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Puerto Rico a seguir riéndonos

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altMi familia por parte de los Archilla, son de Naranjito. Allí crecieron las ramas de un tronco originario en Radona, España. En su Hacienda San Cristóbal mi bisabuelo Alfredo Archilla Ramos dominaba sus campos, junto a sus esclavos negros y sus agregados. De su unión con Providencia Cabrera Aral, nacieron 6 varones y 6 hermanas. Todos nacieron en una casa donde la cultura era vital y heredaron su amor por las bellas artes y la poesía.

Cada uno de ellos persiguieron sus sueños profesionales individuales, con la bendición y la ayuda de sus padres. Dos de mis tías abuelas se marcharon a San Juan, donde estudiaron el noble oficio de enfermería en el Hospital Presbiteriano. Una de ellas se incorporó al equipo de trabajo del Leprocomio, en Isla de Cabra; la otra aceptó un puesto de enfermera en Maracaibo, Venezuela, donde se enamoró de un prestigioso médico venezolano, se casaron y tuvieron dos hijos. Al divorciarse la pareja, la niña Providencia regreso a Puerto Rico con su madre, donde las acogieron mis padres en nuestra casa. El varón, Alfredo se quedó en Caracas con unos tíos paternos. Estudio Arquitectura en La Soborne, especializándose en diseño urbano.

Pero la sangre Archilla que hervía en sus venas, pronto lo encaminó a explorar su vena artística y su vocación por la pintura y la poesía. Siempre mantuvo un contacto estrecho con su madre, su hermana y con Puerto Rico, donde lo conocí de niño. Tia Millón, Provita y Alfredo eran parte de nuestra familia extendida; con el tiempo Provita se convirtió en mi mejor amiga. Estudiamos juntos en el Robinson, luego de viajar el mundo junto al grupo Sing Out!, se incorporó al campo del Turismo al igual que yo. Finalmente, fue mi vecina y mi confidente. Nunca olvidaré el día que mi hermana Mirtha llegó a nuestro piso vociferando a gritos que había encontrado el cuerpo muerto de Provista cuando fue a visitarla. Armindo tuvo que hacerse cargo de todo porque yo caí en tremenda depresión. Alfredo y su esposa volaron a Puerto Rico y juntos lloramos la perdida, retomando nuestra amistad fraternal. Con mucho orgullo celebré sus poemarios y sus pintura abstractas, su joy de viviré y su esplendorosa esposa, la divina Mariela, patrona de las artes caraqueñas!

Hoy quiero compartir con ustedes un hermoso relato que Alfredo escribió luego de su reciente visita la Isla. Sé que sus nobles y sentidas palabras les arrebatarán el corazón…

Puerto Rico reisen

1

Volví a aquel horizonte conocido que a su vez volvió también a extenderme su infinita manera de no existir. Ese día pisé la limpia arena buscando mis huellas ya desaparecidas. Sólo vi la sombra móvil del cocotero que tocaba aún insistente la inclinación de la playa.

Sentí otra vez aquella brisa que siempre imaginaba al despertarme y que regresaba de donde jamás me había ido. Empujé la mirada vaga hasta hallar el espeso giro de la ola rompiente. Pensé que nunca me había separado de allí, a pesar de que volvía como tantas veces. La brisa levantaba como siempre hilos de espuma sobre la superficie marina, picaduras del agua en permanente cambio, que veía como parte de mi memoria. Pensé entonces, que este horizonte tenía la recordada pesantez de un símbolo clavado en una zona gris de mi mente. Miré absorto el mar, como si algo me dijera algo, en su idioma de paisaje. Todo esto me pasaba en momentos en que un blanco buque con silueta de crucero abandonaba la bahía llamado por la perenne ficción del horizonte.

2

Atravesé la puerta de San Juan después de caminar al lado de la muralla de Fortaleza. A mi espalda el icónico edificio de la Bacardí vigilaba. Comparte con el Morro la boca del puerto. Son gendarmes de un inquieto pasado que por un segundo son ahora mi presente.

