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El gran incendio de Roma y el despertar puertorriqueño

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altEntre el 18 al 19 de julio del año 64 d.C., la ciudad imperial de Roma comenzó a arder, un incendio en la zona de comercio del Circo Máximo había comenzado. El siniestro se mantuvo por espacio de cinco a seis días. De los catorce distritos de la ciudad, cuatro terminaron en cenizas y siete fueron afectados grandemente. Son muchas las interrogantes sobre este suceso y varias las teorías que se han desarrollado sobre él. No obstante, su magnitud fue tal que, hoy día, algunos le llaman “El gran incendio de Roma”.

El día del suceso, el emperador no se encontraba en la ciudad, la cual había gobernado por los pasados 10 años. Historiadores romanos como Suetonio y Dión Casio nos narran que Nerón, vestido en sus mejores galas, cantaba versos sobre la destrucción de Troya y tocaba su lira armoniosamente. Su intención, según ellos, era tener la excusa perfecta para reconstruir la ciudad a su antojo. Otros historiadores como Tácito dicen que esto fue un rumor mal intencionado.

La gobernanza de Nerón es asociada al despotismo, la tiranía, los engaños, las conspiraciones para favorecerse así mismo como a los suyos y los excesos, sin medir consecuencias. Eso sí, algunos mencionan que gozó de una gran popularidad ante un sector de su pueblo. Para alejar cualquier duda sobre su participación en el incendio culpó a los cristianos, consiguiendo que algunos de ellos confesaran ese hecho para promover la primera gran persecución de estos. Desde otra visión historiográfica se indica que los confesos fueron obligados a acusar a sus correligionarios por medio de torturas o manipulaciones. En todo caso, la gran persecución llevó al asesinato de miles de cristianos.

En estos últimos días hemos visto como el pueblo puertorriqueño, en su inmensa mayoría se ha levantado en contra de otro gobernante, que al igual que Nerón, se ha presentado como un extravagante en su moralidad y ética, al mofarse de su pueblo, de los más afligidos y de los que menos recursos tienen para defenderse ante los tentáculos de una élite que solo busca enriquecerse sin pensar en el sufrimiento y las carencias que su pueblo sufre. La burla y el desprecio hacia los grupos marginados de manera privada, mientras que de manera pública se presenta como el más comprensivo, solo representa la verdadera personalidad de un ser que en realidad no tienen empatía alguna hacia los demás. Seres que se aferran al poder y que, al igual que Nerón, prefieren que se queme la ciudad o se destruya su sociedad, a ceder a sus pretensiones de vanagloriarse, de mantener el poder y la riqueza. A esto se suma un alto grado de corrupción que es evidenciado día tras día y que, hasta cierto punto, se ha generalizado, pero que aun así afecta a la mayoría del pueblo.

Nuestro actual gobernante, al igual que Nerón, engaña a un grupo de seguidores que lo respalda. Sin embargo, contrario a Nerón, abiertamente ha expresado que los coge de tontos. Pero a ellos, como fanáticos en su máxima expresión no les va ni les viene esto, su líder es, ante todo, un ser supremo, como alguna vez Nerón pensó que lo era.

Una mayoría de puertorriqueños, hartos de tanta corrupción y abuso, han pedido su renuncia, pero nuestro Nerón, obstinadamente y con pretensiones de dictador prefiere, la quema de la ciudad de San Juan o que las calles se llenen de sangre antes de ceder…

Su orgullo no le deja ver que el camino correcto es aceptar que ya la mayoría del pueblo no le tiene confianza y, por tanto, es tiempo de dejar su puesto. Los puertorriqueños merecen un líder que no se burle de ellos, que no los oprima, que sea serio ante las situaciones que aquejan a esta Isla y que tome decisiones responsables que beneficien a todos, no solamente a su pequeño grupo de allegados.

El puertorriqueño, de manera general, ya despertó de un letargo que permitió que una élite abusara de él, solo esperamos que ahora continuemos viendo que tenemos la capacidad de trabajar de manera colectiva para provocar cambios positivos para nuestra sociedad y por un mejor porvenir.