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‘El irremediable llegadero de mañana’: cotidianidad y el absurdo sobrenatural en Esquelares de José Rabelo

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altCuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.

(Franz Kafka, La metamorfosis)

Los diecisiete relatos recogidos en Esquelares (Editorial Isla Negra, San Juan, Puerto Rico, 2012), del escritor puertorriqueño José Rabelo, nos confrontan con un accionar humano abocado al fracaso de una mortalidad que no puede ser evitada. Ya desde el título mismo se revela un sino funerario, que permea cada resquicio en existencias tan anodinas como inmersas en una desesperanzada esperanza. Estamos ante relatos de una adversidad que no deja de enmascarar y afirmar, así sea por negación, la busca de la inmortalidad; sublime acaso, pero siempre trágica.

La frase con que inicia el cuento que da el título a la colección (cuento con el que, a su vez, concluye el libro), “Bienvenida a esquelares” (135), estructura un universo común para los relatos. El libro mismo es Esquelares, “negocio” que presta “servicios de filmes funerarios” (135), tal y como el que figura en el cuento susodicho. La existencia trascurre como rollo de celuloide, lista para ser (re)inventada si es preciso. La exhortación del personaje de Doña Regina a la empleada de Esquelares bien refleja esta mentalidad. Ante la negativa de ésta a desarrollar una semblanza para Doña Paz, por no tener los respaldos de una vida o de recuerdos que acompañen la foto de la difunta, responde impertérrita Doña Regina: “Ustedes son creativos. Inventen una vida” (138). Eso es precisamente lo que hace Rabelo en su papel de fabulista esquelar, inventar vidas transidas de una angustia que se acepta con el oscuro heroísmo del sentido común.

Los universos narrativos de Esquelares transcurren en el destiempo que acarrea la certeza de la muerte. No hay tal cosa como un buen momento para morir y por eso los personajes llegan al llegadero, el punto de la encrucijada que obliga a reconsiderar las coordenadas del viaje, aunque irremisiblemente sea la muerte el destino final. “El irremediable llegadero de mañana” es frase de feliz cuño [1] con la que Rabelo da constancia de la “esquelaridad” (permítaseme el neologismo) de existencias que “suceden” entre una cotidianidad y un absurdo sobrenatural que devoran.

Tal tensión bien puede apreciarse en el relato titulado “Nudos”, en donde se imbrican dos planos narrativos, uno perteneciente al Perú de la guerra civil incaica y el otro, al devenir de Gabriel, un niño con rasgos autistas que, en la época presente, se dedica a anudar cuerdas como un auténtico quipucamayoc, sin que haya ninguna explicación lógica para ello. Con esta movida de lo fantástico, al igual que con la yuxtaposición de planos narrativos de épocas divergentes que terminan encontrándose, el cuento revela su deuda con el Cortázar de “La noche boca arriba” o de “Todos los fuegos el fuegos”. [2]

En “Nudos”, las vidas de Gabriel y de Apahuul, un indígena incaico, terminan convergiendo en el infinito inmemorial de un quehacer humano que quiere ser antídoto contra la muerte. Mientras Gabriel hace sus nudos, Apahuul sirve ceremoniosamente a su reino, aun en el momento del trance de la muerte de su madre, a quien sabe no logrará volver a ver con vida. Es justamente en ese des-madre, o carencia de lo materno, que ambas figuras se encuentran, ya que la madre de Gabriel es una figura ausente y por eso el niño ha quedado al cuidado de su hermana.

Esquelares avisa la muerte a través de una galería de personajes diestramente caracterizados, como el de Don Leopoldo, suspendido entre la senilidad y un recordar que, a la postre, se vuelve sentencia mortuoria. También se adopta el punto de vista femenino en “La orgía verde”, en donde una escritora, Maya Béjar, forja una relación pirandelliana con Alfonso Stadler, uno de sus personajes, contra el telón de fondo de un relato dentro de otro relato, ambos titulados “La orgía verde”.

Asimismo, se retrata de manera conmovedora la torpeza desmañada que caracteriza el lance o brete de la adolescencia en “El adolescente” y en “El pez mirando a las pirámides”. En el primero de estos cuentos, Rabelo hace gala de fino humor cuando reflexiona el protagonista jocosamente: “Yo no era humano, era un adolescente…” (42) La narración y el desarrollo del joven se desenvuelven entre la frustración del acoso o bullying que sufre por parte de la chica que le gusta y la vergüenza que experimenta por tener un primo travesti, La Marylin. Al ser ésta víctima de un crimen de odio, el adolescente añora “seguir siendo adolescente para nunca transformarme en un completo humano” (44). El tratamiento del despertar del adolescente, desde una homofobia incipiente hasta la dura realidad del odio asesino que le hace no querer llegar a ser adulto, se trabaja de manera convincente, con compasión y entendimiento.