La cuesta me dirige hasta la fachada barroca de la Catedral, voy entre nudosos árboles, que creo son Guayacanes, voy entre persianas y herrumbrados goznes. Me detengo ante la iglesia mientras una ríada de turistas abordan una guagua de El Convento. Vivo esto en mis pupilas como si fuera una añoranza que repito sin tiempo. Me asombra de nuevo esa onda salitral en mi nariz y toco asombrado la herrumbre tallada de los goznes que me remonta a otro tiempo. El andar sigue la línea de la pendiente. Camino midiendo en mis sandalias la presión de los adoquines que comprimen mis pies, pero sigo conducido por la sensación de fuelle al pasar veloz el aire por mi garganta. Alcanzo la explanada del Morro y las piedras fronterizas me devuelven los galeones y los disparos. Estoy sin estar realmente, estoy en el punto donde el viento acelera sus ráfagas que me rodean sin alcanzarme.

3

El kayak se libra a las ondas tranquilas, solamente la pareja de remeros lo lleva con el ritmo armonioso de los que saben cómo cruzar el canal distante. Entran acompasadamente en el laberinto propuesto por los ramajes del mangle. La vegetación se entrecruza construyendo un túnel en cuyo extremo parece vislumbrarse la felicidad. Al llegar al descampado, la noche casi perfecta, reclama mayor oscuridad. Entonces, los remos agitan el agua indecisa de aquel paisaje que observa el haz del faro al herir el agua. Desde su montículo otea a la pareja que ahora mira el refulgir de las estrellas en fondo lagunar. No están en el cielo, sino que titilan al sacudir el agua. La pareja detiene la marcha y flota en el raro efecto que emiten los flagelados, detienen su marcha para escoger el sagrado lugar de su celebración.

4

El ascenso hacia Guavate era lento, la carretera zigzagueaba escalando la cordillera central de Puerto Rico. Jamás había estado en aquellas serranías que de lejos contemplaba antes azules y nubosas. Para mí la isla siempre fue la variedad de su costa, el calor de las arenas, el rabioso sopor de sus ciudades.

Sabemos desde siempre que las islas terminan inevitablemente en el mar, pero ésta se nos revelaba con una fina lluvia de montaña tropical, con una piel de helechos húmedos franqueando la carretera y algunas palmeras de altitud demarcadas por oscuras rocas fantasmales. Respirábamos un sereno refrescado por el alisios proveniente del Atlántico.

En un altozano pudimos contemplar la lámina plateada del Caribe, apenas asomado a lo lejos en la costa sur por los lados de Salinas.

Sentimos la unión de ambos mares en el fondo de nuestras retinas. La neblina sorprendente nos arropó en el ensanche de una curva. Nuestra visión de claros horizontes se redujo a pocos metros del borde del camino. Tuvimos la sensación de haber tocado la cima de la isla, de haber imaginado poseer, en un momento, toda su geografía. La

Antillas Menor se complacía en ofrecernos el otro rostro de la isla.

5

Nuestro pasos dirigían su esfuerzo siguiendo el borde del muelle, los paseantes o mejor, deambulantes se movían aleatorios sin direccion precisa. Ataviados por la contemplación del gigantesco crucero acostado al muelle. Sus luces poseían la virtud de mostrar en la noche la multitud de pasajeros embarcados. Era una colosal aparición inmóvil sobre el agua densa del puerto.

Permanecimos allí impresionados por las dimensiones del buque amarrado de frágiles cornamusas que parecían no resistir el vaivén del menor oleaje. El pasaje regresaba rápidamente a la hora de zarpar cargados con bolsas de compras, quizás inútiles como aburridos suvenires. El puerto vibraba cercana la hora de partir. De pronto un estruendo recorrió las calles penetrando los oídos. Última llamada antes de embarcar con rumbo a otros destinos.

