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Los Sonetos sinfónicos de Luis Llorens Torres: una poética innovadora

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La poesía es una segunda potencia del lenguaje,
un poder de magia y de encantamiento:
la poética tiene como objetivo descubrir sus secretos.

Jean Cohen


Luis Llorens Torres ha sido uno de los poetas más populares de Puerto Rico. Arcadio Díaz Quiñones señala en la antología que compusiera de su verso y su prosa que “pocos escritores puertorriqueños han logrado que su obra les asegure, en vida, la fama y la acogida casi unánime que alcanzó”. (Antología 14) Su poesía es cabalgata entre lo popular y lo culto, como lo ilustra la oposición de los poemas “Cuando salí de Collores”, compuesto por décimas y evocador del mundo rural, y “La canción de las Antillas”, llena de cultismos y creadora de una mitología antillana. Americanista y heterogénea, su obra poética ha estado también impregnada de una desinhibida sensualidad posiblemente heredada del modernista nicaragüense Rubén Darío.

Periodista, ensayista y dramaturgo, además de ser fundador de la Revista de las Antillas y de Juan Bobo, colaborador de diversos periódicos, así como político ferviente, fue el autor de empresas como la del traslado de los restos de Ramón Emeterio Betances de Francia a la Isla, militante en el Partido Unión y uno de los suscribientes del manifiesto fundacional del Partido de la Independencia de la Isla cuyo cabecilla fuera Rosendo Matienzo Cintrón, aunque no llegó a ser un radical. Como intelectual público construyó su propia figura: “donjuanesca, heroica, sensual y jíbara”, apunta también Díaz Quiñones. Prolífico autor, destaca Josefina Rivera de Álvarez, que “escribió más de mil composiciones en todos los géneros” (Literatura puertorriqueña 271) que incluyen tanto los versos cultos como la décima jíbara. Concha Meléndez y Antonio S. Pedreira le proclaman “un gran poeta hispanoamericano” (Díaz Quiñones 21) Fue, definitivamente, un escritor laureado por muchos años, llamado nacional por su puertorriqueñidad, según señalara el poeta revolucionario Juan Antonio Corretjer. “Un gallo de pelea poética” tal vez expresaría él a tono con alguno de sus símbolos rurales.

Su primera obra es una colección de ensayos históricos, América, que publica en 1898. Al año siguiente ve la luz su primer poemario, Al pie de la Alhambra, y en 1914 los Sonetos sinfónicos. El Departamento de Instrucción Pública edita La canción de las Antillas y otros poemas en 1929. Voces de la campana mayor y Alturas de América pertenecen a un periodo posterior: el primero es de 1935 y el segundo de 1940.

La edición anotada de los Sonetos sinfónicos elaborada por Raúl Guadalupe de Jesús, responde a que según su gestor, este libro ha pasado desapercibido dentro de la crítica literaria. Publicados en el 1914, la percepción que de ellos ha imperado no ha sido homogénea. “Estos versos no convencen, salvo contadas excepciones”, afirma la estudiosa de la prosa de Llorens, Daisy Caraballo Abreu. Por otra parte, Rivera de Álvarez elige el poema “Bolívar” incluido en este libro como uno de los componentes del “trío poético máximo de Llorens” (268) junto a La canción de las Antillas y “Velas épicas”. Para Díaz Quiñones la obra más representativa de Llorens, a quien considera desigual, se configura en la segunda década del siglo XX, en clara alusión a los sonetos. Antonio S. Pedreira y Concha Meléndez alabaron esta producción poética.

Guadalupe de Jesús establece la valoración del texto a la luz de varias premisas. Utiliza inicialmente la cita de Friedrich Nietzsche quien observa que la estética “se produce en la tensión antagónica entre el espíritu apolíneo y el arte dionisiaco”. (16) Se apoya, además, en el teórico inglés de tendencia marxista Terry Eagleton que a su vez establece la visión de la estética como ideología. (18) El autor nos indica así que su análisis partirá de una “perspectiva materialista corpórea, una estética materialista”. (18)

En el ensayo que precede al libro Sonetos sinfónicos y que titula “Poética del porvenir”, Llorens expone sus nociones sobre el hecho estético en la poesía. En él explica sus ideas pancalistas y panedistas. A estas últimas las distingue del versolibrismo francés practicado por Darío, Lugones y otros poetas.

