Para retirar la grasa y el hollín: Del distanciamiento social por la pandemia y otros demonios globalizados

alt(San Juan, 10:00 a.m.) Provengo del junte de 2 familias de gente humilde y buena cuya mayoría no disfrutó las bondades de estudiar carreras universitarias. Más bien, se ocuparon en oficios relacionados con la tierra y, allende los mares, en la milicia. La escasa educación que recibieron estuvo dirigida a tener al gobierno estadounidense como nuestro generoso benefactor y salvador. (De ahí, la quejumbrosa expresión que, ante nuestra incapacidad de valernos por nosotros mismos --eso también se enfatizaba y subrayaba en la educación sentimental--, comunica un bocabajismo patético: "¡qué seríamos los puertorriqueños sin ellos!")

El bombardeo ideológico comenzaba en el seno materno y después continuaba sutilmente durante años en la escuela. Soy uno de los nietos mayores de ambos clanes, el materno tanto como el paterno. Me siento afortunadisimo. No sólo porque tuve acceso a estudiar en la universidad, sino porque esto vendría a complementar la sólida zapata ética que modelaron con su vivo ejemplo mis mayores. (Soy lo que soy gracias a esto y la suma de ambos sustratos constituye los materiales de lo que estoy hecho.)

Los estudios universitarios ampliaron mis perspectivas y añadieron filtros que me permitieron percibir que, aún cuando todo depende del color del cristal con que se mire, la realidad es una sola, tanto para los de arriba como para los de abajo, pero las nubes no siempre son completamente blancas o negras, pues existen matices con diferentes tonalidades intermedias de gris.

Me costó mucho desconcierto extraer de mis neuronas tanta musaraña y conceptos infundados. Ahora que perdía las escamas de mis ojos, el hollín y la grasa no distorsionan más la realidad del otro lado de los vidrios. Es decir, que, en algún momento durante los 1ros. años de mi vida universitaria, de golpe y porrazo supe que no era cierto que los estadounidenses sostenían el universo y que gracias a éstos no existía un caos sideral. Dejé de creer en pamplinas de becerro mongo. No era cierto aquello que desde la infancia se empeñaron en transmitirnos: que todos los días los estadounidenses madrugan para, mediante el uso de una secreta y sofisticada maquinaria, sacar el astro Sol y, al caer la tarde, éstos regresan para recoger y guardar al rubio y su valiosa invención. Y que esto daba paso a que entrara en acción el negro manto de la noche a cubrirlo todo. Y así, día tras día, durante los 365 del año.

A mediados del siglo pasado, julio de 1952, el común acuerdo entre políticos del patio y nuestros "desinteresados" benefactores, se estableció un embeleco que siempre ha operado otorgándoles a los de la banda de allá la pechuga y, a los del patio, patas, plumas, buche, pico y alas: el ELA. (Idénticas siglas nombran otra condición degenerativa que debilita el armazón muscular hasta incapacitarlo. ELA = Estado Libre Asociado Estado & ELA = Esclerosis lateral amiotrófica. ¿Curioso, no?)

De aquella parte a ésta, mis estudios universitarios me proveyeron otros instrumentos con los cuales sopesar y juzgar el mundo q me rodea. Aprendí a tener criterios propios y a defenderlos sin temor a equivocarme y a lo que pensaran inmensas mayorías. También aprendería a erradicar el miedo a lo desconocido y que todo lo que se mueve, cambia. Que las estructuras que conforman la realidad no son tan rígidas como se me quiso inculcar. Esa toma de conciencia sanaría mi estrabismo ideológico. En fin, la Luna dejaría de ser de queso y melao.

Otros miembros más jóvenes del clan también completarían estudios universitarios. En virtud de todo ello, ya no sería yo la única oveja descarriada del bonche que no se tragaba como verdades absolutas todo lo que, según conviniera, se nos adoctrinaba para nunca abandonar la fila de los inofensivos, sumisos, serviles y domesticados políticamente correctos.

Hoy día resulta risible que se pretenda explicar la cambiante y vertiginosa realidad del mundo con maniqueísmos demasiado elementales y etiquetas inservibles (las más manoseadas: el desteñido y deshilachado comunismo y el camaleónico democracia). Ya ni los perros se amarran con longaniza ni los pollos maman. Eso sí, lo aprendido en cursos de ciencias sociales (sumado al sentido común) me dice que, si un Gobierno intenta coartarles burdamente a sus gobernados el derecho a que la prensa fiscalice turbios manejos y pésimos desempeños en beneficio de una minoría acomodada, eso no ha perdido su viejo nombre. Se sigue llamando igual que antaño en Italia y Alemania, fascismo.

¿A qué se le teme? Quién no tiene hechas, no tiene sospechas.