Vie07202018

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El fin del capitalismo se observa en Nueva York

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alt(San Juan, 10:00 a.m.) La semana pasada tuve la oportunidad de visitar la ciudad de Nueva York. En la misma, además de experimentar unas temperaturas muy bajas, pude ver de primera mano el fin del capitalismo. Los rostros de los ciudadanos tratando de bregar, tratando de resolver, tratando de mantenerse a flote eran impresionantes. También era impresionante ver cómo los pobres son excluidos de la ciudad, ver cómo esos, los que no cuentan, se quedan fuera sin oportunidad de participar realmente de la vida de la ciudadanía.

Lo primero que vi fue las personas sin hogar. Esos que viven en las calles de Nueva York en medio del frío inclemente. Esos miles de hombres y mujeres que transitan por las calles llenas de turistas sin ser vistos. Es impresionante ver cómo esas personas son invisibles para la mayoría de los que corren, literalmente, de lado a lado tratando de huir del frío. Mientras que los turistas llenan las calles de zonas tradicionales como Times Square las personas sin hogar invaden los espacios abandonados del resto de la ciudad. Esos rostros de los sin hogar son un recuerdo implacable de lo que es el capitalismo. En el sistema donde la gente vale si puede pagar es posible que alguien muera de frío en medio de la navidad. Un absurdo, si lo pensamos seriamente, porque se trata, supuestamente, de la época del amor y la acogida. La realidad es que se trata, meramente, de la época del consumo desmedido. Como las personas sin hogar no pueden participar de dicho consumo, de los ritos tradicionales de la noche buena comprando lo que no necesitan para agradar a gente que no les agrada, quedan fuera, son invisibles. Ese es el efecto del zombi en los pobres. Son condenados a pulular por las calles sin rumbo, excluidos, evitados por la mayoría, condenados a morir solos.

Mientras que las personas sin hogar son el rostro tradicional de la exclusión hay otros rostros que son expulsados de la ciudadanía, pero no son tan notables. Uno de ellos fueron los viejos. Una cosa que me sorprendió en la ciudad fue la gran cantidad de personas mayores que vi resolviendo en el tren subterráneo. En una ocasión se presentaron dos hombres, fácilmente en sus sesenta o setentas, a cantar en un vagón del subterráneo. Mientras cantaban extendían un sombrero para recibir alguna donación. Al verlos cantar me preguntaba si se trataba de personas que estaban resolviendo o si simplemente se entretenían cantando en los vagones del subterráneo.

La realidad es que no conozco la respuesta, pero no me dio la impresión de que se tratara de gente tratando de entretenerse. En otra ocasión en la estación del tren volví a ver el mismo espectáculo. Una banda de cinco hombres mayores, todos superando fácilmente los setenta años, cantando en la estación, resolviendo. Eran los rostros de otros excluidos. Eran los rostros de otros que no cuentan. Se trataba de personas que probablemente habían trabajado durante toda su vida y ahora, en la vejez, tenían que resolver cantando en la estación del subterráneo.

Por último, vi a la comunidad de latinos, puertorriqueños, dominicanos y otros. Todos sirviendo a los turistas, todos trabajando para que el turista le deje una propina. Es la industria del servicio, pero también de la pobreza. Era como ver el regreso de la plantación, pero mejorada y no para bien. Era ver la segregación permanente de los que mandan y los que obedecen. Los nuestros, los latinos, los de Nueva York, son los que obedecen. Esos rostros también se quedaron en mi memoria. El capitalismo no tiene espacio para muchos ganadores así que a los nuestros les toca la peor parte, perder.

Esos rostros latinos, cansados y perdidos, son el rostro latinoamericano del fin del capitalismo. Un sistema que sobrevive sobre el cadáver del pobre, un sistema moribundo que escupe cuerpos, escupe gente. Un sistema que, en su caída libre, por la que va, simplemente no tiene espacio para todos. El fin del capitalismo tiene rostro de latino, negro, asiático, pobre, inmigrante y anciano. Ese fin duele, duele profundamente, sobre todo porque la única manera en que se construye el mismo es sobre los cuerpos sin vida de los que no caben dentro del mismo. La semana pasada estuve en Nueva York y vi el rostro del fin del capitalismo y comprobé que se trataba de mi rostro.