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La palabra mal dicha, su efecto y los gobiernos

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altCuando hablamos construimos oraciones y pensamientos con palabras. Es muy común hablar sin pensar ni medir el impacto que la palabra proferida puede tener en el receptor. Las palabras tienen un peso y una resonancia más fuerte del que podemos creer. Una palabra bien dicha puede ser un bálsamo para quien la recibe. Tanto así, que la palabra positiva puede ser el cordel que sostenga a una persona hasta el punto de salvarle la vida. Por el contrario, una palabra mal dicha, y con esto nos referimos a una palabra soez, agresiva, insultante, puede ser peor que cualquier golpe físico que reciba una persona.

Cada palabra tiene un significado. Pero más allá de eso, el contexto en que se diga la palabra tiene un peso y una carga emocional. Por eso es importante reflexionar y pensar antes de hablar. Expertos en el tema aconsejan que, si estamos molestos con alguien, lo mejor es pedir tiempo (“time out”) para descargar el coraje y pensar antes de dialogar sobre lo que nos ha molestado de la acción de ese alguien. La palabra dicha es como un caballo de carreras cuando le abren las compuertas, una vez sale de la casilla no hay quien lo detenga hasta su meta. O puede ser como rifle automático que una vez apretado el gatillo la bala sale disparada para infligir daño a su víctima. Las palabras una vez salen de la boca no pueden ser detenidas, ni echadas para atrás. Ellas corren sin parar hacia su receptor. Lo dicho, dicho está. No hay excusa o justificación posterior que valga para subsanar lo proferido.

De un tiempo acá se ha hecho más y más común escuchar políticos locales, nacionales e internacionales decir barbaridades y luego tratar de justificarse diciendo “cuando dije “digo”, dije Diego”. Uno de estos ejemplos es la barbaridad dicha por el presidente Donald Trump, cuando llamó “países de mierda” (“shithole countries”) a Haití y a los países africanos. Desafortunadamente, en estos momentos Estados Unidos tiene un presidente egocéntrico, irrespetuoso, inmaduro emocionalmente, clasista, sexista, racista y de una llanura intelectual que hiere.

¿Debería exigirse a los gobernantes y políticos que fueran emocionalmente balanceados e intelectualmente capaces? ¡Claro que sí! ¿Es eso posible? Desafortunadamente no. La política y el poder no son juegos tan racionales, y muchas vecen se nutren del maltrato verbal y los insultos a sus opositores. El problema es que un líder de un país es una persona que se supone ser un modelo a seguir, y que sienta pautas para gobernar a todos los sus ciudadanos por igual. Ese líder debería proyectarse como uno serio, respetuoso y conocedor. Las palabras de un líder, proferidas, sin filtro y sin medida. crean hostilidad en la población. Fomentan el odio, el racismo, el discrimen, la desigualdad y la desunión.

Es tiempo de que nosotros, los ciudadanos, personas comunes y corrientes, creemos conciencia del peso de nuestras palabras. Expresarnos de forma adecuada hacia los demás, hacia nuestras familias y nuestros vecinos nos hará mejores personas, mejores ciudadanos. El mero cambio de conciencia tendrá el impacto de reducir esa violencia intangible que la palabra mal dicha ocasiona. De la misma forma, exijamos a nuestros líderes que cuiden sus palabras y que respeten sus pueblos. Rechacemos la violencia verbal a lo largo y a lo ancho, venga de quien venga. ¡Basta ya de insultos y malos tratos!