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Necesariamente ecológico, pero ni oblicuo ni ardido: comentario a otro comentario

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altPedro Granados Agüero y este servidor nos amistamos en Lima, Perú, hace cerca de una década. Nos volvimos a ver hace unos años. Desde entonces, compartíamos emilios frecuentemente. Hace unas semanas, me solicitó un ejemplar de la antología Este juego de látigos sonrientes. Poesía puertorriqueña de fines de siglo XX y comienzos del XXI. Se lo envié junto con varios cuadernillos de nuestra Espejitos de Papel Editores más el estupendo poemario de Claudio Cruz, Los húmedos contornos de la fruta.

Me ahorro recurrir a algún prestigioso bastón de moda (Lacan aceptó tomarse un café con el abuelito barbudo austríaco) y reacciono a su bizquera crítica y a los botos cuchillos de sus palabras. El resto es agua pasada que no moverá más mis molinos.

1) En su blog, el 27 de enero de 2017 el Sr. Granados Agüero publica un escrito superficial (osa nombrarlo reseña) que titula “A propósito de cierta poesía puertorriqueña de fines de siglo XX y comienzos del XXI”. Me parece un acto de cobardía que en ningún momento menciona ni el título de la antología aludida en su escrito y tampoco el nombre del culpable de la compilación.

2) Amén de jamás emitir juicio directo de la muestra antológica como tal (ya antes el doble vegabajeño de Walt Whitman hizo lo propio), Granados recurre a un manoseado subterfugio, el de las muletillas del canon, y gratuitamente blande el nombre de José Luis Vega ("el mejor poeta actual de su país”, según su eminente coterráneo Julio Ortega, de quien sabemos Granados fue leal perro faldero en Brown University) y el de Mayra Santos para concluir que nuestra antología es más de lo mismo. (En un esfuerzo por reforzar su banal argumento, también alude a otra figura canónica, José Mármol, de la vecina República Dominicana.)

Curiosamente, ya antes Granados (en su blog el 21 de marzo de 2013) había visto con buenos ojos una muestra compilada por Jacqueline Girón, profesora del Recinto Universitario de Mayagüez, de 6 de los colegas incluidos en la aludida antología.

3) El nombre de la celebrada (ojo, como narradora) autora puertorriqueña, Mayra Santos, figura en el cuerpo de la muestra por sus propios méritos como poeta, faceta suya injustamente relegada por la crítica a un segundo término debido al éxito editorial de sus novelas. De ningún modo fue incluida para convocar simpatías ni ganar atenciones en virtud de la publicidad que su nombre genera.

4) Provoca sorpresa que Granados ya nos reclamé, sino que casi nos exija a los poetas puertorriqueños que escribamos pensando en satisfacer el canon literario de la Madre Patria. Hasta donde tengo entendido, ninguno de los poetas en cuestión hemos asumido ese gesto para recibir aprobación alguna, sobre todo de los colegas españoles. En última instancia, veo en la búsqueda de satisfacer esa premisa (la de necesitar la aprobación de los españoles) el reflejo de un gesto colonizado dejado atrás hace más de un siglo. El interés de la inmensa mayoría de los poetas puertorriqueños de nuestros tiempos descansa en la certeza del cercano y entrañable vínculo con la cultura de Nuestra América.

5) Mueve a risa que Granados sugiera que los escritores puertorriqueños pasemos nuestras respectivas poéticas por un filtro que tenga como norte el ser bien vistos por jurados de certámenes allende los mares la península ibérica.

6) Y, por último, todos conocemos de primera mano el valor y maestrazgo de César Vallejo (“un poeta para poetas”, según esa otra cima Juan Antonio Corretjer). Cada quien asimila la obra de sus dioses personales a su manera. Sale sobrando el gesto paternalista de Granados al recetarnos (a todos los aspirantes a buenos poetas, no sólo boricuas, sino caribeños) el purgante pedagógico de leer a papá Vallejo tal y como únicamente dios Pedro Granados manda, pues nuestros rezagos literarios se deben a haber leído mal al cholo peruano.

De un tiempo a esta parte, noto que sus escritos destilan el gesto maniqueo de encumbrar a Vallejo y denostar al caudaloso y torrencial Pablo Neruda cada vez que puede. (Y mucho que quiere.) Es sabido que ellos son presencias tutelares en la poesía hispanoamericana. Es imposible regatear el magisterio y legado de ambos poetas cenitales, cada uno por diferentes vías. (Sería fácil despachar las particularidades del quehacer de éstos aseverando que representan los antípodas por excelencia de la grandeza de nuestra mejor poesía hispanoamericana.) Cada quien llega a ellos por distintos atajos y cada cual toma de su deslumbrante arsenal aquellos elementos que mejor le ayuden en la búsqueda de armar su propia voz poética.

Según Granados, la lectura errónea de Vallejo sumada a la (por él) repudiada influencia de Neruda han, posibilitado que valoremos “el poema que nos llena la página; que se torna elocuente; que procurando sorprender canjea, impunemente, publicidad por poesía; que disimula un yo soberbio” y oportunista, que recurre a la utilización de recursos acartonados para simular profundidad. También alude al “cansón o redundante exhibicionismo” y a la producción de “poesía de auto-ayuda”.

Después de todo, no estaría mal que Granados Agüero se dé un paseíto por aquel transparente y atinado análisis de Mario Benedetti publicado allá por 1967, “Vallejo y Neruda: dos modos de influir”. Es más, recurriré al título del último gran libro publicado por su tan admirada figura canónica José Luis Vega para subrayar que no es necesario sacrificar la obra de uno en favor de la del otro, pues, a fin de cuentas, la una complementa a la otra con una riqueza tan vasta que constituyen lo que bien podríamos llamar La naranja entera.

Cierro este pronunciamiento (des)grana(n)do un texto morrocotudamente ilustrador de José Emilio Pacheco:

Amistad

Let´s become strangers again.

-D. H. Lawrence a Bertrand Russell

No lo tomes a ofensa: Ya me voy.

Ya nunca más conversaremos. Termina

un vínculo tan frágil como el amor: la amistad

que nunca es un proceso sino un instante.

Y nada te reprocho. Te agradezco

lo que aprendí, lo que debo.

Jamás traicionaré esa memoria.

Por desgracia el viaje en común

llegó hasta aquí y cada uno

baja del Metro en la estación que le toca.

Eso era todo. Que ya me voy. 10-4. ¡Y que vivan por siempre la poesía y la crítica (la buena y saludable)!

Y yo me río (Roque Dalton dixit).