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Mensaje despedida

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alt[Nota Editorial: Este es el mensaje de despedida del saliente presidente del Colegio de Abogados y Abogadas de Puerto Rico, el cual ofreció el pasado 29 de septiembre de 2018]

Estimado compañero presidente electo del Ilustre Colegio de Abogados y Abogadas de Puerto Rico, Lcdo. Edgardo Manuel Román Espada; Honorables Jueces Asociados del Tribunal Supremo de Puerto Rico Luis F. Estrella Martínez y Ángel Colón Pérez; estimados(as) integrantes de la Junta de Gobierno del Colegio de Abogados y Abogadas de Puerto Rico durante el bienio 2016-2018; estimados(as) integrantes electos de la Junta de Gobierno del Colegio de Abogados y Abogadas de Puerto Rico para el bienio 2018-2020; pasados presidentes y presidentas del Colegio de Abogados y Abogadas de Puerto Rico; directores, directoras e integrantes de las Juntas de Directores de los diferentes componentes operacionales del Colegio de Abogados y Abogadas de Puerto Rico como son el Instituto de Educación Práctica, el Instituto del Notariado Puertorriqueño, PRO-BONO, Inc. y el Fondo de Fianza Notarial; distinguido presidente e integrantes de la Junta de Directores de la Fundación Colegio de Abogados y de Amigos y Amigas del Colegio de Abogados; empleados(as) de nuestro Colegio; compañeros y compañeras amigos y familiares:

Hace dos años comparecí en un ceremonial similar al presente, ello en el contexto de mi jura como presidente, en aquella ocasión para recibir de manos del compañero licenciado Mark Anthony Bimbela, el mallete que representa la responsabilidad por conducir a esta Ilustre institución por el período de dos años.

Entonces pensábamos que las dificultades mayores por las que atravesaría el Colegio durante dicho bienio, serían aquellas que vivía el país como resultado de la quiebra de un modelo colonial institucional que trastocaba la noción de gobierno en el que muchos de nosotros nos habíamos formado y que ciertamente amenazaba el futuro de nuestra nación. En mi caso particular, al momento de nacer, ya me había precedido en poco menos de un año el Estado Libre Asociado de Puerto Rico.

Somos el producto de una generación en la que el debate político fundamental giró por décadas en torno a la teoría de un Pacto Bilateral, donde se nos enseñó desde grados primarios, que el acuerdo alcanzado en 1952 había posibilitado un nuevo tipo de relación entre dos pueblos. Se nos inculcó que la nueva relación, basada en la ciudadanía común, el mercado común, la defensa común y la moneda común nos unía de manera permanente, a la vez que la nueva relación posibilitaba una existencia propia, separada y diferenciada, particularmente en el plano cultural y deportivo.

A pesar de que siempre hubo voces que desde Puerto Rico denunciaron como una farsa tal Pacto Bilateral, no fue sino hasta el punto de encuentro entre los Informes del Grupo de Trabajo de Casa Blanca sobre el Estatus de Puerto Rico; las decisiones de la Corte Suprema de Estados Unidos en los casos de Pueblo v. Sánchez Valle y Pueblo v. Franklin; junto con la aprobación por parte del Congreso de Estados Unidos de la Ley PROMESA, que el mito del llamado Pacto llegó a su fin.

Al comenzar nuestro mandato como presidente de este Colegio, no teníamos dentro de nuestras coordenadas, ni a título personal ni como pueblo, las implicaciones que a corto plazo traería la quiebra del modelo económico en el que se sostenía nuestro gobierno. Tampoco teníamos presente la dimensión que alcanzaría el proceso de precarización de las condiciones de trabajo y empleo de empleados del sector privado y público como resultado de la aprobación de las leyes número 3, 4, 8 y 26 de 2017; ni finalmente, las consecuencias que traería para nuestro país los embates de los huracanes Irma y María.

Si bien en alguna de mis primeras expresiones públicas como presidente de este Colegio indiqué que vivíamos tiempos revueltos, ciertamente ni ustedes ni yo teníamos plena conciencia de cuán revueltos y difíciles serían estos tiempos.

Los pasados dos años han dejado en todos nosotros, como puertorriqueños y puertorriqueñas, una gran cicatriz que como marca permanente nos recuerda que, a pesar de haber logrado como pueblo dar pasos firmes en la recuperación de nuestras heridas, las experiencias vividas siguen ahí muy frescas en nuestras conciencias. Se trata de experiencias que retan a diario nuestras capacidades, aunque también son experiencias que nos recuerdan la necesidad de seguir hacia adelante.

He dicho antes, a preguntas de cómo me siento al dejar la presidencia de una institución como es el Colegio al compañero Edgardo Manuel Román Espada, que me siento satisfecho por el trabajo realizado; que haber ejercido la presidencia de esta institución no me pesa en el ánimo; que he procurado dar lo máximo por la institución que me ha tocado representar y que en este esfuerzo, he contado con el apoyo de mis compañeros y compañeras abogadas así como un excelente equipo de trabajo sin el cual la tarea encomendada no hubiera sido posible. A ellas y a ellos mi agradecimiento. Llegué afirmando que ser colegiado y colegiada es un honor. Hoy entrego el mallete a un compañero que también considera un honor ser colegiado y colegiada.

No tengo la menor duda que dejo al Colegio en excelentes manos. Conozco a Edgardo desde el año 1981. He tenido el beneficio que nos ha prodigado la vida y la lucha por este país, de haber participado junto a él en múltiples escenarios. Puedo dar fe de sus extraordinarias cualidades como abogado, de su sensibilidad como ser humano y de su compromiso como patriota y luchador con este país para alcanzar la justicia incluyendo, claro está, la justicia social a la que aspiramos para nuestro pueblo. En mí, Edgardo tendrá siempre una mano amiga y solidaria en lo que será a partir de hoy su presidencia de una institución como es nuestro Colegio de Abogados y Abogadas de Puerto Rico. Recabo de ustedes, como fue en los pasados años, igual compromiso con él y con nuestra Ilustre institución.

Una vez más, mi agradecimiento a cada uno, a cada una de ustedes, por haberme permitido estar al frente de este nuestro Colegio de Abogados y Abogadas de Puerto Rico, la Casa Grande de la abogacía puertorriqueña.