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Los indecisos y la misteriosa razón por la que se le da la espalda al mar

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Pocas veces un ensayo sobre los puertorriqueños levanta tantas interrogantes entre los jóvenes puertorriqueños. Este es el caso de “Puerto Rico, ¿la isla indecisa?” del escritor mexicano Jorge Ramos.

Para entender “la indecisión” o el tono de gris de la situación política de Puerto Rico y al que el periodista mexicano se refiere, se debe urgar profundo en la historia del país y añadirle un tantito de marco teórico al debate: la teoría del colonizado. No hacerlo contribuiría a ejercer mi derecho a la libre expresión livianamente y como aprendiz, este es un lujo del que me deshago siempre que puedo.  A mis estudiantes, les digo que Puerto Rico tiene historia de antes del 1898 y que la del siglo XX es mucho más interesante, que somos más que tres partidos políticos y de los nombres que nos han hecho creer en el lavado de cerebro que es su  “educación”. Y, les digo, que hay que cambiarle la receta a los lentes que usamos para acercarnos al mundo de tú a tú. Irónicamente, no se enseña a profundidad en las aulas sobre la historia, las revueltas, la gesta de los próceres, la literatura de Puerto Rico, nada más allá de los taínos, de “La borinqueña”, de lo que un tal O’Reilly dice de nosotros, de la llegada de los estadounidenses y de la formación del ELA. Ni imaginarnos mucho menos que se explicara a Memi ni a Fanon en los cursos de estudios sociales, aunque, por las noticias, algunos estudiantes sí conocen ligeramente lo que es el síndrome de Estocolmo y de esto parto para explicar el giro mental del puertorriqueño que admira y piensa que es bueno ser parte de la nación más poderosa del mundo con una percepción de inferioridad de sí mismo.

Les aclaro que hay incontables historias de lucha por la libertad de todos los seres humanos, porque nacemos con el derecho a vivir libres y que como herederos de una historia y cultura hispanoamericanas, resistimos instintivamente el asimilamiento total a Estados Unidos por esta misma razón. Así que esa indecisión puede también interpretarse como resistencia. Porque ese derecho está ahí y porque nace con todo ser humano, porque no es lo mismo amar en otro idioma que en el propio, por darles solo un ejemplo.

Les leo que el Puerto Rico de hoy dista mucho del Puerto Rico de sus bisabuelos, en el que 1 de cada 2 prefería la independencia; que ellos, hoy, son los descendientes de varias generaciones de persecución política; y que, por lo tanto, son los nietos del miedo; y subsecuentemente, los hijos de la silente resignación o limbo político.  A muchos de ellos, parece que se les quita un fardo pesado de los hombros y comprenden a un personaje que ha dedicado su vida a lavarle los ojos a muchos, el Boricuazo, ya no como un comediante, sino como un sicólogo para su nación recién nacida. “O sea, que de tú a tú somos iguales, pero no parecidos.”

Entonces, se quedan pensando y concluyen, algunos, que no es ser fácil ser puertorriqueño, y que menos fácil es tener que explicárselo a personas educadas o no, asimiladas o no, pensantes o no cuando ni a ellos se les ha dado la oportunidad de educarse al respecto.

Al tratarse de la colonia y de los colonizados, es ilógico pensar que, sin un previo proceso de descolonización en todos los sentidos: política, económica y sicológicamente, podamos, como pueblo, nación hispana, tomar una decisión lógica: los intelectuales de cualquier país lo saben y hasta el congreso lo sabe.

Y ya cuando vamos llegando, con cierta reticencia, a la parte de la postdata del ensayo del periodista en la que generaliza  - y toda generalización debe hacerse con suficiente evidencia- que el puertorriqueño le da la espalda al mar en la playa de Isla Verde, mis estudiantes reaccionan.  Reaccionan los “surfers”, los cocolos, los jíbaros, los raperos y hasta los roqueros… que cuando el viento sopla del mar en la playa, la arena golpea el rostro y hay que voltearse.

*Ver en El placer de leer y escribir (Antología de lecturas), San Juan, Puerto Rico, (2005), p. 496.