(La Habana, 9:00 a.m.) Hoy quiero compartir contigo una reflexión que, de alguna manera, ha ido creciendo dentro de mí con el paso de los años.
¿A qué lugar pertenece una persona que ha aprendido a sentirse parte de varios lugares y, al mismo tiempo, de ninguno completamente?
Durante mucho tiempo pensé que la respuesta estaba en escoger. Decidir dónde estaban mis raíces, cuál era mi casa, qué cultura había dejado una huella más profunda en mí. Hoy pienso diferente. Con los años he comprendido que hay personas cuya identidad no puede dibujarse con una sola bandera ni explicarse desde un único territorio. Hay historias que no caben dentro de una frontera porque han sido construidas precisamente a partir de los lugares que hemos dejado atrás y de aquellos que hemos aprendido a llamar hogar.
Mi voz literaria no nace de un lugar específico. Nace, precisamente, de la tensión entre varios lugares. Cuba me dio la raíz emocional, la intensidad, la memoria y esa manera visceral de sentir la vida. España me ofreció otra forma de mirar el mundo: el encuentro con una tradición cultural y literaria que también terminó formando parte de mí. Y Estados Unidos, particularmente Chicago, me ha regalado algo que no siempre encontramos cuando estamos demasiado cerca de nuestras propias raíces: distancia.
La distancia también educa.
Cuando una abandona un lugar, comienza a observarlo de otra manera. Lo que antes parecía cotidiano puede convertirse en recuerdo. Una calle puede transformarse en nostalgia. Una canción puede devolvernos una época entera. Un olor, una palabra o incluso una forma de hablar pueden abrir de repente una puerta hacia aquello que creíamos haber dejado atrás. Es curioso cómo la distancia, que en un principio parece alejarnos de nuestras raíces, muchas veces termina acercándonos a ellas de una manera mucho más profunda.
Por eso ya no pienso mi historia como un mapa geográfico. La pienso como una cartografía interior.
Cuba, España y Estados Unidos no están separados dentro de mí. Conviven. A veces se contradicen, a veces dialogan y muchas veces aparecen en mi escritura sin que yo los convoque. Un personaje puede llevar consigo la nostalgia de una isla, caminar por una ciudad europea y enfrentarse a las preguntas que nacen en una gran ciudad estadounidense. Una metáfora puede contener el mar, la distancia y la luz de varios lugares al mismo tiempo.
Creo que ahí comienza una de las mayores riquezas de vivir entre culturas: descubrir que la identidad no tiene por qué ser una habitación cerrada. Puede ser una casa con muchas puertas, una casa en la que cada espacio conserva una parte de nuestra historia y donde ninguna puerta tiene que cerrarse para que otra pueda abrirse.
Cuando la soledad deja de ser una herida
Chicago me enseñó una lección que no esperaba aprender.
Recuerdo un invierno particularmente silencioso. La nieve había cubierto la ciudad y todo parecía adquirir una pureza casi irreal. Caminaba sola. No había grandes acontecimientos alrededor. No había una escena extraordinaria. Solo estaba yo, el frío, la nieve y aquel silencio enorme. Sin embargo, mientras caminaba, algo comenzó a cambiar dentro de mí.
Por primera vez comprendí que el silencio no siempre significa ausencia. A veces significa presencia.
Desde entonces, mi relación con la soledad también cambió. Dejé de verla únicamente como una herida y empecé a entenderla como un espacio de creación. Quizás porque cuando desaparece el ruido exterior comienzan a escucharse preguntas que durante mucho tiempo habíamos evitado: ¿Quién soy ahora? ¿Qué queda de mí cuando ya no estoy en el lugar donde crecí? ¿Cuánto de lo que llamo identidad pertenece realmente a mí y cuánto pertenece a los lugares que habité?
La literatura, para mí, nació muchas veces de esas preguntas. Escribir es, en cierta forma, traducir lo que sentimos cuando todavía no tenemos las palabras exactas para nombrarlo. Y quizá esa sea una de las razones por las que la escritura ha terminado convirtiéndose en una especie de refugio: porque permite ordenar aquello que en la vida cotidiana aparece disperso.
