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Historia y memorias II: Olvidados y derrotados

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Wilma Guzmán Flores, Port Bou, junio de 2012Jo vinc d'un silenci

antic i molt llarg

Raimon

 

Es una tarea más ardua honrar la memoria de los seres anónimos que la de los personas célebres. La construcción histórica se consagra a la memoria de los que no tienen nombre.

Walter Benjamin

La primera y natural reacción ante un gran monumento o edificio de una gran ciudad, o ante una de las "maravillas del Mundo", es la admiración. Inconscientemente, esa actitud nos identifica y solidariza con las civilizaciones, sociedades y grupos dirigentes que proyectaron o promovieron esas impresionantes obras. En consecuencia, sin saberlo, nos ponemos del lado de los "grandes hombres", identificados automáticamente con el arte y la civilización, y nos olvidamos de aquellos que las construyeron con sus manos o las financiaron con su esfuerzo diario.Ignoramos los pueblos conquistados y sometidos, los que pagaron tributo o simplemente desaparecieron, base del poder de tales personalidades e imperios. Tampoco parecemos recordar para qué se construyó cada edificio, o creó una obra de arte, a quién beneficiaban, a quién se explotó para conseguirlo. Vemos el Coliseo romano y casi olvidamos que era un espacio para la representación del poder en la forma de espectáculo de entretenimiento sangriento. Admiramos las pirámides y nos olvidamos que toda esa mole estaba destinada a una sola persona, que el esfuerzo de muchos fue en beneficio de uno solo, así como del sistema político, económico, social y religioso que justificaba esa posición privilegiada. Brecht y Benjamin se preguntaban, precisamente, quién construyó las pirámides, quién desfiló vencido ante el carro de los victoriosos, dónde está su voz, su recuerdo.

Cualquier obra de civilización es también una muestra de barbarie, nos indica Benjamin. Es decir, que la opulencia y el refinamiento de unos pocos siempre se han basado en la desposesión, la explotación y la precariedad de la mayoría. Y la mayoría -en la forma de esclavos, derrotados, marginados, proletarios, mujeres, niños, indígenas,...- apenas aparece en la Historia. En la "Historia tal y como fue" (Ranke) difícilmente se les puede encontrar, cuando la Historia la escriben los vencedores. En la historiografía tradicional, que privilegia la historia política, militar e institucional y el recurso a la tradición literaria, pocas veces aparecen, y cuando lo hacen es desde el punto de vista de las elites. El uso de otros tipos de fuentes y enfoques -arqueología, antropología, epigrafía, estudio de los procesos judiciales, historia social y de las mentalidades,...- provee una nueva apertura de miras, pero no es suficiente, no lo fue para Water Benjamin.

En efecto, el pensador alemán consideraba que tenemos una deuda pendiente con los seres humanos que vivieron en el pasado, y que no "revivirlos", no recordarlos en la forma que proponía, significaba, de hecho, algo así como volver a matarlos, condenados a una muerte definitiva y eterna. Lo que propone Benjamin es, por tanto, una Historia revisionista y alternativa, que pone su foco en lo desenfocado u oscurecido, en las mayorías o los marginados. Lo contrario, seguir una historia oficial que privilegia los documentos escritos producidos por las elites dominantes, no es más que considerar natural el dominio de unos sobre otros, el predominio de los vencedores y la opresión de los vencidos. Pero el pasado, como el futuro, no tienen nada de inevitables, de fatalidad, pues concebir la Historia de esa manera significa dejar el desarrollo histórico en manos de fuerzas extrahumanas (de Dios, del Progreso, sea éste económico, social o tecnológico,...), limitar los futuros posibles de los que los seres humanos nos queramos dotar a partir de las decisiones que tomemos.

