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La pasión por la lectura… de la poesía

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altLa memoria es prisionera de los sueños. Sus escondrijos, su desorden, sus códigos, transcriben la sinestesia de los sentidos, afinados por la rugosa corteza de los equívocos y la seda regalada de los aciertos. A través de los sueños intentamos otorgarle sentido a la realidad más, con frecuencia, nos quedamos atónitos ante las posibilidades de sus significados. Paradójicamente, nos quedamos sin palabras.

La ensayista y traductora eslovena Simona Škrabec nos recuerda que las palabras son el envase en el que depositamos la memoria. Esta aseveración salta a la vista en su ensayo “La historia y los géneros literarios”, en el que invita al rescate del pasado a través de la poesía, de manera paralela a los tradicionales géneros de la palabra escrita. El planteamiento provoca reflexionar sobre una disciplina que tendemos a asociar con la historia en clásicos como La Ilíada, en homilías a civilizaciones desaparecidas como el reino de Toulouse, devastado por Simón de Montfort en el siglo XII y rescatado del olvido por el poema Canción de la Cruzada contra los Albigenses que reseña Simone Weil en su ensayo “Un poema épico medieval”.

En el poema histórico reconocemos los tratados sobre la ambición, la perfidia y la fragilidad del poder así como el valor, la virtud y la carácter tanto en Shakespeare como en el Martín Fierro, el Cantar del Mío Cid, el Canto de Netzahualcóyotl, el Mahábharata, o en El Leñero de Juan Antonio Corretjer. En ellos se narra en verso un transcurrir del tiempo que privilegia la palabra precisa, singular, inequívoca, para capturar nuestra esencia en los que nos precedieron y legaron su identidad.

El rescate de la memoria, histórica, antropológica, artística, a través de la poesía nos parece pertinente en esta era trastornada por los esquemas anti-históricos del posmodernismo y la seducción de la renuncia a un futuro alterno que nos prescribe el neoliberalismo.

Al reflexionar sobre la pasión por la lectura que me ha provocado la poesía desde que me cambió la voz, la redescubro tanto como bitácora de un pasado que se hace presente con cada nueva lectura, y como pasaporte a otro futuro posible a pesar de las conquistas invasoras y las servidumbres que nos dejan a su paso. Los lectores -estudiosos y gente de a pie-, redimen los sueños de quienes somos cuando la avaricia y la intolerancia no nos amarran las manos a las espadas; cuando a través de la poesía salvamos la belleza que aguarda, paciente, a ser rescatada. Somos conscientes de cuán perecedero es el rubor de la sangre y cuán pertinaz el filo del acero.

La incertidumbre de un futuro prometido que no cumple la promesa de acabar con la hecatombe y la miseria, en este temprano y temerario siglo XXI, nos ha llevado a redirigir la vista al pasado. Cada vez más narrativas reconstruyen acontecimientos que creíamos conocer mediante una ecléctica receta de datos constatables y ficciones verosímiles. Los géneros de memoria, historia y ensayo histórico, compiten en revistas y publicaciones con los avatares de la ciencia y los hologramas de la tecnología. Y de pronto, como la tímida prima lejana que nos sorprende en la fiesta familiar con una espléndida función de piano, una exótica danza o una melodía a capela, la poesía hace una reaparición, un nuevo estreno en nuestro entorno más íntimo y nos incita a rebuscar en los más oscuros escondrijos de nuestras tentaciones y galopar por las más resplandecientes sabanas de nuestra memoria colectiva.

La poesía, a diferencia de la narrativa que reconstruye realidades con frecuencia familiares, nos obliga a escudriñar en las palabras -en la memoria que nos señala Škrabec que habita en las palabras-, y descubrir cuántas de las fatalidades y las euforias, las valentías épicas y las más pertinaces soledades, se parecen a las propias; cuánto nos reflejan, no como un diáfano y honesto espejo que revela resplandores y verrugas, sino como un espejo roto en el cual todas nuestras pasiones y fracasos pueden encontrar un lugar exacto donde materializarse en un sórdido o refulgente destello.

Cuando leemos poesía, cuando damos rienda suelta a nuestra pasión por la poesía, un mundo pasado, más candoroso y atormentado, más endurecido, desapegado y distante, lucha contra un presente posible en su desconcertante belleza, con su incontenible primavera, en su enternecedora solidaridad.

A través de la lectura de la poesía nos proponemos un rescate del vacío, nos prometemos un gesto que no precisa traducción, una narrativa en la que toda traición sucumbe ante la cándida ilusión de unas iniciales talladas el tronco de un árbol, en la que el sabor metálico del desengaño se disipa ante la mirada limpia que precede el abrazo.

La poesía transcribe la bitácora del pasado ruinoso que contradice su vocación de futuro. Los críticos se sumergen en la búsqueda de sus significados aun cuando intuyen o saben que cuando la mezquindad se convierte en brújula y divisa, todas las divagaciones sobre el sentido terminan dejando de tenerlo.

Cuando Ch’en Tzu-ang, poeta de la dinastía Tang escribe:

Ante mí no veo al hombre antiguo;

tras de mí no veo al hombre futuro,

colgando en el cielo y tierra infinito,

solo, amargamente, me deshago en lágrimas.

nos transmite una angustia que pudiera ser testimonio de la búsqueda de sentido ante la barbarie que Viktor Frankl descifró en los campos de concentración nazis.

Cuando varios poetas bantúes de la región de Camerún reflexionan en micro poemas que parecerían arrancados de las páginas de alguna antología hispanoamericana contemporánea, descubrimos las mismas interrogantes que nos asedian al tratar de comprender el cómo y el porqué de nuestra realización como seres humanos, que en la poesía se vuelven universales.

El lago se seca por los bordes.

El elefante se mata con una flecha pequeña.

La pequeña choza se cae.

Mañana, dudas.

La ira de un hombre hambriento.

¿Hay alguien en la orilla?

El cangrejo me ha presado por un dedo.

Somos el fuego que quema el país.

¿Hasta qué punto la poesía representa las hojas del árbol de la historia, como plantea Paul Celan? Las hojas acopian nuestra identidad y sirven de folios donde con versos grabamos las rutas y los hallazgos del viaje, la bitácora de los tiempos, que releemos con la pasión de quienes se reencuentran con sus ilusiones. Cada incursión en la memoria a través de la poesía es un referente de todos los rumbos, del origen al cual se regresa y del vuelo a la nada o la gloria donde esperan todos nuestros cómplices, todos nuestros testigos, todos nuestros compañeros de viaje.

Cuando Juan Antonio Corretjer en El Leñero, describe uno de los símbolos más inequívocos de nuestra identidad, con palabras tan matizadas de destellos como la estampa que describen, nos permite apalabrar el futuro de nuestros sueños. Leer al poeta es un acto de pasión y la pasión de leerle, reivindica toda pérdida voluntaria o involuntaria de la memoria:

Puñal con alas, revuela

el pitirre matutino,

el del canto purpurino

que la luz del alba cela;

rasga del aire la tela,

y paraliza su viaje

del flamboyán el follaje

en roja sangre teñido

como si un ángel herido

volara sobre el paisaje.

La memoria reside en la palabra. La palabra es la caja de caudales de la memoria. Un puñal con alas es el verbo. Un sorbo de la brisa es leerlo.