[Nota Editorial: Hoy cumplimos 10 años de haber iniciado esta gesta, publicar de forma ininterrumpida todos los días El Post Antillano.  Le pedimos a nuestros lectores y colaboradores su opinión. Escogimos dos trabajos como representativos de esa persona que nos lee.  Gracias por leernos, gracias por opinar.  Hoy y mañana publicamos su opinión en torno a nuestro medio.]

(San Juan, 10:00 a.m.) Al Cesar lo que es del Cesar. El Post Antillano ha contribuido en el desarrollo del periodismo alternativo en la búsqueda de la verdad y la justicia. Busca fortalecer la  libertad de prensa y  la libertad de expresión. No responde ante la prensa establecida. Contribuye a fortalecer las democracias. El libre acceso a la información da luz a los derechos humanos y eso es lo que permea en El Post Antillano.

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Ana Luisa Sierra Ortiz-Garay es escritora e investigadora. Ejerció la cátedra en la Universidad de Puerto Rico, recintos de Humacao y Río Piedras, y en la Universidad de Seton Hall, Estados Unidos. Ostenta el grado de doctora en Literatura Latinoamericana de la Universidad de Nueva York, Estados Unidos, y el grado de Maestría en Literatura Española de la antedicha universidad en el recinto de Madrid, España. En la Universidad de Puerto Rico completó el grado de licenciatura o bachillerato en Filosofía y el de Estudios Hispánicos. La Dra. Sierra Ortiz-Garay tiene varias publicaciones de investigación, incluida El mundo como voluntad y representación: Borges y Schopenhauer (1997). A partir de su novela, Has vuelto, amor (2001), ha contestado mis preguntas. Todas sus respuestas son para ser compartidas con todos vosotros.

1.1 Wilkins Román Samot (WRS, en adelante) – Hace muy poco tiempo publicó Has vuelto, amor (2021). ¿De qué trató o tratas en Has vuelto, amor? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarle?

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(San Juan, 11:00 a.m.) En mi primer viaje a Chile en 1996 tras la caída  de la terrible dictadura  del sátrapa Pinochet caminaba por Santiago rumbo al Palacio de la Moneda cuando me detuve en una librería en la que pregunté sobre un CDRom de la vida y la obra de Pablo Neruda. La dueña de la librería me dijo que no lo tenía pero me regaló un libro sobre Víctor Jara, me llevó a su oficina para contarme que ella y su padre poeta habían sido muy amigos de Pablo y me mostró el programa de una actividad en Valparaíso que se canceló por la muerte del poeta. Me dijo encontraría el CDRom en la librería de la Universidad Católica, unas cuadras después, como en efecto fue.

Le agradecí el libro sobre Víctor Jara, cuya cruel muerte estamos recordando. Años después encontré este reportaje de El País sobre su vil asesinato en el Estadio de Santiago. Este fue el reportaje:

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(San Juan, 12:00 p.m.) Estaba en la oficina de su casa escribiendo, cuando escuchó un continuo ruido, como si estuvieran tocando la puerta: toc-toc, toc-toc. Amanda no sabía de dónde provenía el sonido, hasta que se asomó por la puerta trasera que da al patio y descubrió, que un hermoso pájaro carpintero puertorriqueño, negro y con su pecho rojo, estaba picoteando su árbol de higos.

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(San Juan, 12:00 pm) Al día siguiente de la absolución de Uroyoan Walker Ramos y Carlos Severino Valdez, la prensa fue tímida en comentar el evento. 

Me hace pensar que ENDI, publicó en la página 18, la absolución de Severino y Walker; aunque, en muchas ocasiones desplegaron, espacios principales a la acusación. Es decir, por 5 años siempre acusaron. En la absolución de forma tímida en la página 18.

