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Felicidades: ¡Llegó la navidad

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alt(San Juan, 11:00 a.m.) Llegó la Navidad. Es hora de celebrar. Eso hago a pesar de los sinsabores que nos ha dejado el paso de los huracanes Irma y María. En mi caso no tengo energía eléctrica desde el 5 de septiembre, 111 días. Para completar el cuadro, mi hijo mayor perdió su negocio y al menor, un mosquito lo infectó con el Síndrome de Guillain Barré.

Decidimos celebrar el amor que nos une como familia, honrar la tradición y regocijarnos en nuestra puertorriqueñidad.

Conseguimos un lugar típico que nos cocinó arroz con gandules, el lechón, la ensalada de papas y flan. El restaurante fue duramente golpeado por María. El edificio quedó destartalado porque los vientos huracanados se llevaron lo estético, pero en su interior unos padres de familia y sus hijos luchan por subsistir. Nos dieron un precio económico, pero la sazón, ese gusto increíble que tiene la comida boricua, vale todos los millones de la deuda nacional.

Los pasteles, si los pasteles, los fui a buscar a Mayagüez. Una nena de 76 años me hizo pasteles de guineo, yuca y arroz. Saben a gloria. Mi hijo menor y una amiga confeccionaron arroz con dulce, tembleque y harina con coco.

Un amigo, uno de esos que no piensa lo que dice, me criticó por comprar comida en un lugar tan “tétrico”. Me eché a reír, no le presté atención al comentario y le dije ¿quieres un cuerito de lechón? Abrió los ojos. Lo tomó de mis manos y por poco nos deja sin lechón.

Estamos en momentos de reevaluar las opiniones y reorganizar la forma en que vivimos la vida.

En la comunidad en que resido, tuvimos cuatro tipos de reacciones ante lo ocurrido con la devastación que dejaron los huracanes. Los que nos unimos y formamos una comunidad solidaria para reconstruir la urbanización; los que se quejan por todo, no se integran; los que están paralizados, abrumados ante todo el desmadre que nos rodea y se sienten víctimas y los que se marcharon porque no pudieron enfrentar la crisis.

No importa el grupo en que usted esté, solo recuerde que es boricua.

Mi tío Ignacio Cintrón, profesor retirado de psicología, con 90 años de edad, nos guio en una reflexión de Nochebuena, donde enfatizó que María nos ha revelado que somos puertorriqueños y que nunca podremos ser estadounidenses.

-Dios quiso que naciéramos aquí, nos hizo puertorriqueños, si hubiese querido que fuéramos americanos hubiésemos nacido allá.

-Somos una gran raza. Un pueblo de gran riqueza cultural. Una nación valiente, con ganas de continuar luchando por esta tierra que es nuestra.

-María vino a quitarnos la venda. Ahora estas generaciones saben lo que podemos esperar de los del norte.

-Nos llegó el momento para caminar solos. Lo hemos demostrado con nuestra respuesta inmediata ante el golpe del huracán. El pueblo reaccionó mientras el gobierno se paralizó y se dedicó a esperar que le dieran limosnas. El boricua no quiere ayudas, ni espera soluciones. Sabemos cómo salir adelante.

-Han comenzado a regresar muchos de los que se fueron. Desilusionados porque la tierra de leche y miel no es más que fango y mugre.

El silencio imperaba en la mesa mientras tío Nacho, con esa voz segura y vibrante, reafirmaba nuestro sentido identitario. La sabiduría de los años emanaba de cada una de las palabras que pronunciaba el tío. Esos 90 años bien vividos son una carta de presentación que nadie puede ignorar.

Mi familia se siente orgullosa de su acervo. Los amigos presentes quedaron impactados ante los comentarios del tío y su grandiosa capacidad intelectual. Pero no era mi tío quien hablaba, era la Patria.

María nos ha enseñado que podemos. No existen límites a la capacidad inventiva de los puertorriqueños. Hemos descubierto que el gobierno es un mentiroso y que existe una clase privilegiada que nos mantiene engañados creando expectativas infundadas. Los mitos se resquiebran ante la actitud inmisericorde de una metrópoli desafecta.

El gobierno se convirtió en guía turístico de los jeques de la política estadounidense. El gobernador Ricardo Rosselló Nevares y la Comisionada Residente, Jennifer González, hicieron el ridículo humillándose ante el presidente Trump. Todos hicieron promesas que no han cumplido. Hemos sido traicionados por los mismos que han vendido un sueño vano.

El 2018 es un año decisivo. El Congreso cocina otra patraña. Demasiadas similitudes a 1899 cuando San Ciriaco devastó el país. Algunos amigos sugieren que estamos en las puertas de la independencia.

El tiempo dirá. Mientras tanto, los puertorriqueños celebramos la Navidad. La familia está reunida honrando las fiestas reales que heredamos de la metrópoli española y a las que le hemos impreso nuestro sello identitario.

Mañana mi desayuno será arroz con dulce, almojábanas y café. Ese era el desayuno navideño en mi casa durante mis años infantiles. Es una tradición muy del suroeste de Puerto Rico que hemos perpetuado dondequiera que residimos.

La Navidad es fiesta, es esperanza de un renacer. Puerto Rico se transforma y se reconstituye. Atrás quedan la impotencia, la incertidumbre, el dolor y la desesperanza. Vamos celebrando esta Navidad, conscientes de que el mañana jamás volverá a ser lo que fue.

Los puertorriqueños estamos listos para el cambio. María nos transformó, pero no nos robó las ganas de festejar. Mientras escribo los cohetes y los aguinaldos me reafirman en mi identidad y me compelen a gritar con ganas, “¡Yo soy boricua, pa’ que tú lo sepas!”

¡Feliz Navidad!