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Paseo con Leo 23: Los miserables en pleno San Juan de Puerto Rico

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altVisité por primera vez la ciudad de La Habana en el año 1993. Una poeta había salido de la prisión en Matanzas y ahora estaba en prisión domiciliaria en la casa de su madre en La Habana. Fui a entrevistarla. No sabía bien su dirección, pero familiares me indicaron donde vivía la madre.

Para que me quedara con ellos, me habían hecho una cama en la segunda planta de la casa. Ella no podía salir. Solo yo podía entrar. La taxista que me llevó desde el hotel hasta esa casa a las afuera de la ciudad, me dijo, si hubiera sabido que venía a este lugar, no la hubiera traído. Tajante fueron sus palabras. Tiempo después nos haríamos amigas, la invitaría a comer en Varadero, conocería a sus hijos. Ve al mar, sálvalos mostrándole ese horizonte.

Decidí aceptar la invitación, gentil por demás, de quedarme a dormir. Me sentía en un cuento infantil, con aquella camita donde sobresalían mis pies. Pasé algunos días con ella, nuestra conversación no tenía fin. Yo no me meto con la política, me decía, la política se mete conmigo.

Una mañana salí de la casa temprano, cámara en mano, a tomar fotos de lo que estaba viviendo. Tenía las piernas hinchadas, recuerdo. Mi cámara era grande y la llevaba a la vista de todos. Una mujer me vio, que pena, Señora, que el hambre no salga en las fotos.

Hice otros viajes a Cuba. Escuché a Fidel en un discurso de 8 horas. El tiempo no pasaba, se los juro. La versatilidad verbal de aquel hombre altísimo, vestido de verde oliva, era inigualable. Yo prestaba cuidadosa atención, velando que Fidel Castro no siguiera la línea de su pensamiento. Pero siempre volvía a rematar la idea original de su discurso. Una sociedad que no provea empleo y quehacer para sus individuos, fracasa. Toda persona tiene que tener un lugar en la casa de la patria.

Hace unos días me pasó algo insólito. Yo vago en mi casa de la sala a la habitación. Hay días que las palabras se quedan quietas, no quieren moverse. Entonces hay que salir. Iba manejando el auto y me confundí de calle. Era la primera en el carril. Una mujer se acercó con su mano abierta pidiendo una moneda. Ofuscada en llegar a tiempo a la cita, ignoré a la mujer. Segundos después estaba insultando a viva voz al hombre de la otra esquina, quien replicaba a sus insultos, barajando las madres de todos sus hijos, y los hijos de todas las madres con impetuosos improperios. No creo haber oído en mi vida los insultos deplorables que aquellos dos hijos de alguna buena mujer se intercambiaban. La mujer ponía su mano entre las piernas, hacía gestos que me hacían sentir que estaba en una escena de Los miserables en pleno San Juan de Puerto Rico.

Hemos fracasado. En cada esquina de nuestra isla un hombre perdido, una mujer herida, extiende la mano. Piden. Desubicados de su quehacer en nuestra sociedad capitalista y democrática (si alguna vez lo tuvieron). El carro de atrás tuvo que tocar la bocina para que me diera cuenta que había cambiado la luz.

Hay paseos a donde el niño no puede acompañarme. Paseos donde me cuestiono mi propio lugar en el mundo. Y sin tenerlo claro, quiero huir, volver a la sala, a la habitación segura de mi casa. Mover las palabras estancadas. Hacer que hagan sentido sobre la superficie del papel. Hemos fracasado, me digo. Cuál es mi lugar ante el deterioro humano. Dónde está el folclor de dos seres gritándose a pleno sol, de esquina a esquina en la avenida. Cómo nos enfrentamos al cristal con la mano extendida, pidiendo.


Alguna vez pidió que la quisieran

o fue el mundo la escuela detrás de la vitrina

donde una mujer con niña en brazos

extendía la mano en Montreal

hoy rompe la tela para abrir el escote

gitana entre los lobos

después de todo

no pediré limosna


Soy cada uno de los deambulantes de mi ciudad. Soy los deambulantes de todas las ciudades del mundo. Humanidad me llaman. Aquella joven mujer de Montreal también pedía dinero. En sus brazos una pequeña niña. Las he visto en las grandes ciudades de Europa. Alguna vez también me han robado. Hemos fracasado como humanidad. Yo no sé donde está la esperanza.

Intentar otros hijos. El paseo se hace ahora más lento. Cuidarnos de las aceras.