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¿A dónde vamos Puerto Rico?

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alt(San Juan, 12:00 p.m.) Puerto Rico atraviesa por uno de los periodos más complicados de su historia colonial. La destrucción causada por el huracán María he levantado la venda que encubría los ojos de la gran parte de los ciudadanos para permitirles ver con mayor claridad la realidad socioeconómica del pueblo puertorriqueño. El desastre natural también ha servido como vector para acentuar el sentido identitario de los puertorriqueños. La monoestrellada se ha convertido en el icono identitario del momento.

“Puerto Rico tiene una identidad definida que se percibe en todo lo que hacemos los puertorriqueños”, afirma la Dra. Noemí Sierra de Oduardo. “Cuando nos referimos a identidad, hablamos del conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracteriza frente a los demás; es también la conciencia que una persona tiene de ella misma y que la hace distinta a las demás”.

Sin embargo, no podemos negar la influencia significativa que ha tenido la cultura estadounidense en el país.

“El proceso de transculturación ha sido consistente y sistemático en el esfuerzo por lograr la americanización del pueblo de Puerto Rico”, afirma Sierra de Oluardo.

“Sin embargo, la presión cultural de la metrópoli estadounidense no ha podido socavar el sentido identitario Hemos pasado por oleadas identitarias, unas más fervorosas que otras, pero siempre nos volvemos a arropar con la monoestrellada y a honrar a los Reyes Magos. Estos son los dos símbolos identitarios más arraigados entre los puertorriqueños”, puntualiza.

La afirmación cultural fue un factor determinante para la acciones de los nacionalistas en la década del 1930 y el incremento en las filas independentistas que a la larga forzaron a la metrópoli a flexibilizar “las leyes impuestas, siendo la más importante el que se nos concediera el derecho a elegir a nuestro gobernador”.

“A partir de 1948, cambió todo el sistema político, económico y social de Puerto Rico. Comenzó una nueva era con un nuevo discurso político y de identidad”.

A partir de 1950 hubo un florecimiento en el sentido identitario que se refleja en el muralismo y las artes plásticas, sin embargo esta afirmación ha sido ignorada por el oficialismo, afirma la artista plástico, historiadora y educadora.

“A partir de 1949 la administración del Partido Popular Democrático institucionalizó la cultura puertorriqueña. Gracias a ello y junto al hecho de valerse de la imagen, el proyecto pedagógico-cultural del estado cumplió su cometido al crear todo el imaginario de cultura democrática que se quería proyectar”.

“La plástica puertorriqueña de la Generación del 50, y en particular el muralismo, por su visibilidad más generalizada, fue altamente influenciada por la pintura mural mexicana de Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros. Y, al igual que ocurrió en México con estos muralistas, los artistas nuestros, especialmente Rafael Ríos Rey, Rafael Tufiño y Antonio Maldonado, formaron parte de ese proyecto de estado el cual, considero, pretendía dotarnos de una cultura homogénea (negando o ignorando las disidencias) y descontaminada de influencias “nocivas” para el proyecto de pueblo unido”.

No todo en ese periodo histórico estuvo asociado con la reafirmación identitaria.

“Hubo artistas que se alejaron de la tradicional búsqueda de la “identidad puertorriqueña” en la temática de sus obras y que además, hubo los que incursionaron en las vanguardias que estaban surgiendo internacionalmente, muchos de ellos que se vieron obligados a abandonar la Isla y que, por consiguiente, quedaron condenados al olvido”.

El estudio del periodo de afirmación nacional entre 1950 y 1980 debe visualizarse desde los aspectos sociopolíticos, cultural y económico para obtener un cuadro claro de lo que ocurrió en el país y porque vivimos una oleada de afirmación identitario que se ha mantenido a pesar de las crisis aparentes en el sentido de pertenencia.

“El estado tiene una relación ambivalente con el patrimonio cultural, ya que de un lado lo valora y lo promueve como elemento integrador de la nacionalidad y, del otro, convierte las realidades locales en abstracciones político-culturales, para usarlas como símbolos nacionales, dejando afuera las particularidades y los conflictos regionales”.

Por otro lado “los movimientos sociales son los que responden a los cambios en la producción, la circulación y el consumo de la cultura”.

“Los gobiernos inventan políticas culturales que ponen sobre la mesa el uso franco de las artes en beneficio de la política”.