Al repasar los estudios sobre la obra de Llorens Torres, Guadalupe se detiene en Luis Hernández Aquino, el cual llama la atención sobre el influjo del Compendio de estética de Karl Krause en el ensayo/prólogo y en cómo el mismo moldea su concepción del pancalismo y el panedismo. Antepone este trabajo al del sicólogo James Mark Baldwin, señalado por una parte de la crítica como el mayor influjo del poeta nacido en Juana Díaz. El pancalismo era para Baldwin una ontología orientada a la teoría del conocimiento y “la función que la estética cumple en ese proceso”, comenta Guadalupe. (24) De ella está separada la categoría de lo feo, puesto que este expone la autonomía de lo estético.

El comentarista desecha esta visión amparándose en la historia del arte y el surgimiento de las vanguardias. Destaca, por otra parte, varios elementos de Krause que guardan similitud con los postulados de Llorens. Recordemos que otro reconocido puertorriqueño promulgaba las ideas krausistas con anterioridad al poeta, según aseveran en sus textos Manuel Maldonado Denis, Carlos Rojas Osorio y Adriana Arpini: Eugenio María de Hostos, aunque ambos con distinta finalidad.

El filósofo contempla “todos los objetos y los sujetos de la naturaleza” como poseedores de una belleza única, manifestación de la suprema esencia. En esta rica y compleja discusión, Guadalupe resalta también que Krause hablaba de la “flexibilidad plástica de la lengua, la cual define como “la libre capacidad orgánica” para la producción de voces partiendo de raíces propias”. (27) El concepto de racionalismo armónico es igualmente apropiado por Llorens que, a pesar de que asume el mismo, integra otra noción como parte de su concepción estética: la espiritista. De aquí la singularidad del pensamiento del poeta, afirma Guadalupe, quien termina señalando que el panedismo y el pancalismo están atravesados por la tendencia espírita, planteamiento que de seguro desatará polémica. Este punto, aunque es apoyado con las siguientes palabras de Llorens merecería ser ampliado por el interés que provoca:

No cabe duda de que hay un puente por el cual nuestro espíritu pasa a nuestro cuerpo: y así, en la cara de una persona, en sus ojos, en su mirar y hasta en sus ademanes, vemos o adivinamos su espiritualidad. ¿No os dice esto que cada alma busca su adecuada envoltura? (118)

Con sus teorías, resalta el antólogo, Llorens es el poeta moderno que abre camino a las vanguardias literarias, sentido en el que es pionero. (35) Como señaláramos, un elemento importante y definitorio de su poética es la utilización tanto de lo culto como de lo popular. Su registro, o su pentagrama, en palabras de Guadalupe, se nutre de un heterogéneo mundo.

Uno de los elementos más destacados por la crítica tradicional es la hispanofilia que según esta caracteriza la obra de Llorens. Guadalupe niega esta presencia en los Sonetos sinfónicos, al que encuentra el texto más coherente del escritor. Atribuye este señalamiento a los estudios de historia marcados por la nueva historiografía y a la crítica posmoderna. Me parece importante matizar esto destacando que la hispanofilia ha sido entendida como un acto de defensa ante la nueva cultura estadounidense que se intentaba imponer en el país. La misma constituyó una resistencia, como propone Malena Rodríguez Castro en su ensayo “Asedios centenarios: La hispanofilia en la cultura puertorriqueña”. No podemos ser anacrónicos en el juicio sobre esta como lo han sido ciertos planteamientos posmodernos carentes de profundidad y de trasfondo histórico.

Guadalupe nos revela que dejando atrás el romanticismo y el modernismo, Llorens nos hace una propuesta de una poesía antillana tal y como lo hiciera Luis Palés Matos años después. Su herencia krausista y su gusto por la renovación métrica, que va más allá de Darío, según explica, conforman una amalgama con lo identitario. Llorens crea nuevas formas que le alejan de la métrica castellana tradicional. Sobre este aspecto asevera que su visión dionisiaco-apolínea conforma su escritura poética, la cual a su vez posee una estética que apoya su ideología.

