La financiación de los países europeos, medida a través del riesgo-país o prima de riesgo, se ha disparado en las últimas semanas hasta niveles nunca antes vistos desde la creación del Euro, segunda moneda mundial de reserva. La zona euro, la mayor zona de intercambio comercial del mundo, se tambalea en momentos en que la economía mundial parece adentrarse a una nueva recesión. Varios países europeos (Grecia, Irlanda, Portugal, España) han tenido que solicitar su “rescate” a la Unión, por tener cerrada su vía de financiación el mercado de deuda (bonos). Mientras, el Caribe luce inmune a semejante debacle económica.

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Entre tanto discurso de austeridad vs. gasto, se asoman las preguntas de siempre: ¿Para qué? ¿Para quiénes? Al fin y al cabo la austeridad y el gasto tienen el mismo fin, el crecimiento económico. En el mejor de los casos, dicho crecimiento se busca para una mayor redistribución de las riquezas. Lo más común, por otro lado, es que sea para la acumulación del capital en unos pocos. Sin embargo, pocos hablan de la imposibilidad de seguir viviendo como lo hacemos, no porque hay que ‘ahorrar’ para que la ‘economía’ se estabilice y podamos ver un despunte económico en el futuro, sino porque simple y llanamente las formas de vida de la mayoría de las personas en los centros urbanos más poderosos y sus distintas ciudades satélites son insostenibles.

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¿Qué más decir? ¿Qué más creer? ¿Qué inventar? Cada cantazo se asoma con risas sin dientes, o con todos los dientes del mundo, enchapados en oro. ¿Cómo intentar la coherencia si hasta los más ‘críticos’ trabajan para ‘el jefe’? Da igual, todos somos culpables, así es que hablemos sobre economía solidaria pero hagamos campaña para el capital, propaganda para el mercado, publicidad para los dueños del mundo. Me dan de comer a mi y a los míos, así es que pa’lante. Total, lo hace todo el mundo… Yep. Duro es suave, comparado con la peste que se respira cada vez que miden las palabras con las acciones.

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El ser humano que ha creado las teorías económicas dominantes no existe, y sin embargo, ‘existe’, pues es real en sus consecuencias. Entonces, la idea de que el ser humano es un individuo (la mayoría de la veces descrito como hombre blanco) egoísta que sólo, o principalmente, se guía por sus intereses personales, basados éstos en la mayor ganancia por el menor costo posible, y que esta ‘naturaleza’ es la fuente de la libertad y bienestar de todos, es una falacia, pero con consecuencias reales en la vida material. El efecto teórico del neoliberalismo ha sido construir realidades sociales con consecuencias nefastas a través de leyes que desocializan la vida cotidiana, creando una realidad basada en la competencia y la insolidaridad.

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Que mucho uno piensa cuando tiene tiempo… Digo tiempo y no sé lo que digo, no lo siento, no me impulsa o empuja, más bien me aprieta, en la garganta. El tiempo pesa cuando no hay horarios o entregas, fechas límites, citas. Esperar. Esperar. Desesperar…y volver a esperar a nadie o nada. Adiós. Despedirse en el tiempo parado, no entrar mientras sigues esperando. Que mucho se piensa en esto de estar ‘parado’, como dicen los españoles. Tener tiempo es una noción muy posesiva de algo que, más que ‘tener’, nos tiene a nosotros, aunque ni eso es cierto.

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En cualquier economía y relación humana el tema de las reparaciones debe ser central, estar siempre latente. Desde el lado más superficial podríamos argüir que cuando un objeto se daña o deja de funcionar se tienen dos opciones principales: o lo boto y compro uno nuevo, o lo reparo. Desde llevar los zapatos al zapatero y el carro al mecánico, la camisa y chaqueta al sastre, o el libro al reparador de libros (¿Existen reparadores de libros por ahí?), reparar significa continuar dándole valor a un objeto que, de otra forma sería convertido en desperdicio. Así, una mercancia ‘termina’ su ciclo de existencia económica para convertirse en basura – lo cual a su vez es motivo de riqueza para los mercaderes de la basura, pero eso es otro tema.

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El documento cero de la ONU para la Río +20 todavía es rehén del viejo paradigma de la dominación de la naturaleza para extraer de ella los mayores beneficios posibles para los negocios y para el mercado. A través de él y en él el ser humano busca sus medios de vida y subsistencia. La economía verde radicaliza esta tendencia, pues como escribió el diplomático y ecologista boliviano Pablo Solón «ella busca no sólo mercantilizar la madera de la selva sino también su capacidad de absorción de dióxido de carbono». Todo esto puede transformarse en bonos negociables por el mercado y por los bancos. De esta manera el texto se revela definitivamente antropocéntrico, como si todo se destinase al uso exclusivo de los humanos y la Tierra los hubiese creado solo a ellos y no a otros seres vivos que exigen también la sostenibilidad de las condiciones ecológicas para su permanencia en este planeta.

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