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Reflexión en un domingo de ramos sobre el dar la vida

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Hoy se celebra en la iglesia católica el domingo de ramos. Esto marca el comienzo de la semana mayor. Una semana que se presta para hacer pausa y reflexionar en lo que nos está pasando a nivel personal y colectivo.

En estos días he compartido con amistades cercanas que han perdido amigos, novias, madres y padres. La muerte es nuestra compañera silente desde el mismo momento de nuestro nacimiento. Ella es como un escribano que mantiene un diario constante donde anota minuciosamente todas las vueltas y vaivenes de nuestro caminar por este mundo. Es parte de nuestra luz y nuestra sombra. No sabemos cuándo nos abrazará, pero sabemos que tarde o temprano lo hará. En ese momento, su abrazo puede ser tan sutil como el beso del mejor amante o tan brusco y violento como el golpe de un abusador. En ese abrazo, la muerte y nuestro ser se hacen uno y trascendemos. No conozco mucha gente que quiera recibir este abrazo. Pero en el momento que llegue se prefiere que sea de forma sutil. Cerrar los ojos e irse en un sueño.

Reflexiono ¿por qué si la muerte es una constante de vida nos aterra tanto su abrazo? Este paso de vida muchas veces es más traumático para el que se queda, que para el que se va. Entonces, ¿qué podemos hacer para facilitarnos este cambio de vida? A nivel emocional, la pérdida de un ser querido siempre deja un vacío en el alma. Pienso que la forma de minimizar ese vacío es honrar al ser querido o querida. Honrarlo, no en la muerte sino en la vida.

Cuando alguien muere es fácil hablar de sus virtudes o alabar sus proezas. Sin embargo, requiere verdadero amor y compromiso, dar de uno todos los días para regalar paz y alegría en la vida de la persona a quien se ama. Si tenemos amistades o familiares en necesidad, el momento de ayudarlos es el presente. Una ayuda tardía puede ser obsoleta.

Ayudar a alguien puede ser tan sencillo como una visita, un paseo, llevarle una compra de comida, dar un abrazo fuerte, una palabra de aliento. Acompañar una persona enferma en el hospital, bañarla y atenderla como si fuera un infante recién nacido. Ser compasivos con aquellos que queremos y con el prójimo nos fortalece. La regla de oro es no hagas a otros lo que no quieras que no te hagan a ti. Por lo tanto, si quieres recibir amor y compasión tienes que empezar dándotela a ti mismo y dándola a otros. En la medida que uno del máximo para hacer la vida del otro mejor, más tranquilidad de espíritu va uno a tener al momento que la muerte abrace a ese ser querido.

Nosotros no vamos a morir y resucitar al tercer día, pero al hacer estas pequeñas muestras de amor y caridad hacia el prójimo vamos alivianando nuestras propias cargas y nuestras propias cruces. Entonces cuando sea nuestra hora de recibir el abrazo de la muerte, el ascenso será menos pesado. Dar en vida es la consigna. Mediten y reflexionen en esta Semana Mayor, si esto les hace sentido.