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 “La vida te da sorpresas,
sorpresas te da la vida…” Rubén Blades

Miguelito no era alto, más bien de estatura mediana; usaba ropa y sombrero verde. Tenía ojos negros y un peculiar mostacho del mismo color, que a lo lejos se notaba, que se lo había pintado con el tinte chango blossom. Tenía un leve parecido con el alcalde de Mayagüez. En su viaje a Hungría en el 2018, la guía turística Atila, le prometió a Amanda y Camila, que irían a una cena típica en Budapest y conocerían al gran Miguelito, con quien pasarían la noche. Amanda nerviosa, miró a Camila, y en voz baja le dijo: “tú puedes pasar la noche con él porque eres soltera, yo soy una mujer casada.” Camila le contestó: “tienes razón quizás me enamoro y me quedo a vivir en la capital de Hungría. A fin de cuentas, no tengo pareja y Budapest es una ciudad de las más bellas que he visitado.” Así fue como ambas amigas se arreglaron para ir al restaurante Etterem Vadaspark ubicado en un hermoso bosque. El lugar está distante del centro de la ciudad, pero es con la intención de que los comensales disfruten del ambiente de una venta húngara, y un espectáculo czarda, lejos de los ruidos. Contrario a Amanda, que le fascina maquillarse, Camila siempre está con la cara lavada. Sin embargo, para esa ocasión, decidió pasarse base, rubor en las mejillas, lápiz labial, sombra en los ojos, delineador y hasta polvo traslúcido para sellar el maquillaje. Ella iba dispuesta a conquistar a Miguelito, aunque no sabía ni papa de húngaro.

Llegaron al restaurante y fueron recibidas con mucho entusiasmo. De inmediato, le obsequiaron unos pastelitos salados, y agua ardiente húngara, con un cuarenta y cinco por ciento de alcohol. Según la tradición, se consume a temperatura ambiente en vasos especiales. Amanda, por lo bajo, le mencionó a Camila que sabía a pitorro sin curar. Aunque ella consume alcohol socialmente, la bebida era demasiado fuerte, pero si no se la tomaba, estaba despreciando la cultura de Hungría. Camila, que no bebe, le comentó a Amanda que el shot le había quemado la garganta. El restaurante era acogedor y la decoración del lugar rústica como un log cabin, con toneles de vino y mesas largas de madera. Las amigas se sentaron en una junto a otras diez personas, pero frente a ellas había una pareja gay de mexicanos muy agradable. Entonces, empezaron a llegar las delicias húngaras para saborear, mientras un conjunto tocaba música zíngara y unos jóvenes bailaban alegres. Atila explicó que degustarían diez platos típicos y que la experiencia sería inolvidable. Fue así como llegaron a la mesa, diferentes cortes de embutidos y quesos, acompañados de vino tinto o blanco, servidos en unas pipetas de cristal de cuello largo.

Amanda que se la pasa contando calorías diariamente, y solo consume mil doscientas, cuando vio los platos abrió sus ojos asustada. Pero, esa noche, Camila le mencionó: “hoy rompes la dieta.” Siguió el consejo de su amiga y saboreó un exquisito plato llamado túrós csusza, una pasta cocida con el queso túrós húngaro a la que le añaden tocineta. Luego trajeron una bandeja con töltött kaposzta que consiste en hojas de col rellenas con arroz y carne. Después le siguió el töltött paprika, pimientos rojos rellenos de arroz, carne y vegetales, en una deliciosa salsa. No podía faltar el famoso goulash, plato típico de Hungría, que no es otra cosa que una carne de res guisada y sazonada con cebolla y pimentón, que el mesero cargaba alegre en unos calderos.

