Vie06052020

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Hace un tiempo...

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altHace un tiempo vengo peleando con la dejadez, desconocimiento y amnesia de todas las instrumentalidades culturales del país respecto al detalle de honrar la memoria --si antes son incapaces hacerlo mientras moran entre nosotros-- de los escritores. (Mis más recientes y atravezadas molestias públicas las detonó el insensible y ominoso silencio ante la partida de Carmelo Rodríguez Torres y de Jorge A. Morales Santo Domingo.)

Algunos colegas me han regañado apuntando a que esa tarea corresponde a sus colegas y amigos, que no a ningún gremio.

En mi caso, quizá por pendejo pudor, no me agradan los homenajes públicos que más que todo dejan sabor de jolgorio tres bes (rimémber: baile, botella y baraja). Prefiero la complicidad de esa dama llamada intimidad. Y visitar a mis amigos y colegas mayores cada vez que quiero y puedo y hacerme acompañar por uno que otro acólito que les profesa idénticos afectos y respeto. Una visita sorpresa en la cual, una vez acordamos implícitamente engavetar prisas y relojes, se pasa a desgranar vivencias y anécdotas y a compartir el sagrado festín de las palabras a la generosa sombra de la hermandad. Eso procuro y vengo practicando. Ése es mi mejor homenaje. Y resulta tan reconfortante dar gracias a la vida por tan hermoso vínculo que nos hermana para siempre, más allá de los tiempos y las distancias, que en la alta noche me voy a la cama y me duermo con una sonrisa de oreja a oreja. Eso era.