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El color de mi padre

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altNo era la primera vez que tenía compañeros (as) de escuela en casa para hacer las asignaciones. Así que jamás me habría esperado una reacción tal de mi progenitor. Menos aún cuando sus compañeros de juego, de trabajo y familia política participaban del abanico de colores de todos los tonos de piel del puertorriqueño.

Mi padre, que jamás me había enseñado a albergar sentimientos racistas, ese día metió la pata. Yo tenía 16 y el maestro de ciencia dividió en grupos la clase para que trabajáramos en un proyecto. A mí me tocó con Jorge Luis, un compañero de clases, brillante, muy estudioso, de carácter noble, de tez negra y ojos color verde marrón.  Esa tarde me acompañó a la casa para iniciar el proyecto y redactar la hipótesis del mismo. Recuerdo que la distancia de mi escuela a la casa era larga, y que a veces, Jorge, cuando no le tocaba cuidar a su abuelita,  me acompañaba, pues vivíamos cerca. Esa tarde, caminamos discutiendo sobre las posibilidades del proyecto y cuando llegamos a la casa, mami nos abrió la puerta.


Recuerdo que Jorge Luis y yo nos sentamos en la mesa de comedor con las libretas abiertas y mami nos servía una rica y fresca limonada hecha en casa de los limones jíbaros de un árbol que planté de niña con tres semillas y que daba limoncitos todo el año. Mi padre, tenía vacaciones y estaba en la casa. Mami iba con el vaso de limonada en la mano para él, cuando nos vio en la mesa de comedor y no sé qué carajo se le metió en la lengua… Yo me sentí aterrada y culpable, yo no sabía que mi padre era racista, yo jamás habría llevado a ningún amigo para que escuchara los insultos de mi padre. Y mi madre quedó catatónica, porque mi negritud, la de ella, la de mi familia materna y extendida fue insultada en ese momento. Mi padre tenía los días contados en la casa de mi madre.


Con el alma llena de vergüenza miré de reojo a Jorge. Vi como si el carimbo del desprecio, lo volviera a marcar. Vi sus ojos llenarse de sal. Vi que se levantaba de la silla y con la ayuda de mi madre caminaba hasta la puerta. Fui con ellos, los tres llorando. Le pedí perdón. Le dije que no sabía que mi padre era así, que me perdonara por el mal rato, pero Jorge no podía hablar. En sus ojos bellos brillaba la angustia del pez fuera del agua. Ese día entendí, que la piel clara de mi padre, la que me había heredado, era una maldición generacional, que sí había racismo en Puerto Rico, uno solapado o escondido,  y que mi padre se había convertido en un racista más que el tiempo se encargaría de cambiar.


Ese fue el último día que vi a Jorge Luis en mi vida. Desde entonces lo he extrañado. No volvió a nuestra escuela y nadie me supo decir a dónde había ido. Sé que tuvo que haber salido adelante porque era inteligente y porque así se lo he pedido a Dios todos los días de mi vida.


Después de todo, el alma, la inteligencia, el valor, el respeto, la dignidad y la humildad son los colores que importan.  De hecho, el hombre de mi vida es amado por esos colores; y, les recalco, su piel es de color negro,  negro como la noche fresca llena de estrellas y misterios,   negro como el bizcocho de chocolate que me hace sentir que exploto de felicidad, negro como el café negro con la semilla de cárcamo embriagante, y negro como la tinta o los algoritmos que transcriben mis ideas, mis locuras y mis versos.  Cuando nazca mi hijo negro, le pondré el nombre de mi padre.