Galilea ínfima en movimiento

constante adentro de la mirada

daba vueltas tratando de encontrar no sé qué

muy hacendosa en el todo blanco

limpio como una caja de pietri.

En ese cielo nocturno los planetas eran

un abrir y cerrar de ojos de cometas

el frío, el dolor, el frío y la cola de sangre

demasiada

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Su manifestación de alegría se escuchó en todo el barrio a eso de las seis de la mañana. El grito fue tan fuerte, que después pensó que los vecinos creerían,que su marido la estaba maltratando. Ese grito salía,desde lo más profundo de su corazón, porque a pesar de todo, cumplió con su trabajo cabalmente. No faltó a sus clases, ni siquiera el 15 de abril, aunque el día antes, le habían puesto la segunda dosis de la vacunaModerna. Desde la cama, adolorida, tomando pastillas, observaba a los estudiantes contestando su examen y hasta hizo sus horas de oficina. Muchos compañeros le decían: “Cuando llegues a Catedrática verás que cogerás las cosas relax y entenderás que esto es para treinta años.” Se prometió que jamás asumiría esa actitud derrotista, porque si por lo menos a un estudiante le gustaba su clase, había salvado una persona del mundo de la ignorancia. Se levantó de la cama; estiró las extremidades y respiró a nivel consciente, porque era un acto de liberación, por eso Aristóteles decía que: “El aire es tu alimento y tu medicamento.”

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[Nota editorial: El Post Antillano en ocasión de haber invitado al Poeta Nacional Erik Landron a participar mañana lunes 28 de junio en el programa Pura Poesía, a las 6pm por las redes sociales del medio, vuelve a publicar una columna enviada por el autor que es válida para los tiempos]

En un artículo republicado del New York Times en un medio electrónico alterno, de esos que reseñan y diseñan a la carta de sus mezquindades comerciales, noticias, noticiones y noticitas de chismografía y modos de vivir atrapados y fofos, asombra por lo explícito, un titular preguntón e indiscreto, “¿Cuándo podremos volver a besarnos con desconocidos?”.    

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–Tía, ¿por qué me traes a este puente?, pregunta la nieta. –Porque te quiero contar un cuento triste: Existió una vez una jovencita que amaba a los animales, en especial, a los perros a los que bañaba, recortaba y mimaba en su trabajo como especialista de belleza canina. Ella creció y se hizo adolescente. Veía películas de príncipes engreídos, princesas más o menos bobas, y escuchaba en los bailes música de letra agresiva; además de unas creencias generalizadas de que las mujeres debían seguir a los hombres. Y no faltaban nunca las telenovelas trágicas, las turcas con mujeres sufridas y descontroladas, las de narcos famosos y sus mujeres que solo están pendientes a su amor o su dinero.

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