Al analizar los sonetos que componen el libro, Guadalupe les divide entre tres temáticas: los poemas simbólico-filosóficos, los poemas identitarios y los poemas al eros. De ellos escoge una muestra con el propósito de desentrañar su poética. En esta antigua forma que es el soneto, proveniente de Italia, donde surgió en la Edad Media, y que en los siglos XIV y XV pasara a España y se divulgara con anterioridad por Europa, escribe Llorens Torres su poesía antillana. Da un nuevo giro a la forma que emplearan los más cultos poetas: Petrarca, Dante, Quevedo, Garcilaso de la Vega, Lope de Vega, entre muchos otros. En Puerto Rico su cultivo se documenta desde el comienzo de nuestras letras mediante los versos de Manuel Alonso en el Álbum puertorriqueño. Este género poético ha sido elaborado por diversos autores. En fechas más recientes, se destacan los sonetos de José Ramón Meléndez.

Entre los poemas que analiza Guadalupe se encuentra “Madre Tierra”, que considera un canto al ecosistema insular en contraposición a la explotación que se hace de la misma por las fuerzas interventoras de los Estados Unidos. Al analizar los sonetos, que en este caso se apartan de la forma convencional construyendo así una innovación en las letras hispanomericanas, Guadalupe reflexiona lo siguiente:

El discurso poético llorensiano saca a la superficie toda una tradición cultural que ha vivido soterrada, expresándose y reproduciéndose como discurso oculto, por medio de una cadena de simbolismos tomados de la cultura, el arte y la literatura humana. El poeta no le concede nada al lector. Desarrolla una poética simbólica que el lector tiene que descifrar. Los símbolos tomados de la cultura latina y europea son bautizados con nuevos significados, en relación con el contexto y la atmósfera cultural caribeña en que son expuestos. (52)

En los poemas identitarios hay un desplazamiento de la voz poética hacia un discurso oblicuo de resistencia contra el nuevo imperio, señala. De estos comenta “Bolívar”, “Napoleón”, “Maceo”, “El Negro” y “La Negra”. De la cultura afrodescendiente ofrece una visión positiva, no caricaturesca. Los versos de “La Negra” dedicados a Félix Matos Bernier, nos remontan al Cantar de los Cantares, libro de amor divino y de amor humano que valida la belleza y el valor de la mujer negra: “Oh, tú, digna de aquel ebrio de inspiración”, dice el poeta, “cántico de los cánticos del Rey Salomón”. (144) Luis Palés Matos también recurrió al Cantar de los Cantares en su hermoso poema “Mulata Antilla”. Utiliza el elogio que aparece en el texto bíblico en su paráfrasis del mismo: “Yegua de Faraón. Oh sulamita”. En esto, como bien realza, el antólogo, hay un paralelismo entre los dos autores que emplean la imagen animal como atributo positivo. Ambos tampoco quieren una poesía ni blanca, ni negra, sino una poesía antillana.

De la presencia del erotismo en los poemas, podemos decir que es atrevida y que se inicia desde el mismo poema llamado “Linaje”. Puede encontrar antecedentes en las jarchas, pequeños poemas con que se fundan las letras hispanas y que cultivaban temas como la posición erótica, de acuerdo con los señalamientos de Luce López Baralt y otros temas eróticos como documenta Emilio García Gómez. El poema “Eva vencedora” toca el del autoerotismo, según le denomina Mercedes López al comentar un poema de Palés Matos que comparte igual sensualidad.

Al leer este libro, consideremos, como señala el autor, que Llorens se había unido recientemente al Partido Independentista. Igualmente, añadimos, perteneció a la generación que fue testigo de la Guerra Hispanoamericana y sus efectos en Puerto Rico, con los cuales no estuvo conforme. Entonces, consciente del valor de la estética, según declara en su ensayo “Poética del porvenir”, vierte su energía en un quehacer literario fundacional constructor de una identidad antillana, de una mitología heroica con la que contribuye a inventar la nación y la tradición, como diría Eric Hobsbawm, de una visión de vida anclada en lo divino y lo profano. Este estudio de Guadalupe de Jesús nos ha develado los secretos de la poética del escritor juanadino. Acogemos esta excelente edición comentada y anotada con la junción del espíritu apolíneo y dionisiaco que caracterizó la obra de Luis Llorens Torres para quien “el poeta”, como este asevera, no tiene colindancias ni en el tiempo ni en el espacio”.