En “El pez mirando a las pirámides” asistimos a la metamorfosis kafkiana-cortazariana (pienso en “Axolotl”) de un niño en pez, transformación que se opera entre las habladurías de una abuela que “se nutría de las hecatombes ajenas” (125) y un perentorio despertar sexual con todas las ansiedades y resultante sentido de inadecuación que ello acarrea. Con toda naturalidad se invoca el absurdo sobrenatural al relatar el protagonista: “Una mañana me encontré con un ojo hacia el fondo de la pecera y con el otro hacia el techo” (127). La abuela lo encuentra y lo lanza por el inodoro, una tragedia en pequeño que recuerda la imagen devastadora del cuerpo de escarabajo muerto de Gregorio Samsa, siendo barrido y echado al cesto de la basura al final de La metamorfosis.

Seres obsedidos por su más desnuda humanidad, a merced de la arbitrariedad del acontecer vital, desarraigados, locos, carentes, soñadores, buscadores y también, buscones, visionarios, artistas logrados y fracasados, ancianos seniles, toda una amalgama humana, demasiadamente humana, se congrega en Esquelares. Estos personajes habitan entornos cotidianos, en donde se dan cita la implacable certeza de la muerte y lo que he denominado como “absurdo sobrenatural”, que se invoca con cierta destemplanza, de manera casi grosera, y que al mismo tiempo se trivializa. Eso se ve, por ejemplo, en el cuento “Lisboa”, en donde nos presenta en la transcripción de un manuscrito a una mujer joven que, de buenas a primeras, le propone matrimonio a un hombre mucho mayor que ella, a quien no conoce. Él le contesta con un simple “No”, seco, escueto, y comenta: “Ella me miró como si nada hubiera ocurrido y se largó” (70). De ahí en adelante, el hombre se dedica a buscarla [3], aunque admite no importarle mucho la búsqueda, no siendo más que un juego auto-impuesto para entretenerse (72). Una vuelta de tuerca final revela que ninguno de estos personajes es quien parece ser.

Esquelares es un libro mortuorio, pero sin incurrir en lo morboso, confeccionado cuidadosamente, con una prosa parca y elegante. Más que una atracción obsesiva con lo desagradable o mórbido, lo que tenemos aquí es una austera y sombría reflexión sobre la delicada condición del género humano, somos una especie marcada por el hecho de la muerte, de la carencia, de la pérdida, parecen afirmar cada uno de estos relatos; como también somos seres absurdamente aferrados a una esperanza directamente proporcional al sentido de infortunio que nos acecha.

En “Sin títulos”, remarca proféticamente el narrador en un arrebato de ensueño ocasionado por Lucrecia, la misteriosa mujer de sus anhelos: “Nadie sabrá de mi vida en esta nave llamada Tierra que nos pasea por el universo” (122). Acaso haciéndose eco del autor de Esquelares, nos revela este oscuro personaje, al que aguarda una gran sorpresa, una identificación no ya con Jasón, el héroe mitológico que emprendió el viaje a la Cólquide, sino con Tifis, el piloto de dicha expedición fantástica. Porque eso precisamente es lo que logra Esquelares, sumergirnos en las fases de ese magno viaje al que llamamos vida; y lo hace con la habilidad del diestro timonel de los argonautas.

La autora de la reseña es escritora y catedrática asociada de literatura latinoamericana en Marquette University, Milwaukee, WI, U.S.A.


Notas

[1] Específicamente en el cuento titulado “Lisboa” (p. 72).

[2] Como es sabido, en el primero de estos dos cuentos, Cortázar contrapone una historia en una ciudad moderna, donde un motociclista se accidenta, con la historia de un indígena moteca que intenta la huida en medio de la guerra florida de los aztecas. En el segundo cuento, se entreveran las peripecias de un gladiador en un circo romano con la crónica del desamor entre una pareja, también en una ciudad moderna.

[3] Una búsqueda que no deja de tener resonancias con la búsqueda de La Maga por parte de Horacio en Rayuela.