Observamos la maniobra del zarpe. Nos alegramos de permanecer en tierra, al tiempo que el barco partía y navegaba hacia un futuro puerto, hacia una nueva travesía marítima. Vimos cómo sus destellos lumínicos traspasaban la oscuridad, alejándose con el cargamento de ilusiones inciertas y el misterio inconcluso de conocer nuevos días.

6

Sobre la circunferencia del plato, forma una especie de cilindro que no llega a ser completamente amarillo, diríamos más bien, tiende al ocre. Lo vemos no sin sorpresa aun sabiendo que en el Caribe las sorpresas están en cada esquina. Adorna discretamente lo principal del plato, es un acompañante habitual que se repite al punto de alcanzar un valor simbólico de la gastronomía local.

En este caso superpone tres colores diferentes, aglutinados en una compacta masa que no dejamos de apreciar. Suponemos que a cada color corresponde un sabor diverso. Comenzamos a adivinar, mientras en la sala del restorán retumba el bullicio mezclado a la música de un ritmico reguetón. Lo que vemos en el plato nos parece un majado de tubérculos comprimidos por la voluntad estética del chef, vemos, además, algunas incrustaciones que pugnan sin éxito por salir de la masa total.

Al final y luego de unos intentos, pasamos a saborear el condumio y ya en la lengua, captamos la densidad irregular de una pasta donde se entrelazan elementos almidonados.

Queda, preguntar al mesonero por la palabra que identifica el manjar, su respuesta suma mayor asombro al decir: Trifongo, agregado de mandioca, malanga y yautía, nos lo dice colocando en su boca vocablos caribes de uso corriente. No queda duda que, con un plato de raíces, África sembró un idioma en el paladar antillano.

7

De estos regresos a Puerto Rico evoco recuerdos escondidos en cada trozo de paisaje que veo. Cada espacio de isla lleva consigo su contorno de nostalgia que a veces hinca su filo con callado golpe. Volver allí hoy, me trae a Yiyo, dos sílabas sonoras que traducen a Egidio, un santo medieval. Me trae, además, a un joven de anteojos gruesos sentado en una poltrona en la sala de una espaciosa casa donde las fotos de sus hermanos y padres lo acompañan junto a figurinas de Lladró. Me trae al Yiyo del presente, ese que ahora veo al lado de su pareja Armindo en un encuentro pautado en el mall de Las Américas.

Así me vuelve el inigualable gusto por compartir con él, con él y con Armindo, con él y su hermana Mirtita en la sala de un restorán.

Yiyo nos muestra su guayabera multicolor, plena de alegres trazos muy vivos que reflejan con firmeza la inevitable luz del Caribe. Nos bendice la tarde decembrina bien iluminada. Armindo y Mirtita flanquean a Yiyo con expresión de plenitud y cuido, acentuada por la potente brisa que nos envía el alisios en esta temporada.

En el restorán nos envuelve una sensación de afecto. Mariela y Santiago alternan señales de alegría o gestos al revivir de nuevo algo de una historia perdida.

Las luces muy discretas alumbran el cruce de las risas atravesando la mesa donde comer es también expresión de hermandad. Yiyo me parece feliz, con genuina dicha en su rostro levemente barbado.

Recordé a El Condado, recordé con intensidad las pocas veces que compartí con él en la De Diego No. 61.

De pronto, en un sorpresivo momento, creí ver a Provi entre los comensales de la sala, su pequeña silueta moviéndose entre las mesas, la vi como si ella estuviese atisbando desde sus ojos de infinito silencio el lugar de nuestra mesa, vi a lo lejos, la sonrisa de alguien eternamente complacida. Busco sin insistir, pero, sólo ha sido la estela de un soplo de gratitud por habernos reunido con Yiyo, quien con su bondad colmaba este ámbito de generosa familiaridad.