Escribir desde la mezcla Cultural.
No creo que el mestizaje cultural sea solamente una circunstancia biográfica. En mi caso, forma parte de mi manera de crear.
En El arcoíris de mis deseos insaciables, esa mezcla aparece en los lenguajes emocionales, en los ritmos y en las distintas versiones de una misma mujer que intenta comprenderse. La escritura se convierte entonces en un espacio donde pueden convivir el deseo, la nostalgia, la memoria y la búsqueda de identidad, sin que ninguno de esos elementos tenga que imponerse sobre los demás.
Quizás por eso mis personajes suelen estar en tránsito. Y no me refiero solamente a viajar. Hay personas que pueden vivir toda su vida en la misma ciudad y estar permanentemente buscando quiénes son. También hay quienes cruzan fronteras y descubren que el viaje exterior era, en realidad, un viaje hacia dentro. A veces el movimiento más importante no ocurre entre países, sino dentro de nosotros mismos.
Eso es lo que más me interesa de la literatura: la posibilidad de contar aquello que no siempre sabemos explicar de nosotros mismos. Escribir es, en cierta forma, traducir lo que sentimos cuando todavía no tenemos las palabras exactas para nombrarlo. Tal vez por eso cada historia termina siendo también una búsqueda: la búsqueda de una palabra capaz de acercarnos a algo que llevamos mucho tiempo sintiendo.
La identidad no debería tener fronteras
Vivir entre culturas también me ha enseñado que no existe una única manera de ser.
Las personas aman de diferentes formas. Migran por distintas razones. Resisten de maneras que nadie ve. Se reinventan después de perderlo todo. Cambian de idioma, de ciudad, de profesión, de sueños. Y, sin embargo, seguimos intentando clasificarnos: cubano, español, americano, migrante, extranjero, de aquí, de allá. A veces siento que necesitamos demasiadas palabras para describir algo que en realidad es mucho más sencillo: somos seres humanos intentando construir una vida con todo aquello que nos ha tocado vivir.
Por eso creo que la diversidad no debería ser solamente un discurso. Debería ser una realidad que aprendamos a mirar con naturalidad. No deberíamos sentir la necesidad de reducir a una persona a su nacionalidad, a su lugar de nacimiento o al país donde vive actualmente. Hay demasiadas historias detrás de cada ser humano como para intentar resumirlas en una sola palabra.
En mis personajes y en mis historias me interesa precisamente esa complejidad. No quiero personajes perfectos. Quiero seres humanos que se contradigan, que tengan miedo y continúen, que amen y se equivoquen, que pierdan y vuelvan a comenzar. Me interesa esa parte imperfecta de la existencia porque es precisamente allí donde encuentro la verdad.
Quizás porque esa también es nuestra historia.
Entre el periodismo y la literatura
Mi manera de mirar tampoco termina cuando cierro un libro y comienza cuando abro una entrevista. La literatura me enseñó a escuchar más allá de lo evidente, y el periodismo me ha permitido llevar esa mirada hacia otras personas.
Cuando entrevisto a un artista, no me interesa únicamente saber qué hizo o qué está presentando. Me interesa comprender qué existe detrás de esa obra. Qué experiencia la originó. Qué herida, qué sueño, qué obsesión o qué necesidad de expresarse llevó a esa persona a crear. Porque detrás de cada obra existe una historia humana, y muchas veces esa historia explica aquello que la obra por sí sola no consigue revelar.
El periodismo cultural puede informar, pero también puede interpretar. Y creo que ahí existe una responsabilidad. Contar la cultura no debería reducirse a enumerar acontecimientos. También significa acercarse a las personas que están detrás de ellos y tratar de comprender sus procesos, sus motivaciones y las circunstancias que hicieron posible aquello que hoy estamos contando.
La literatura me enseñó a mirar las capas invisibles de una historia. El periodismo me enseñó que esas capas también pueden pertenecer a personas reales, con vidas reales, que merecen ser escuchadas con respeto y rigor. En ese punto, ambas disciplinas dejan de parecerme caminos separados y empiezan a convertirse en distintas maneras de acercarme a una misma necesidad: comprender al ser humano.
Una voz que no necesita escoger