En mi viejo San Juan del huracán María

alt(San Juan, 12:00 p. m.) Transitaba por el Viejo San Juan el pasado sábado y mi corazón se entristeció al observar las calles desiertas. No había viandantes. Los restaurantes en su mayoría estaban cerrados. Las vitrinas de las tiendas de recuerdos y mercaderías tenían sus cristales cubiertos con paneles. La isleta languidecía postergada por sus gobernantes y relegada por los turistas.

La capital del país no era ni la sombra de la vibrante y populosa ciudad de cualquier tarde de sábado.

“No puedo creer que San Juan esté tan vacío”, indica John Pérez de Bayamón. “No hay tapones. No hay transeúntes por las aceras. Esto parte el alma”.

Los museos y monumentos nacionales estaban en su mayoría cerrados. En las afueras de la librería del Instituto de Cultura se apostaban dos empleados tratando de llamar la atención de alguno de los escasos visitantes.

“Es tétrico”, puntualiza Johanna Báez de Río Piedras. “Nunca me imaginé ver al Viejo San Juan sin gente. Imagínate cómo estará el resto del país”.

Me fui pensativo. Decidí regresar el domingo.

El domingo había más transeúntes por las calles de San Juan. No creo que llegarán a los doscientos, pero eso sí, todas eran puertorriqueñas.

“Es un respiro tener la ciudad para uno”, dice Sebastián Soto de Toa Baja. “Estoy observando la arquitectura; los detalles que las multitudes de turistas no te permiten apreciar”.

“Me gusta sentir al Viejo San Juan mío”, señala Santa Cruz de Comerío. “Sin embargo me preocupa la falta de turistas, es una mala señal para la economía. El país se nos muere y a nadie parece importarle”.

Los rostros de los empleados y dueños de los pocos comercios abiertos expresan angustia e incertidumbre.

“Estamos angustiados, no sabemos qué nos depara el destino”, expresó un empleado de un bar que pidió no ser identificado. “No hay turistas. Vienen algunos locales, pero los gastos del combustible es aterrador. El dueño piensa cerrar”.

“Tengo dos hijos. Si cierra el bar no tengo ingresos… Tal vez me tenga que ir como tantos otros que se encuentran si opciones”.

San Juan se ve desmejorada. Las calles están limpias. Todavía se observan árboles caídos y edificios maltrechos. Sin embargo lo más impactante son los rostros enjutos, las miradas lánguidas y esa forma de caminar acompasado que denota las profundas preocupaciones del individuo.

La vida cultural pasó a mejor vida. Se hacen intentos con la Orquesta Sinfónica y otras actividades, pero el miedo a la oscuridad puede más que el deseo de divertirse.

“Ahora entiendo lo que significa oscuro como boca de lobo”, dice Jeannette Santana de Carolina. “Nunca había temido a la noche hasta ahora. Amo San Juan, pero a las 6:00 pm quiero estar en casa. Mira los tiroteos que se han formado. Hay que evitar”.

Un grupo de niños vuela chiringas en el Morro.

“Traigo a mis hijos a despejarse. El Morro sigue imponente. Este lugar está lleno de historia patria, es un lugar excelente para meditar mientras observas a tus hijos divertirse”, expresa Jaime Sepúlveda de Cataño.

“Mi esposa y yo quedamos desempleados. Vinimos aquí mas que a despejarnos a pensar. No sabemos qué haremos, solo que tenemos que continuar por nuestros hijos y el país”.

“Nunca más habrá normalidad”, añade Ivelisse Soto. “El temor de esto nos perseguirá por generaciones. Ahora entiendo a mi abuela y sus cuentos. Mira la desolación a nuestro alrededor”.

“San Juan huele a miedo, a catástrofe a inercia”, añade enfática Soto mientras enjuga una lágrima. “Mis hijos no entienden lo que nos ha sucedido. Están tan apegados a los abuelos que irnos a Estados Unidos les destrozaría el alma a los viejos y a los chicos”.

Resuenan en mi cabeza los acordes de Lamento Borincano y En mi Viejo San Juan.

Miro a doquier y solo veo edificios y aceras vacías. Los pocos seres humanos no ocultan su pesar.

“Hay que ser positivo. Puerto Rico se levanta… En realidad la publicidad no llega”, asegura Ángel Rodríguez de Luquillo. “Es tan vana. No están en la calle. Mira esta ciudad”.

“Ahora la publicidad se concentra en la Primera Dama, Beatriz Rosselló. La llaman la “de los pobres”, es increíble hasta donde llega la politiquería. Deben dejar eso para el mañana, el hoy es aquí en un país se nos muere y no tenemos líderes”, enfatiza Juan Cruz de Guaynabo.

“Nos quieren eliminar, pero yerba mala no se muere”.

Continuó mi peregrinar por la ciudad. El emblemático piragüero de La Puntilla sigue inamovible en el lugar de siempre. Los taxistas y los cruceros brillan por su ausencia.

San Juan es el bastión sociocultural y económico de Puerto Rico, si la ciudad no se reactiva pronto, miles se verán obligados a emigrar.

“Parece que María se puso de acuerdo con los que quieren vaciar la isla para vendérsela a inversionistas”, puntualiza Joanne Martínez. “Esta película de terror es inacabable. No sabemos hacia dónde vamos”.

Por arte de magia escuchamos un cuatro en la distancia. Un veinteañero rasga las cuerdas del cuatro y entona Verde Luz.

“No nos podemos dejar vencer. Hay que luchar”, grita José Vélez el cuatrista. “Esta es nuestra Patria. Esta es nuestra ciudad capital”.

La capital busca dirección, lo mismo hace el resto del país.

“San Juan la de los próceres, dónde están tus grandes hombres y mujeres”, se cuestiona Kevin Sánchez de Añasco.

“Tememos por una nueva ola de americanización que intente desarraigar a los puertorriqueños para comprar las casas y tierras a precios irrisorios. Ya sucedió, no dudamos vuelva a ocurrir”.

El atardecer ha llegado. Los pocos viandantes se aprestan a abandonar la Ciudad Vieja. Atrás quedan las risas, la cultura y la historia.

San Juan es y será la emblemática ciudad de los cantantes y poetas. Los turistas volverán a pulular por las calles citadinas, pero ya nada será igual. El recuerdo de María pesará sobre los corazones.

“Espero este termine pronto, si no veremos una ciudad sin comercio ni cultura”, concluye Soto.