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Antonio Quiñones Calderón y la década ideológica

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alt(San Juan, 10:00 a.m.) Antonio Quiñones Calderón es uno de los periodistas más importantes que ha dado el país. De eso no hay duda. Hace ya bastantes años que está publicando tomos sobre la historia de los movimientos y periodos de la política de Puerto Rico, y acaba de sacar un nuevo estudio llamado “La Década Ideológica: los años ‘60 del siglo 20 puertorriqueño”.

El título suena fascinante, y como hago usualmente con los libros de este periodista, lo compre. Últimamente, han salido varios libros sobre diferentes épocas de la política puertorriqueña. Quiñones Calderón tiene entre sus obras publicadas una historia en dos tomos sobre la historia de los partidos políticos de Puerto Rico y una historia del plebiscito de status del 1967. Ha escrito más, pero lo que me atañe en el este artículo es su última obra.

Quiñones Calderón vivió en varios sentidos la década de los 60. Cubrió la política de esa época y cuando en 1968, ganó el estadista Luis A. Ferré, le sirvió como secretario de prensa.

Aquella elección causó que la tierra temblara en Puerto Rico. Para mi es el desarrollo más grande de la historia de los últimos 50 anos de la política en la Isla. Existen cuentos—chismes verdaderamente—de que la noche que ganó el entonces recién fundado Partido Nuevo Progresista (PNP), hubo hasta desmayos y crisis nerviosas en la vieja guardia del entonces oficialista Partido Popular Democrático (PPD). Fue una noche en que ni los mismos PNP pensaban que el PPD pudiera perder unas elecciones generales en Puerto Rico. Desde entonces, el PNP ha sido el portaestandarte del movimiento estadista.

El PPD había dominado la política puertorriqueña por los previos 28 años. Su fundador y presidente Luis Muñoz Marín había servido como gobernador de 1948 hasta 1964, y antes había presidido el Senado de Puerto Rico. Me atrevo a decir que es todavía la figura más importante de la historia política puertorriqueña.

Años atrás me comentó un periodista norteamericano que el PPD era “Puerto Rico’s party.” Hasta ese entonces tenía esa distinción. El PPD, debo acentuar, ha ganado varías elecciones desde 1968. En la época en que vivimos son estos los dos partidos que comparten el poder, para bien o para mal.

Los votantes que favorecían que Puerto Rico se convirtiese en un estado de los Estados Unidos, hasta entonces habían sido representados en las urnas por el Partido Estadista Republicano (PER). Este partido cada cuatro años sufría unas palizas terribles ante el PPD. Creo que parte del problema del PER es que era una finca privada de un grupo de hombres ricos. Fue presidido por uno de los políticos más egomaniacos que ha dado la Isla, el millonario de capital azucarero Miguel Ángel García Méndez, un senador que décadas atrás había sido presidente de la Cámara de Representantes. Irónicamente, por su estridente oratoria se le conocía como “el pitirre”.

Luis A Ferré, su cuñado, se había postulado tres veces como el candidato a gobernador por el PER, pero estos dos tuvieron unas diferencias en cuanto a la participación de la estadidad como opción en el plebiscito de 1967. En ese año se formo el grupo Estadistas Unidos, donde se agruparon varios jóvenes profesionales que luego se convertirían en figuras publicas.

Los 60 en Puerto Rico constituyeron una época de idealismo en Puerto Rico, además de ideológico. En esta década, el PPD pasó por un periodo de efervescencia, por ejemplo, con la creación de “Los 22”, otro grupo de jóvenes profesionales que abogaba por más autonomía para la Isla en su relación política con los Estados Unidos. Desde el 1952 en momentos que Puerto Rico adoptó su propia constitución se usa o usaba el término Estado Libre Asociado (ELA) para referirse al gobierno de Puerto Rico. Los lideres populares históricamente habían descrito al ELA como una relación política única con los Estados Unidos, que hizo posible que Puerto Rico tuviese gobierno propio. Esta visión creó una burbuja que ha estallado en los últimos años tras pronunciamientos de La Casa Blanca y el Tribunal Supremo de los Estados Unidos y la instalación de una junta que supervisa nuestras finanzas. No hay tal cosa como gobierno propio en esta colonia. Debo pronunciar que viven de la esperanzas, entre muchos seguidores del PPD, de que Puerto Rico pueda tener una relación distinta con los Estados Unidos, en que la Isla tenga más poderes. Esta nueva relación se basaría en una negociación entre “iguales”, lo cual dependería de la proclamación de la independencia y después una negociación con el gobierno norteamericano, delineando los poderes de cada cual. Al momento y siempre el poder político de Puerto Rico ha estado en manos del Congreso de los Estados Unidos, que tiene bajo su jurisdicción los territorios norteamericanos. No existe una relación de igualdad entre los Estados Unidos y Puerto Rico.

