otros servicios; violencias que en Puerto Rico el gobierno de Washington aplica directamente.