Por tanto, la Historia benjaminiana no quiere sólo reconstruir lo que sucedió, incluyendo a los olvidados, marginados y derrotados. No se trata tampoco únicamente de dar un punto de vista alternativo, quizás incluso totalmente opuesto, al preponderante u oficial, con eso no basta. Walter Benjamin propone que el historiador saque a la luz asimismo los futuros imposibles, los proyectos y revoluciones frustrados, lo que podría haber sido y que nunca fue. Para el alemán, se trataba de modelos a admirar y seguir, ejemplos de qué hacer en el presente, pero existía algo más importante que aprender del pasado. Así, en contra de la creencia ciega en el progreso o en la posibilidad de un cambio social paulatino, Benjamin afirma que la creencia en un futuro luminoso para los hijos y nietos difícilmente motiva a la revolución, pero la rabia por el recuerdo de los abuelos derrotados y humillados, sí es un motivo para la acción.

La Ópera de los tres centavos de su amigo Bertold Brecht proporciona un muy buen símil del pensamiento, la metodología y las actitudes de Benjamin en múltiples ámbitos. En lo formal, se trata de un arte nuevo, que mezcla lo tradicional, elevado y culto -la ópera-, con lo popular y moderno -jazz y cabaret- con un propósito revolucionario. Para Benjamin, ese arte actual que opusiera la politización del arte a la estetización de la política fascista, debía recurrir a nuevas formas y tecnologías, incluso a las "americanas" (el cine), sin olvidarse del surrealismo y el teatro épico brechtiano. La actitud de Benjamin y Brecht es crítica, cuando no pesimista, tanto ante la tecnología y el capitalismo, como respecto a las posibilidades de su superación, incluyendo la percepción de los potenciales protagonistas del cambio. Así, en la versión cinematográfica de la ópera (que difiere significativamente de la original, pero comparte y lleva a sus últimas consecuencias parte de lo apuntado en ella) el capitalismo es claramente delictivo y la oposición a éste proviene de la delincuencia, de los pordioseros y de los lisiados, no de la clase obrera. Y, siempre en el film, los criminales, o los principales de entre ellos, acaban tomando el poder para fusionarse con las viejas autoridades y elites, no para transformar el sistema.

En efecto, lo marginal o supuestamente desfasado interesaba enormemente a Walter Benjamin. Así, el trapero, con el que se identifica en su obra al historiador, no es de un rango menor que el coleccionista, y el recolector de postales no es inferior al gran coleccionista de pintura. Pareciera incluso que la esperanza revolucionaria no está tanto depositada en los obreros, sino en otros grupos subalternos o todavía más marginados, acaso el lumpenproletariado despreciado por el marxismo dogmático. En el arte, Benjamin prefiere el surrealismo y el teatro "épico" brechtiano, formas de arte que califica de revolucionarias, frente al "realismo socialista". Un arte "bajo", tecnificado o popular como el cine no es condenado, sino que se alaban sus cualidades potencialmente revolucionarias y se reflexiona sobre la experiencia que representa para el espectador. Socialistas "utópicos" como Blanqui, supuestamente superados por el marxismo, aparecen como grandes precursores y fuentes de su pensamiento, a un nivel similar al de intelectuales coetáneos innovadores o críticos, pero raramente marxistas, que contribuyeron a su pensamiento, como Riegl, Kraus, Breton, Waburg, entre otros.

En estos días, cuando recordamos y lamentamos la muerte del admirable Eric Hobsbawm, no está de más rememorar también a otros todavía más heterodoxos, como Brecht y Benjamin. Personas que, quizás desde fuera de la historiografía o en los márgenes de ésta, reflexionaron acerca de cómo reconstruir el pasado de manera que hiciera justicia a los subalternos, a los derrotados y a los marginados, a los olvidados. Como muy bien explica Reyes Mate, no se trata de otra cosa sino del deber de recordar, de mantenerlos presentes en una memoria actual que, si bien no puede ser ajena a sus sufrimientos y sus frustraciones, tampoco debe olvidar sus proyectos de emancipación, sus futuros imaginados a los que ojalá nosotros nos podamos aproximar; nos lo debemos a nosotros, pero también a ellos.