Mientras tanto, el supuesto ideal de la estadidad está quebrado. El Estado 51 parece más lejos que nunca dada nuestra quiebra económica y seria corrupción de parte de los gobiernos de los dos partidos principales.

Hoy en día todas las fórmulas tradicionales que definen nuestra relación con los Estados Unidos parecen estar quebradas. Vivimos en una época de asombro y cinismo, que clama por mas idealistas.

Creo que los 60 constituyeron un buen momento para las ideologías y el idealismo.

El autor entra en detalle en cuanto al intento del gobierno de Muñoz Marín de buscar más poderes y autogobierno para Puerto Rico a través del malogrado proyecto de ley federal conocido como “el proyecto Fernos-Murray” y el rompimiento entre el sucesor escogido de dedo por Muñoz Marín en la gobernación, Roberto Sánchez Vilella. A Muñoz Marín se le olvido que ya no era gobernador y que Puerto Rico había cambiado. Se creó una pugna ideológica y política dentro del PPD (Sánchez Vilella salió más bravo de lo que el imaginaba) y hubo un rompimiento del PPD, que abrió el camino para Luis A Ferré, quien también era un hombre muy acaudalado pero que siempre tuvo una imagen de honestidad que a García Méndez le faltaba.

El libro cita y reseña discursos de Ferré y Carlos Romero Barceló, años después gobernador y presidente del PNP, que marcaron el rompimiento del PER.

La tesis del autor, no develada hasta el último capítulo, es que la mayor parte de estos rompimientos políticos, incluyendo los que habían marcado las primeras cuatro décadas del siglo 20, se debieron a aspiraciones y luchas de poder entre los mismos protagonistas. Esto es seriamente evidente en las coaliciones de partidos de los primeros 40 años del siglo 20.

La realidad es que el autor centra demasiado de su obra en la era o eras que predatan a 1940. Casi la mitad de este pequeño tomo se dedica a este periodo. Quiñónez Calderón pudo haber expuesto mucho más en cuanto a lo que pasó en la década de los 60, el tema que le da título a su libro. Este esfuerzo le hubiera dado más frescura y relevancia a su libro. Pero me quede muy cojo con esta lectura. Lo bueno, por otra parte, es que el libro abre las puertas a investigaciones futuras sobre la política de Puerto Rico.

Debo mencionar que Quiñones Calderón entra en el tema de la crisis entre la Iglesia Católica y el gobierno de Muñoz Marín, que culmino en la fundación del Partido Acción Cristiana, que tuvo una existencia efímera. Es un desarrollo de principios de la década que trae a la mente las ínfulas de los religiosos en controlar la agenda política y social en el Puerto Rico de hoy. Esto se debe, en mi apreciación, a la vitola electoral que le ha dado el PNP al sector cristiano fundamentalista.

El autor también trata el tema de las propuestas para un plebiscito, que por fin se celebró en 1967, con la abstención oficial del PER y el Partido Independentista Puertorriqueño, principales y respectivas voces de las ideologías de la estadidad y la independencia. Creo que el autor pudo haber expandido mas el tema (quizás le hacen falta a este libro por lo menos 100 páginas).

Por último, cualquiera queda con la impresión de que los movimientos pro independencia no cuentan “ni para pool ni para banca” en Puerto Rico. Se que esa no era la intención del autor, pero aparte de algunos comentarios sobre el Partido Independentista Puertorriqueño y los icónicos nacionalistas de Pedro Albizu Campos (y algún comentario ocasional sobre Juan Mari Bras y la agrupación conocida como el MPI) sobre el independentismo le faltó abundar. Me llamo la atención que el autor habla de unos ya olvidados y obscuros grupos de los años 60 que favorecían la lucha armada para adelantar la independencia. Hubo mucho más que esto en la lucha independentista de los 60. La política de ese sector en la década de los 60. Tuvo varias ramas y matices. Creo que darle la espalda a esto es una seria falla de este tomo.

Su tesis de personalismos como motor para los movimientos políticos a través del siglo 20, no puedo decir que la comparto del todo. Quería leer mucho más sobre el grupo de “Los 22” y sus integrantes, así como los jóvenes de Estadistas Unidos. Conocí a miembros de ambos grupos, y pienso que sI eran motivados por idealismo, lo que hace la época de los 60 son más interesantes y rica.

Pero no me tomen a mal, a Quiñones Calderón hay que leerlo, y como introducción a la política puertorriqueña hasta los sesenta el libro cumple su función.