La mujer no podía con tanta comida; se sentía en uno de los exuberantes banquetes organizado por el Rey Sol, en el Palacio de Versalles. Al oído le mencionó a Camila que si ingería algo más iba a vomitar, porque tanta comida rayaba en la gula, y lo peor es que todavía faltaban los postres. Por lo menos, ella no es amante de la repostería, pero si estaba en Hungría, lo lógico era que los probara para que no le contaran. Degustó unas bolitas de queso dulce, enrolladas en pan tostado con salsa de vainilla llamadas túrógombóc; cogió una pogacsa, galleta dulce con queso rallado por encima y por último, el rétes que es una masa de hojaldre, rellena con pasta de fruta azucarada. Las dos viajeras estaban a punto de explotar y fue entonces cuando un cantante comenzó a deleitar al público con música de sus respectivos países. El hombre interpretó Preciosade Rafael Hernández, mucho mejor de lo que lo hizo Glenn Monroig, en la celebración de los 500 años de San Juan. Honestamente, era para caerle a huevazos. Amanda y Camila cantaban, tomaban vino y esperaban por Miguelito que no acababa de llegar.
Así pues, la guía se acercó a las mesas para indicar que los que tuvieran que ir al baño lo hicieran, porque dentro de veinte minutos, abordarían el autobús para regresar a la ciudad. Amanda y Camila fueron al servicio sanitario y cuando se estaban lavando las manos, la primera encontró una figurita de un pequeño hombre y la cogió, aunque a la entrada le habían obsequiado una, porque fue ahí donde sirvieron el aguardiente. Al finalizar la velada, Camila agarró su cartera y le manifestó a la guía: “dónde está el Miguelito que tú has mencionado desde que salimos del hotel y nadie no los ha presentado.” Atila, sorprendida le respondió: “usted ha tenido en sus manos a Miguelito desde que fue recibida en la entrada del restaurante, porque le llamamos Miguelito al vasito en que se sirve el aguardiente.” Amanda empezó a reírse y Camila exclamó: “yo que me vestí para conquistar a ese hombre y me encuentro con que es un pequeño recipiente para servir bebida.” Ni modo, como dice el refrán popular: “al que no quiere caldo se le dan dos tazas” y Amanda terminó con dos Miguelitos en su maleta.

 

[Nota Editorial: El autor del artículo coordina la sección Zona Ambiente de este medio. No obstante, por la importancia de la noticia y su efecto social y político, lo publicamos hoy en la sección cultural del medio.]

(San Juan, 12:00 p.m.) Zona Ambiente se ha caracterizado por ser un defensor de la JUSTICIA, en letras mayúsculas, en Puerto Rico, no solo para nuestra Comunidad LGBTTQIA+.  Hoy nos unimos al júbilo general por la absolución en nuestros Tribunales de Uroyoan Walker Ramos, pasado presidente de la Universidad de Puerto Rico, y de Carlos Severino Valdez, pasado rector del Recinto de Rio Piedras.

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(San Juan, 12:00 p.m.) Hay temas importantes que toda madre debe hablar con sus hijas en algún momento. Sin embargo, la progenitora de Remedios, y no es la bella de Cien años de soledad, nunca tocó con su hija tópicos que tuvieran que ver con la sexualidad. En su casa, ese tipo de conversación, estaba prohibida. Cuando por primera vez le vino su menstruación, pensó que se había cortado, por estar con sus amigas trepada en los árboles. No sabía cómo entrar a la casa y decirle a su madre que algo malo le había sucedido; una vecina riéndose le mencionó: “tranquila nena, por qué te preocupas, eso es que te cantó el gallo.” La adolescente no entendía qué relación tenía un gallo con lo que a ella le sucedía. Quizás la pobre Remedios había negado al Cristo tres veces, como lo hizo Pedro.

Remedios creció en un hogar donde reinaba el tabú y desconocimiento. Por eso, de adulta, visitar la oficina de un ginecólogo le provocaba miedo, tensión, estrés y hasta pánico. Sin embargo, sabía que por lo menos cada tres años tenía que acudir a la cita médica. Había llegado el momento de hacerse la famosa prueba PAP o el Papanicolau, que ayuda a detectar células anormales en el cuello uterino. Aunque la mujer, siempre trataba de postergar la visita lo más posible, porque es una prueba incómoda que le provocaba mucha vergüenza, aceptó que ya era tiempo de ir al ginecólogo.

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