“Para ello se valen de la educación pública junto con la persuasión y, más recientemente, del entretenimiento narrativo de los medios masivos, que difunden las cinco falacias que se toman por axiomas en el mundo entero y no sólo en Occidente para hacer posible el consumo masivo de los bienes culturales, a saber: 1) el arte es belleza (suplantado hoy por lo cursi y “lo bonito”); 2) el arte es entretenido (lo que condena a todo lo demás que resulte tedioso o exija algún esfuerzo intelectual; 3) el arte es sentimiento (sustituido a diario por el sentimentalismo de las novelas); 4) el arte es magia (con la adoración a santos milagrosos) y, por último, 5) el arte debe ser realismo fotográfico (con lo que se rechaza todo lo que no luzca real)”.

Para la historiadora la Generación del 50 de los artistas plásticos puertorriqueños que estudiaron en México, “como Rafael Ríos Rey, Rafael Tufiño, Antonio Maldonado y otros, trasplantó a Puerto Rico lo aprendido en ese país y lo criollizó, haciéndolo unos para favorecer el proyecto gubernamental y otros para denunciar la situación política colonial de la Isla”.

“Los artistas mexicanos como los puertorriqueños se valieron del arte como vehículo para adelantar agendas políticas, ya fueran de carácter educativo o de propaganda. Sin embargo, considero que la diferencia principal entre ambos grupos estriba en que los puertorriqueños no se inclinaron hacia la tendencia marxista como los mexicanos, lo que se evidencia así en su obra”.

“Estoy convencida de que el arte, más allá del sentimiento estético que despierta, es una actividad humana capaz de generar cambios sociales a nivel tanto individual como colectivo”.

“El desarrollo lineal y acelerado que mostraba el arte pictórico en Puerto Rico se detuvo en la década del 50”.

El estado se valió de la imagen como recurso en el proyecto pedagógico-cultural para cumplir “su cometido en la representación de todo el imaginario de cultura democrática que se quería proyectar”.

“La conciencia histórica como el discurso político del Estado Libre Asociado de Puerto Rico fueron construidos desde los centros de poder y que sus encargados se valieron del arte y de la educación a las masas, siguiendo unas políticas populistas, para vendernos una cultura uniforme, moderna y progresista que para nada se vería afectada por nuestra particular situación colonial”.

“Por ello, fueron los artistas plásticos puertorriqueños de la Generación del 50 los que llevaron sobre sus hombros el peso del proyecto pedagógico-cultural que implantó Luis Muñoz Marín en aquella década”.

“Fue así como, habiendo tomado prestados el estilo y el discurso político y social de los muralistas mexicanos de la primera mitad del siglo XX los adaptaron a nuestra particular situación, unos sirviéndose de ellos para promover el proyecto político del Estado Libre Asociado y otros esgrimiéndolos como frente de resistencia ante la amenaza de asimilación a los Estados Unidos. En ambos casos se recurrió al mensaje de la imagen como medio de cambio y de denuncia social”.

Insiste la historiadora que debemos estar atentos a los cambios que surjan en las modalidades culturales en estos momentos, porque no le queda duda de que el estado intentará usar la tragedia humana a través de las artes para lograr su agenda política.

“Vivimos ciclos similares a momentos históricos del pasado. Todo cataclismo acentúa nuestra identidad para luego ser manipulada por el estado y mantener el estatus quo”.

“Es tiempo de crear una modalidad que fomente un arte revolucionario que sirva de guía para la construcción de una nueva sociedad puertorriqueña”.

Noemí Sierra Santiago es santurcina. Fueron sus padres Justino Sierra Alejandro y Ana M. Santiago Ortiz. Obtuvo su Licenciatura en Artes y una Maestría en Traducción en el Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico. Posee un doctorado en Historia de Puerto Rico y el Caribe del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. El tema de su tesis fue La construcción del discurso político y la identidad a través del muralismo y las artes plásticas en Puerto Rico de 1950 a 1980.

Sierra de Oduardo ha estudiado con reconocidos artistas plásticos entre ellos, Antonio Gantes, Wilfredo Labiosa, Luis Hernández Cruz, John Balossi, Rafael (Sonny) Rivera García, Luisa Géigel de Gandía y otros. Ama las artes y la pedagogía. La pasión por educar la ha consagrado como profesora de Artes Visuales en todos los niveles de la enseñanza. Desde hace diez y seis años es docente en el Museo de Arte de Puerto Rico.

La Dra. Sierra de Oduardo es miembro fundador del Centro para el desarrollo cultural, Inc. localizado en Carolina y de la Fundación Cultural México-Puerto Rico/ Victoria Hernández en San Juan.

La artista está casada con el profesor Felipe Oduardo Matos con quien procreó tres varones: Felipe, Gamelyn y Omar.