En cualquier economía y relación humana el tema de las reparaciones debe ser central, estar siempre latente. Desde el lado más superficial podríamos argüir que cuando un objeto se daña o deja de funcionar se tienen dos opciones principales: o lo boto y compro uno nuevo, o lo reparo. Desde llevar los zapatos al zapatero y el carro al mecánico, la camisa y chaqueta al sastre, o el libro al reparador de libros (¿Existen reparadores de libros por ahí?), reparar significa continuar dándole valor a un objeto que, de otra forma sería convertido en desperdicio. Así, una mercancia ‘termina’ su ciclo de existencia económica para convertirse en basura – lo cual a su vez es motivo de riqueza para los mercaderes de la basura, pero eso es otro tema.

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El documento cero de la ONU para la Río +20 todavía es rehén del viejo paradigma de la dominación de la naturaleza para extraer de ella los mayores beneficios posibles para los negocios y para el mercado. A través de él y en él el ser humano busca sus medios de vida y subsistencia. La economía verde radicaliza esta tendencia, pues como escribió el diplomático y ecologista boliviano Pablo Solón «ella busca no sólo mercantilizar la madera de la selva sino también su capacidad de absorción de dióxido de carbono». Todo esto puede transformarse en bonos negociables por el mercado y por los bancos. De esta manera el texto se revela definitivamente antropocéntrico, como si todo se destinase al uso exclusivo de los humanos y la Tierra los hubiese creado solo a ellos y no a otros seres vivos que exigen también la sostenibilidad de las condiciones ecológicas para su permanencia en este planeta.

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Un ‘celular’ o teléfono móvil no es un ‘celular’, y ya. No siempre un tabaco es un mero tabaco, el inconsciente engaña. También el mercado, ese gran espejo ondulado y líquido del inconsciente. El mundo de las comunicaciones sigue creciendo a velocidades insospechadas. Su capacidad creadora (y destructora) es voraz, como el hambre del capital. Con solo pensar en los aparatos que se anuncian todos los días para estar más ‘conectados’ e informados, nos atolondramos: iPads, iPhones, tablets, Kindle, laptops, teléfonos móvil (que son a la vez cámaras, de fotos y videos, grabadoras, máquinas de escribir y correo electrónico… )

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¿Qué más decir? ¿Qué más creer? ¿Qué inventar? Cada cantazo se asoma con risas sin dientes, o con todos los dientes del mundo, enchapados en oro. ¿Cómo intentar la coherencia si hasta los más ‘críticos’ trabajan para ‘el jefe’? Da igual, todos somos culpables, así es que hablemos sobre economía solidaria pero hagamos campaña para el capital, propaganda para el mercado, publicidad para los dueños del mundo. Me dan de comer a mi y a los míos, así es que pa’lante. Total, lo hace todo el mundo… Yep. Duro es suave, comparado con la peste que se respira cada vez que miden las palabras con las acciones.

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El ser humano que ha creado las teorías económicas dominantes no existe, y sin embargo, ‘existe’, pues es real en sus consecuencias. Entonces, la idea de que el ser humano es un individuo (la mayoría de la veces descrito como hombre blanco) egoísta que sólo, o principalmente, se guía por sus intereses personales, basados éstos en la mayor ganancia por el menor costo posible, y que esta ‘naturaleza’ es la fuente de la libertad y bienestar de todos, es una falacia, pero con consecuencias reales en la vida material. El efecto teórico del neoliberalismo ha sido construir realidades sociales con consecuencias nefastas a través de leyes que desocializan la vida cotidiana, creando una realidad basada en la competencia y la insolidaridad.

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Históricamente, las izquierdas se dividían a partir de los modelos de socialismo y las vías para realizarlos. Al no estar el socialismo, por ahora, en la agenda política –incluso en América latina pierde aliento la discusión del “socialismo del siglo XXI”–, las izquierdas parecen dividirse a partir de los modelos de capitalismo. A primera vista, esta división tiene poco sentido pues, por un lado, en la actualidad hay un modelo global del capitalismo, de lejos hegemónico, dominado por la lógica del capital financiero, basado en la búsqueda del máximo lucro en el menor tiempo posible, cualesquiera sean los costos sociales o el grado de destrucción de la naturaleza. Por otro lado, la disputa por los modelos de capitalismo debería ser más una disputa entre las derechas que entre las izquierdas. Pero no es así. A pesar de su globalidad, el modelo de capitalismo ahora dominante asume características distintas en diferentes países y regiones y las izquierdas tienen un interés vital en debatirlas, no sólo porque están en cuestión las condiciones de vida, aquí y ahora, de las clases populares, que son el soporte político de las izquierdas, sino también porque la lucha por horizontes poscapitalistas –a los que algunas izquierdas todavía no renunciaron– depende mucho del capitalismo real del que se parta.

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Difícil escribir más sobre la importancia que tuvo y tiene en Cuba el desarrollo de la agricultura urbana. Hija del ‘periodo especial’ que ‘cayó’ sobre el pueblo cubano a partir del derrumbe de la Unión Soviética hace dos décadas, la agricultura urbana ha sido crucial en la manera en que los cubanos han ‘resuelto’. Llamada por algunos una revolución dentro de la revolución, la agricultura urbana en la Habana ha profundizado las nociones y prácticas de lo comunal-comunitario, la autogestión, la democratización de saberes y la alimentación.

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